Pasar al contenido principal
Enviado por Ramón Vidal el
Imagen de la película "Un día de lluvia en Nueva York"
Ramón Vidal
Día de lluvia en Nueva York

Preciosa… y la confesión de la madre toda una lección moral

Por José Luis Vázquez

“Solo se vive una vez, pero una vez basta si encuentras a la persona ideal” (Timothée Chalamet)

 

"La vida real solo sirve para los que no pueden llegar a más" (Selena Gómez)

 

Soy de los que defiende, si es obligado con todo el amistoso ardor guerrero que sea necesario, los últimos y rutilantes trabajos de ese enorme creador llamado profesionalmente Woody Allen, a puntito -el 30 de noviembre- de cumplir 91 primaveras. Me refiero hasta llegar a éste desde el fallido “A Roma con amor” y con la excepción del más bien discreto -pero con algunos leves destellos geniales- “Rifkin´s Festival”, al extraordinario “Blue Jasmine” y a los estupendos “Magia a la luz de la luna”, “Irrational Man”, “Café Society”, “Wonder Wheel”… incluso con matices, y hasta que espero pueda disfrutar del que está rodando actualmente en Madrid, de “Golpe de suerte”.

 

Esta defensa la extiendo al individuo, a la persona, por la inquisitorial persecución a la que se ha visto sometido por una acusación que hasta la fecha carece de fundamento, pues en la investigación judicial perceptiva fue declarado inocente por el fiscal que decidió no presentar ni tan siquiera cargos penales. Me refiero a aquella por la que le acusaron de haber sometido a tocamiento a una de sus hijas, hecho que no pudo probarse de ninguna manera. Por supuesto, si el día de mañana se demostrara que hubiera o que llevara a cabo alguna atrocidad parecida, ni titubearía que cayera sobre él todo el peso de la ley y que pagase en chirona o en galeras todo el tiempo que fuera necesario. Pero incluso de haber sido condenado, ni en este ni en otros casos estoy por cuestionar la obra de cualquier artista, pues entonces deberíamos comenzar por el asesino Caravaggio, el abusador Polanski o el maltratador Picasso. En fin, que cada uno se posiciones como le dé la gana, que yo por mi parte obro con lo que considero adecuada justicia artística por muchos cuestionamientos de índole personal que esta genere.

 

Mientras, en lo referido a Woody lo único que sigo deseando cada temporada es disfrutar del nuevo regalo con el que nos obsequia a la nutrida nómina de quienes nos consideramos devotos, incondicionales de su maravilloso, inteligente, lúcido, enriquecedor y oxigenante cine. Para ello considero que casi desde su despegue continúa fiel a sus esquemas, que tal vez -o sí- no sorprendan en exceso en su forma de narrar –tal vez “Match Point” ha sido lo más rupturista que haya filmado en lo que llevamos de siglo-, pero precisamente una parte de su maestría, de su grandeza, reside en volver a esos personajes charlatanes y a diálogos marca de la casa, que ya resultan familiares y entrañables, aunque varíe las ocurrencias, que en cada película cobran una nueva dimensión y se encuentran rociados de savia coloquial nueva.

 

Aquí me supone un verdadero disfrute asistir felizmente a los encuentros y desencuentros amorosos de un joven de familia muy acomodada que responde al nombre de Gatsby, supongo que en un guiño al ilustre perdedor de la obra de Scott Fitzgerald, y una chica también de estatus bastante solvente aspirante a periodista y entusiasta del cine más cultureta en el mejor de los sentidos, pues reivindicar a los grandiosos Akira Kurosawa, Jean Renoir o Vittorio De Sica no es ninguna broma, resultan palabras mayores.

 

A partir de esta pareja de lo más dispar, se sucede la intersección de personajes de lo más variopintos y benditamente verborreicos, como ya he constatado que es habitual en la obra de su autor. Y, por supuesto, vuelve a salir Nueva York desde diversos ángulos y esquinas, casi más bonita que nunca, con la excepción de la justicieramente sacralizada de “Manhattan”, incluso de “Annie Hall”, dos de sus ingentes obras maestras. Y de varias más, claro, las sublimes “Jennie” o “Eddy Duchin”, por ejemplo.

 

Y acompañada lluvia, lo cual la embellece más. Me suelen gustar muchísimo las películas que la incorporan en buena medida, y esta no es solo una excepción, sino que acaba erigiéndose en una de las mejores que la contienen como elemento importante, incluso le da título, lo cual supone toda una declaración de principios estéticos. Esos días encapotados, plomizos y las nubes descargando generan planos preciosos y, curiosamente, luminosos en lo artístico. Por cierto, el Moma sale de lo más reluciente.

 

Y, claro, en un cine tan liofilizado y a veces tan abrumado por los efectos digitales como el actual (que en parte reivindico), o por registros “vídeojuegueros” agradezco más que nunca esos diálogos brillantísimos, ingeniosos, cálidos y a la vez sentimentales -como la frase con la que comienzo esta reseña-, marca de la casa. Piénsese que Billy Wilder y Ernst Lubitsch hace décadas que desaparecieron y algunos notamos esa orfandad en un género tan especial como el de la comedia. En esta ocasión reparen en algunos a propósito de la mononucleosis, del primer amor del protagonista, de la risa de su cuñada o del origen “arizoniano” de su chica primera (reparen también en la otra frase que encabeza este escrito). 

 

Añadan varias secuencias espléndidas, una en particular, la de una confesión de una madre -formidable Cherry Jones- a su hijo, que es un prodigio en su aparente simplicidad. Toda una lección de cine y también de vida.

 

Porque el cine de este escuálido y bajito genio con gafas transpira vida sin cortapisas, siempre desde un sorprendente respeto, sin especial acritud, pero de lo más incisivo, irónico y hurgador en cualquier aspecto de nuestra existencia sin manifestar complejo alguno, paradójicamente por parte de alguien que siempre ha hecho regocijante alarde de los mismos.

 

Otro apartado que alcanza la excelencia y que también resulta santo y seña suyo es el interpretativo. Las dos chicas jóvenes –bueno tres si añadimos las de cometido más breve del hotel –uffff Kelly Rohrbach- están formidables. Cuánto encanto desprende Elle Fanning (la hermana pequeña de la también encomiable Dakota), qué bien hace de tontita. Y Selena Gomez gana película a película, se la nota más cocida, mucho más resuelta y aplomadas. Timothée Chalamet es un adecuado, delicado (era lo que siempre transmitía hasta ese momento en sus apariciones cinematográficas) y sensible contrapunto. A posteriori, qué desagradecidos e injustos se mostraron con Woody renegando del maestro a costa de culpabilizarlo sin pruebas.

 

En fin, que la visita anual procedente de 2019, en las mismísimas vísperas de la pandemia, del firmante de “Días de radio”, “La rosa púrpura de El Cairo”, “Balas sobre Broadway”, de las citadas a lo largo de esta reseña y otras muchas más (solo recuerdo cuatro o cinco flojillas suyas, vamos que a mí no me tocaron las teclas, pero el porcentaje favorable es impresionante), vuelve a constituir una bocanada de aire fresco, un soplo de brisa creativa, un reencuentro con un viejo y consolidado amigo de pantalla que rara vez te falla, un verdadero placer en todos los sentidos. Como a Eastwood, Burton, Spielberg, Ridley Scott, los Coen, Scorsese, Coppola, Schrader, Kasdan o De Palma (dejo en el tintero decenas de más, dejando claro que algunos de estos son todavía muy “jovencitos” y puesto que hace breves fechas ya solté un listado en este mismo periódico con todos los grandes que pululan actualmente por Hollywood o adyacentes) tan solo le deseo una larguísima vida no solo por buenas intenciones sino por una cuestión egoísta. 

 

Mr. Allen, continúe acudiendo a su cita, se lo ruego. Y mil gracias por esta refrescante, juvenil, otoñal, melancólica, maravillosa entrega de una carrera impagable.