Buen debut tras las cámaras
Por José Luis Vázquez
El ciudadrealeño, montieleño para más señas, José Mota lleva siendo uno de los referentes del humorismo televisivo, radiofónico, en salas y también cinematográfico (“La chispa de la vida” de Álex de la Iglesia y “De Caperucita a loba” de Chus Gutiérrez bien podrían ser sus discretos “hits” dentro de este campo) desde hace casi cuatro décadas, concretamente desde que fundara en 1988 con Juan Cruz el popular dúo cómico Cruz y Raya. El espectáculo “60 personajes en busca de humor” supuso su bautizo profesional.
Pues bien, 38 años después ha decidido dar el salto tras las cámaras con un empeño, un proyecto de lo más personal y anhelado. Lo traía en mente desde hace un lustro, tiempo que le ha permitido ir puliendo tanto el argumento como el guion, del que es firmante, junto a Marta González Vega, Claro García y Fernando Erre, este último también corresponsable de la historia.
El resultado es francamente aceptable, potable, incluso loable… y no lo digo con la boca pequeña. Tampoco quisiera exagerar la nota, pero me parece justo reconocerle méritos en un apartado en el que carecía de una experiencia real sobre el terreno o set, ello pese a haber estado al mando en varias ocasiones de sus espectáculos catódicos.
Me voy a unir inicialmente a cierto comentario generalizado entre los de mi gremio (no todo va a ser cuestionamiento, además hay y ha habido grandes profesionales en este ramo en España, quede también claro) y algunos espectadores. Es ese que viene a señalar que “Arriba Tutto” tira mucho, aunque a mí no me lo parezca tanto como se ha destacado, de la música para tapar una verdadera emoción dramática. Es cierto suele hacer así en muchas ocasiones, cuando no hay chicha resolutiva. Unas veces lo acepto encantadísimo, otras no tanto y en ocasiones lo dejo pasar sin más, como es el caso. No me parece esta vez un craso defecto.
Eso sí, he de reconocer que alguna canción, de Rozalén sin ir más lejos, es bella por sí misma y porque tiene sentido. Me estoy refiriendo a “Canto de los que se quedan”, una pieza folclórica compuesta por Alicia Morate junto a la Ronda de Motilleja.
En lo referido a su trama, evidentemente bebe de muchas influencias, desde el neorrealismo hasta cierto realismo mágico, pasando por infinidad de grandes referentes de la historia del Séptimo Arte. Los más evidentes, reconocidos y admitidos por el propio autor, son “La vida es bella”, “El gran dictador”, “¡Ay, Carmela!”, “El viaje a ninguna parte”, “Cinema Paradiso” y no quisiera dejar tampoco en el tintero digital, otra apreciable opera prima de un compañero de tan bendito oficio, “Pájaros de papel” de Emilio Aragón, rodada en un buen tramo en Almagro. Por otra parte, y casi inevitablemente, El Quijote sobrevuela en todo momento, tanto espiritual como ornamentalmente.
En cuanto al tono gracioso aquí gastado, es más de sonrisas, algo todavía más importante en ocasiones que de risas, signo todo ello de libertad. Es más bien tragicómico, amable, sin sordina y con bastante ternura, especialmente en su primer tramo. Es una reivindicación de la alegría de vivir, un antídoto contra el odio, algo que viene que ni pintado ante la actual situación global y la que particularmente vivimos en España. Su posicionamiento no me suena a forzado, aunque su alcance no se encuentre a la altura de los títulos anteriormente citados, pero sin que por ello sea desestimada en modo alguno.
El propio Mota, y me hago eco de palabras literalmente suyas, cree firmemente que la comedia puede salvar el mundo, tanto la misma como el amor cree firmemente son fundamentales para actuar como revulsivo ante tanta crispación. Su apuesta es en todo momento por aquello que nos pueda unir. Ojalá sea así, aunque mi escepticismo vital de los últimos tiempos, me hace cuestionarlo. Deseo de corazón equivocarme y que el poder de todo ello pueda hacer variar el estado de las cosas.
Lo que tengo claro es que en cierto do menor, y subrayen dicha expresión, supone un canto a la vida, al cine, a la amistad, a la infancia… Un pequeño bálsamo con carácter o envoltorio de fábula.
Sin abandonar ese do menor, dentro de una producción cuidada, esmerada dentro de su modestia, planificada con gusto, resulta moderada y agradablemente bonita, triste, aleccionadora, trágica.
Si se atreve con más proyectos de esta u otras índoles, ojalá el paisano manchego continúe por esta linde, pues “si hay que ir se va, pero ir para nada es tontería”. Y esto a ser posible “hoy no, mañana”. Y ahora van… y lo cascan.
No quiero concluir esta reseña sin referirme al gran trabajo que hace el crío, Pablo Cabello (Michi niño), algo en lo que el cine español ha mostrado mejoría en los últimos tiempos y, por supuesto, al propio Mota en su calidad de intérprete, aunque es cierto que, inevitablemente, me cueste desconectar su timbre sonoro de populares personajes suyos como el tío de la vara. Seguramente sea una sensación exclusivamente mía, pero es cierto que me invade. Me suele ocurrir también con los que hacen habitualmente anuncios y luego los veo en una pantalla, casos de Santiago Segura o Florentino Fernández entre otros.
Espero que aparte de hacerles pasar un buen rato, como me ocurrió a mí, sirva para esos plausibles propósitos que han guiado su elaboración… para acercar y no desunir a una especie tan imperfecta (y, por otra parte, tan admirablemente creativa) como la nuestra. El medio y método empleados, apelar a tomarse la vida con humor (siempre me ha parecido infinitamente más importante tener sentido del mismo que ser graciosillo) son de las mejores cosas que les puede pasar al ser humano. Y devolver el encono, ese odio manifestado por uno de sus personajes con una flor es una manera ejemplar de combatirlo, o intentarlo al menos.