Correctita, tristona
Por José Luis Vázquez
Cuatro tan solo o, principalmente cuatro, según cómo se quiera interpretar, de todas las películas de la ya extensa filmografía de la directora catalana Isabel Coixet me han llegado a cautivar, a ganarse mí incondicionalidad. Estas son -por orden de aparición- “Cosas que nunca te dije”, “Mi vida sin mí”, “La vida secreta de las palabras” y “La librería”. Hay otras 3 que aprecio pese a haber sufrido el desdén de mis colegas: “Aprendiendo a conducir” (bajo pabellón estadounidense), “Elsa y Marcela” y “Nieva en Benidorm”. Algunas me resultan incluso insoportables: cito a modo de ejemplo, pues no soy quién para cebarme, “Ayer no termina nunca” y “Mi otro yo” (ambas de 2013, se impuso el gafe). Y el resto, el mayor porcentaje, no supera una indudable corrección formal y estética, pero son de las que ni me apasionan ni me conmueven. Aquí figuran “Un amor” (a la que reconozco virtudes, pese a su confuso final), “Mapa de los sonidos de Tokio” (que me acaba empachando con tanto lirismo excesivo) o la vistosilla “A los que aman” entre otras (“Nadie quiere la noche” me acaba aburriendo).
En este último y discreto grupo meto su último trabajo, “Tres adioses”, título retocado de la novela original que ha inspirado este empeño, “Tres cuencos” (con el añadido de un subtítulo, “Rituales para un año de crisis”) de la escritora, política, crítica literaria, bloguera y dramaturga italiana Michela Murgia, fallecida prematuramente a los 51 años en 2023.
Precisamente esta es una producción mayoritariamente transalpina con puntuales aportaciones españolas, siendo la más destacada la de la directora de orquesta de esto, la propia Coixet, que apela a ese enunciado anteriormente mencionado, pues esos tres cuencos aludidos que acaba comprando la protagonista, representan, simbolizan una reconstrucción personal tras un trauma emocional, una despedida.
Se pueden rastrear perceptiblemente sus huellas, tono e inquietudes temáticas, pues vuelve a hablar sobre la muerte utilizando para ello la melancolía y la tristeza y, sin que por ello suponga contradicción, también reivindica las ganas de aferrarse a la vida aún en la condición más adversa. El problema es que todo esto se encuentra envuelto en un “déjà vu”, en una contención que no me acaba en ningún momento de iluminar. Y eso que lo expuesto es duro.
Por supuesto, advierto sus buenas intenciones, se deja ver, su protagonista es una adecuada prolongación ante cámara de la actitud vital que me suele proyectar su autora, cuenta con bellos escenarios naturales que no empalagan y es cierto que no cae en autocomplacencias y actitudes lastimeras en las que podría haber sido muy fácil hacerlo (la parte final es la que corría más riesgos y es la que más me convence), pero pese a eso me deja un tanto desangelado, tal como me pasó con “Hamnet”. Igual es un problema mío, o el haberla visto en tercer lugar de una sesión triple de viernes. No lo creo, pero quién sabe. Puede que más adelante le conceda una oportunidad, aunque es raro que me desdiga de mis primeras impresiones por muy cansado que me encontrara.
La crítica se ha volcado, se ha mostrado entusiasta (qué más hubiera querido yo, pues además la Coixet siempre me ha caído bien) y la ha ensalzado como uno de los mejores trabajos en los últimos tiempos de la cineasta catalana. Fíense más de ellos, y en esta ocasión lo digo sin sorna. Igual el hecho de que en los últimos tiempos algunas de las que más me hayan encantado hayan sido “Una batalla tras otra”, “Marty Supreme”, “Los pecadores”, “Weapons”, “28 años después”, “28 años después: Ciudad de los huesos”, “Nuremberg”, “Ruta de escape”, “Cumbres borrascosas” o “The Brutalist” tal vez haya embrutecido momentáneamente mí paladar (y esto ya sí que lo expongo con cierta retranca). Es lo que tiene esto de ser tan asquerosamente yanqui -y en este caso me refiero tan solo a gustos cinematográficos- al contrario que Almodóvar y compañía. Qué le vamos a hacer, me han dibujado así que diría la tantas veces socorrida y tremenda Jessica Rabbit. No me lo tengan en cuenta, no soy del todo mala persona.