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Enviado por Ramón Vidal el
Imagen de la película "Yucatán"
Ramón Vidal
Yucatán

Bullicio en alta mar

Por José Luis Vázquez

 

El en tiempos crítico cinematográfico y desde hace ya casi tres décadas director (comenzó su carrera como guionista en 1994 con “Desvío al paraíso”), el mallorquín Daniel Monzón, rara vez defrauda. Su cine suele mostrar gran calidad e impecable y reluciente envoltorio formal. Nunca aburre, ni por supuesto en sus títulos mayores (“Celda 211”, “El Niño”, “Las leyes de la frontera”), ni tampoco en los supuestamente menores (“El corazón del guerrero”, el suspense hitchcockiano “La caja Kovak”, el divertido “El robo más grande jamás contado”). Precisamente con este último citado comparte género, el “comediesco” el más difícil de todos, el encargado de extraer risas o sonrisas (y no a cualquier precio en este caso) y vocación de hacerlo pasar bien, de ser fiestero y lúdico en el sentido más apreciable del término.

 

Pero bien pudiera ser que con esta su penúltima obra (y está a punto de estrenar “Ruega por nosotras”) pudiera despistar a muchos por su amalgama de influencias, desde las más obvias que apelan a las tradicionales tramas de estafadores (seguramente ha tenido en cuenta en algún pasaje o en su esencia la memorable “Las tres noches de Eva” de Preston Sturges… pues también su primera parte transcurre en un trasatlántico por el que ronda una pareja –padre e hija- a la caza de incautos y afanadores de lo ajeno) hasta las de los suntuosos musicales (me ha parecido detectar un número que supone un homenaje a “Los caballeros las prefieren rubias” con una resplandeciente y “marilynesca” Stephanie Cayo), pasando por el romance, el policiaco, las aventuras y ese tipo de comedia absurda de la que gozamos de larga tradición en la piel de toro (pienso en algún ejemplo lejano y de lo más dispar como “Eloísa está debajo de un almendro”, sin que por ello ésta tenga nada que ver con la que me ocupa, pero que la traigo a colación por aquello del absurdo).

 

No considero que resulte caprichoso proclamar que no deja sino de constituir una fábula de ecos “marktwainianos” sobre el vil metal que rige el mundo desde el principio de los tiempos. De hecho, en un par de ocasiones se exclama bien clarito “El dinero es una puta mierda”, y aunque no resulte muy fina la expresión es de lo más concluyente. Y al respecto, no resulta gratuito que su trama transcurra en 2008, en los previos del estallido de Lehman Brothers y la terrible crisis económica de la que todavía padecemos sus consecuencias.

 

De ahí que en el párrafo inicial matizara que su objetivo no sea buscar la comicidad a costa de lo que sea. Ni mucho menos. Su criatura es un cóctel, una combinación de influencias y tendencias diversas, algo que siempre constituye un riesgo, pero que en esta ocasión considero se logra manejar adecuadamente, consiguiendo aferrar todos esos diversos tonos de manera muy acertada. La que no me parece que sea su intención es la de emular a los prodigiosos y arrasadores hermanos Marx en la descacharrante “Una noche en la ópera”. Seguramente no habría sido tampoco recomendable… por aquello de la comparativa con algo casi imposible de superar.

 

Lo que siempre me ha quedado claro es que Monzón tiene una forma de hacer, de rodar, muy a la americana, profesional, vivaz, cuidando en todo momento la narrativa y poseedor de eso tan indefinible y nada fácil de lograr o definir que es control del ritmo. Además, en esta ocasión hace alarde de una puesta en escena aparte de ágil y suntuosa, un tanto inusual por estos pagos por sus espectaculares movimientos de cámara, que se permite incluso homenajear a la que tal vez sea –hundimiento aparte- la escena más popular de “Titanic”, la de los amantes en la proa del barco sintiéndose los reyes del mundo.

 

Todas esas cualidades puestas al servicio de un típico planteamiento argumental de timadores que desarrollan su trabajo en un crucero de lujo y en el que tanto las cosas como las personas no son lo que parecen. Los dos tunantes en cuestión son unos desenvueltos y relajados Rodrigo de la Serna y Luis Tosar, este segundo moviéndose por unos registros que en aquella etapa no solía transitar. Pero consiguen dar el pego y transmitir energía. Acompañados por unos descollantes Joan Peña (un veterano no demasiado conocido fuera de su Cataluña natal, que se ha desenvuelto principalmente en escenarios y a reivindicar, algo que se encargó el propio Monzón de hacerlo al regalarle un papel caramelo) y la anteriormente mencionada Stephanie Cayo, dos gratas e inesperadas sorpresas.

 

Deslumbran tanto por cubierta, en camarote, en el gran salón del barco o paseando por el Teide. Y lo que es también importante, consigo conectar con su chisporroteo y su frescura interpretativa. Otra cuestión es la de algún que otro compañero de travesía que tal vez no se encuentre a idéntica altura por exceso de histrionismo, caso de Agustín Jiménez.

 

En cuanto a los números musicales poseen encanto, consiguen trasladarme a otras épocas del cine, aunque la acción transcurra casi en tiempo contemporáneo.

 

Y así entre trapacerías, equívocos y melodías gratas –maravillosos boleros de toda la vida sin ir más lejos- al oído va transcurriendo una trama, a la que seguramente se le habría podido sacar mayor partido, pues el más que curtido guionista Jorge Guerricaechevarría, habitual colaborador de Álex de la Iglesia, suele mostrarse irregular y arrítmico, con vaivenes y descompensaciones o desequilibrios que pueden resultar latosos o acabar lastrando el resultado final. Compruébenlo para apuntalar esta breve reflexión en los casos relativamente cercanos de “Las brujas de Zugarramurdi”, que tras un comienzo imponente se le va el diapasón, o en “El bar”. Pero no es menos cierto que sabe desenvolverse con habilidad dentro de ambientes bullangueros y repartos corales.

 

En resumidas cuentas, un más que apreciable y arriesgado divertimento de elegante envoltorio y con efluvios, con aroma a cine no rancio como han apuntado algunos colegas, sino al que se hacía antes, ese de tiempos clásicos que tantas veces conseguía sorprenderme desde la solide.

 

Un consejo si me lo permiten para que tal vez la puedan apreciar o disfrutar más: no la encaren con la idea de que se van a partir de risa. Aprovecho igualmente para señalar que una pequeña poda de 15 o 20 minutos no le hubiera sentado nada mal.

 

Francamente amena, vistosa y entretenida.