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Enviado por Ramón Vidal el
Imagen de la película "Verity. La sombra de un engaño"
Ramón Vidal
Verity. La sombra de un engaño

Entretenido, a secas, suspense psicológico

Por José Luis Vázquez

La valoración de entretenida aplicada a manifestaciones artísticas, a mucho cultureta -indudablemente a veces supone una pose- parece generarles alergia o sarpullidos. A mí, dicha apreciación me parece la expresión más respetable y elogiosa que puedo hacer por encima de cuestiones técnicas o coartadas intelectuales cuando acudo a un libro, una pintura, una canción o, como en este caso, a una película.

Digo todavía más, incluso bastante de esas tv movies de sobremesa, con las cuales seguramente compararán este largometraje, que tanto desdeñan o desprecian esos mismos próceres, yo las valoro en su justa medida, esto es, en dejándome de imposturas y yendo a lo mollar, a admitir sinceramente si me lo paso bien o no, de eso tan sagrado que es que me haga pasar el rato, distraerme. Ya si algunas van más allá y me regalan momentos sublimes, eso ya es entonces el colmo. Pero es que, además, sin este tipo de producciones, tan necesarias para cualquier industria que se precie, no podríamos valorar con justeza esas otras propuestas más grandes y redondas.

Sin ir más lejos, grandísimos cineastas como Steven Spielberg, John Carpenter, José Luis Cuerda o Pilar Miró, se curtieron, comenzaron sus carreras con destacables realizaciones televisivas. Los dos primeros con títulos tan ejemplares como “Duel (El diablo sobre ruedas)” y “Alguien me espía” (que podría tener alguna conexión traída por los pelos con la que aquí me ocupa). Pero sin necesidad de recurrir a estos excelsos profesionales, sino a otros de menos renombre pero algunos importantes, podría citarles montones de ejemplos gestados para la ya no tan pequeña pantalla que han hecho mi solaz a lo largo de décadas y décadas de activismo. 

Sirvan como pequeña muestra (como suelo hacer siempre ante estas situaciones, son las primeras que acuden a mi memoria, que no necesariamente son las mejores, aunque también puedan serlo algunas de ellas) “Una de mis mujeres ha desaparecido”, “La mujer de la tumba vacía”, “Las dos vidas de Jennie Logan”, “El perro del infierno”, “Drácula (Dan Curtis)”, “La oscura noche del espantapájaros”, “Detrás del candelabro”, “Citizen K”, “El día después”, “Oraciones para Bobby”. “La escapada de Sobibor”, “Piratas de Silicon Valley”, “RKO 281. La batalla por Ciudadano Kane”, “Threads”, “The Normal Heart”, “Cuando callan las trompetas” o “No conoces a Jack” entre cientos y cientos más.

Desde luego mi extensa trayectoria audiovisual está nutrida de tantas de estas propuestas, amén de ingentes y maravillosas cantidades de series, celuloide irrelevante pero gratificante o cortometrajes. Y ya ni les comento, pues he perdido la cuenta, la innumerable cantidad de pelis B o más holgadas, que probablemente no vayan a figurar jamás en manuales o antologías imprescindibles pero que han contribuido plausiblemente a ese pasar el rato al que me refería al inicio. Curiosamente, con el paso del tiempo, a veces sobreviven o perduran más en mi recuerdo que esas otras supuestamente más prestigiosas y ambiciosas… bien debido a una escena, un instante concreto, una atmósfera determinada, unos intérpretes o porque he permanecido absorto contemplándolas. Mi eterno agradecimiento a este cine maltratado, industrial, de objetivos claros y cumplidos con creces, en el que, por supuesto hay de todo, pero que en tantísimas ocasiones me han hecho acabar con una sonrisa de satisfacción finalizado su visionado.

Viene todo este rollo a propósito de la reseña que hoy tengo entre manos, “Veritiy”, de subtítulo “La sombra de un engaño”, pues es una clara muestra a propósito de lo que acabo de exponer y reivindicar. Es más, para que se hagan una idea de lo que se esconde tras sus pliegues, diré que es una hija más o menos putativa o bastarda de la disfrutona “La asistencia”, No llega a su nivel, pero cumple con su cometido.

Al igual que la referida, también parte de un best seller (otro apartado que algún día ensalzaré… no por una cuestión de ir a la contra de los círculos supuestamente doctos, sino por mera convicción) de una conocida escritora de dichas hechuras creativas, en este caso de Colleen Hover cogiendo el relevo de Freida McFadden.

Como en aquella se impone una saludable desfachatez, giros imprevisibles, dislates, inverosimilitudes varias y todo un corolario propio de una obra de estas características. Lo cual supone un moderado disfrute para algunos, claro, tal como es mi caso

Gana todavía un poquito más en cuanto a su valoración tras haber visto en el pase anterior la gritona, intragable e insufrible “Digger”. Lo del director de ésta, Alejandro González Iñárritu, es de traca, en cuanto cortó su colaboración con el extraordinario escritor y guionista Guillermo Arrieaga , con quien firmó las espléndidas “Amores perros”, “Babel” y “21 gramos” se deshizo cual azucarillo y su carrera se fue yendo cada vez más estrepitosamente a pique pese a los 2 oscars acumulados en su faltriquera, uno incomprensible, el de “Birdman”, y el otro… bueno, “El renacido”, pero en ambas quien contribuyó a otorgarle laureles fue el fabuloso director de fotografía Emmanuel “Chivo” Lubezki… único en ganar el Oscar en tres ediciones consecutivas.

Volviendo a “Verity…” sigue cierta estela y es un equivalente en tono de do menor de la citada “La asistenta”, pero no apura tanto las posibilidades desequilibradas y descontroladas de la de Sidney Sweeney, aunque sin duda posee algunos momentos de rizar el rizo que no tienen desperdicio. Y contiene un susto, en base a un movimiento facial, que es posible que les provoque un sobresalto. Llegado a este punto, siempre me acuerdo del ocasionado por Richard Crenna a mi adorada Audrey Hepburn en -la esta sí- plenamente excelente, sobria y controlada “Sola en la oscuridad”. 

Por supuesto, sobre todo estos aditamentos o peculiaridades, emerge la estupenda interpretación de Anne Hathaway en el que está siendo su gran año con cinco trabajos protagonizados antes de su parto. Si tuviera que elegir solo uno, me quedaría con el de Penélope y su telar para la imponente “La Odisea”, pues amén de serena y bellísima, da todo un recital de contención dramática. 

La buena (me gusta especialmente en la muy agradable comedia burbujeante “Mejor… solteras”) y fotogénica actriz Dakota Johnson le da adecuada réplica como su sustituta literaria en la ficción, pues la primera es una exitosa escritora que tras un accidente se encuentra impedida en una silla de ruedas, El tercero del triángulo con ribetes -muy atenuados- “eróticos” es el siempre resolutivo Josh Harnett. 

Dramático, o melodramático es también este thriller despachado con destreza por el avezado Michael Showalter (qué buenas son “La gran enfermedad del amor”, “Quédate a mí lado” -no confundir con la igualmente estupenda de Roberts/Sarandon-, “Hola, mi nombre es Doris” o “Los ojos de Tammy Faye”) que es posible que sea del agrado de los amantes sin prejuicios del género. 

Por supuesto, la apreciable y competente “El precio de la red”, coincidente en la cartelera y también con carga de suspense de otro corte y confección, es mejor película.