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Enviado por Ramón Vidal el
Imagen de la película "Whalefall"
Ramón Vidal
Whalefall

Angustia cetácea

Por José Luis Vázquez

Lo del cine norteamericano es la caña de España… y no la de Merimée. Cojan ustedes el género, o subgénero, que quieran, y en todos tendrán cantidades de títulos destacables ingentes, a paletadas procedentes del país de las barras y estrellas… y siempre una aplastante mayoría de ellos situados entre los mejores de la especialidad sea la que sea.

Hace unos días decía esto mismo en una de mis queridísimas y entrañables sesiones de MediCine (mil gracias Gema, José Ramón… y Javier), a propósito del cine relacionado con la medicina en todas sus facetas. Y tiene mérito, porque el caladero es inagotable pese a estar inspirado por una sanidad pública deficiente, o eso me cuentan algunos informantes de los que no tengo por qué dudar. No así en su vertiente privada, pues con señalar que casi el 50 por ciento de los Nobel de Medicina son estadounidenses, ya está todo dicho… y cojan este año los galardonados en el Princesa de Asturias en diferentes ámbitos, comenzando por la gloriosa e incombustible Patti Smith, y comprobarán como se mantienen porcentajes tan aplastantes. 

Todo este rollo, estas parrafadas introductorias, algo que por otra parte ya vienen siendo habitual en mí en los últimos tiempos (¿o quizás ha sido así desde siempre?, y que no se entere nadie… también tal vez como rebeldía u oposición a las miserias verborreicas con las que está colonizando Tik Tok), que se acentúan por haber entrado ya en una provecta edad de abuelo Cebolleta es para ponerles en situación acerca del asunto abordado en esta relativa rareza con la que invoco a Jonás y a Pinocho, y a continuación entenderán la razón de citarlos.

Y es que nos encontramos ante una película de cetáceos, en la cual también el cine USA es comandante en jefe. Así lo constatan títulos tan estimulantes, sugestivos o grandiosos como “Moby Dick” (previa novela de otro -dicho con todo afecto- yanqui de lustre, Herman Melville), “Namú, la ballena salvaje”, la muy bonita “Cuando vuelvan las ballenas” (ésta se dedica a invocarlas) “Whale Rider” (la excepción: es neozelandesa) o cualquier versión de Pinocho (de ahí lo que les indicaba en el párrafo anterior, por cierto, existen muchas magníficas… la de Disney, la maravillosa de Guillermo del Toro, Zemeckis…). Ampliando el arco hasta delfines u orcas (pertenecientes a la misma familia mamífera, o eso creo), ahí están también “Mi amigo Flipper”, “El día del delfín” “Orca, la ballena asesina”. Esta última a reivindicar urgentemente, aunque me encantó desde su mismísimo estreno en España allá por comienzos de 1978, marzo o por ahí, mes arriba mes abajo, surgida a raíz del arrasador aterrizaje dos o tres años antes de la magistral “Tiburón”. Este, estos, ya pertenecientes a la familia de los condrictios, conocidos como escualos, que es un término más asequible a la mayoría. Me dejo montones de títulos más, pero esta vez no les abrumaré.

El caso es que la premisa de “Whalefall” (su traducción al español bien podría ser “La caída de una ballena”, término científico que describe el cadáver de la misma cayendo hasta un fondo marino) resulta a priori de lo más atractiva. Un joven es engullido precisamente por una ballena, o un cachalote gigante por matizar, y tan solo dispone de una hora de oxígeno para salir de su interior. Conste en acta que su director no es que se basara en una experiencia real… pero casi, pues la inspiración le vino tras ver un vídeo en el que dos kayistas estuvieron a una miajita de introducirse por la boca de una ballena jorobada. Así que ya ven, otra casi nueva muestra de la ficción imitando a la realidad.

Dado este argumento, ya pueden deducir que supone una nueva muestra de algo que goza de cierta popularidad en los últimos tiempos, el “thriller” de supervivencia extrema, pues nada más al límite que lo que les acabo de exponer.

Pues bien, esta parte, inevitablemente claustrofóbica, que ocupa buena parte del metraje, resulta lo suficientemente repulsiva, repugnante e interesante como para mantener la atención, al menos la mía. Y el suspense funciona competentemente. Lo que pasa es que esto se ha insertado o, al contrario si lo prefieren, dentro de una historia de drama paternofilial mostrada a base de flashbacks que no me resultan especialmente emotivos y que acaban pesando un tanto, no acaban resultándome sustantivos por sí mismos, y eso que por ellos se desliza el estupendo Josh Brolin, grandioso en “La constelación del perro” como un curtido y expeditivo marine con una filosofía de vida antipática, pero en parte de lo más entendible. 

Los traumas, agravios y malas despedidas entre ellos que afloran a la superficie no acaban atrayéndome, sin por ello desdeñarlos del todo, pero no se ganan mi concentración tanto como la parte digamos más física del relato, la del feroz instinto de supervivencia y la pugna interna con el animal. El “insulso” drama humano acaba opacando parcialmente la completa diversión que podría haber ofrecido esta propuesta por otra parte simpática, porque para osado y falto de complejos el cine USA de cualquier época y lugar

Como podrán suponer o deducirán, el tono claustrofóbico acaba resultando inherente a ese punto de partida argumental. Es lógico, y no me molesta en absoluto, aunque al final atisbe algún instante de fatiga.

Lo que me gusta mucho es su más que plausible diseño visual en el interior del mamífero, aunque genere un poco de asquito. Son igualmente destacables sus localizaciones, especialmente las escenas rodadas en Monastery Beach, conocida popularmente como Mortuary Beach, la playa que baña la costa de la localidad californiana de Carmel, de la que fuera alcalde -y parece ser que bueno y eficaz- el mismísimo Clint Eastwood. Se caracteriza por la peligrosidad de su fuerte oleaje y por su profunda caída.

Tal como ha llegado a señalar algún colega, atisbo en su postrer tramo rasgos ecologistas, incluso panteístas. No deja sino de constituir un esbozo, pues indistintamente de que esa fuera la intención de sus creadores, es un aspecto del que tampoco se apuran sus posibilidades.

Y me vuelve a resultar convincente es su protagonista, el -ficticiamente- sufriente Austin Abrams, recién salido de bregar con hordas de zombis en la francamente notable nueva versión –“remake” que dicen los anglosajones- de “Resident Evil” (por fin la traslación de un vídeo juego, yo que jamás en mi vida he jugado a ninguno, me convence plenamente). Poco antes venía de bregar con la merecidamente oscarizada tía Gladys (qué grande Amy Madigan, la inolvidable chica soldado de la no menos inolvidable “Calles de fuego” del mayúsculo Walter Hill) en el extraordinario suspense/terror “Weapons”.

Quede claro que ni mucho menos me ha resultado aburrida, lo cual es un importante punto a su favor, aparte de otras virtudes anteriormente expuestas.