De mis favoritas de zombis sin discusión
Por José Luis Vázquez
Nada mejor que echarme al cuerpo serrano una perla del cine más o menos terrorífico, probablemente más de acción y aventuras que otra cosa, pero sí claro de terror, para celebrar mí afección por el reconstituyente, excitante y adrenalítico género de los muertos vivientes. Qué dos horas más emocionantes y trepidantes paso siempre viendo, y ya van unas cuantas veces, esta excelente muestra surcoreana.
En su momento constituyó la primera obra maestra que vi en sala en 2017. Una forma de lo más electrizante para comenzar cualquier año o temporada. Y desde ese instante, de lo mejor visto a lo largo de mi extensa vida cinéfila dentro del apartado muertos vivientes. Junto a la formidable “Amanecer de los muertos” de Zack Snyder y la fundacional “La noche de los muertos vivientes” de George A. Romero. La pionera “La legión de los hombres sin alma” de Victor Halperin y la magistral “Yo anduve con un zombie” de Jacques Tourneur son otra cosa, muchísimo más pausadas y expresionistas, pero también las incluyo en el pelotón de cabeza.
A continuación vendrían las divertidas comedias paródicas “Bienvenidos a Zombieland” (Ruben Fleischer) y “Zombies Party (Edgar Wright), y las notabilísimas, incluso alguna de ellas sobresaliente, “Guerra Mundial Z” de Marc Forster, la hasta la fecha tetralogía surgida con “28 días después” (la segunda, “28 semanas después”, del canario Juan Carlos Fresnadillo con producción USA, ofrece una memorable secuencia inicial, las más recientes está conformada por el díptico “28 años después”) y el reciente y brillantísimo díptico “28 años después: El templo de los huesos”.
También me resulta obligado citar la referencial e inagotable serie “The Walking Dead” y varios apreciables exponentes más, algunas continuaciones de la saga de George A. Romero como “Zombi” y “La tierra de los muertos vivientes” o el muy apreciable y setentero fantaterror “No profanar el sueño de los muertos” de Jorge Grau. Sin olvidarme de la igualmente autóctona y no precisamente ortodoxa –pues en rigor tal vez no debiera adscribirla-, pero más que estimulante y cada vez más revalorizada “Pánico en el Transiberiano” de Eugenio Martín, que enlaza con la que aquí me ocupa en lo referido a que la mayor parte de su metraje transcurre en un tren, pero sin esa variante bala o AVE. Menudo pavor pensar que en el trayecto a Madrid pudiera suceder algo como lo aquí expuesto y encima dada la deteriorada -y terriblemente trágica- infraestructura actual.
Y tampoco quiero dejar en el tintero las tres excelentes versiones de “Soy leyenda”, esto es, “El último hombre sobre la tierra”, “El último hombre vivo” y, precisamente (esta vez se respetaría el enunciado original) “Soy leyenda” con un grandísimo Will Smith.
Dicho todo lo cual, me resulta igualmente obligado proclamar que el cine surcoreano lleva ofreciendo desde hace bastantes años, más bien décadas, constantes muestras de su pujanza, vitalidad y expansión. Ahí está el descubrimiento de la maravillosa, deslumbrante y casi incatalogable “The Host” dentro de la variante “monster movie” por el que posteriormente sería firmante de la arrasadora “Parásitos”. Y qué decir de ese “thriller” que a su propio estilo nada tiene que envidiar a “Seven” o “Zodiac” titulado “Memories of Murder (Crónica de un asesino en serie)” también del indispensable Bong Joon-ho. Podría estar citando centenas más de grandes títulos ciñéndome tan solo a los últimos treinta años.
El director de ésta espléndida muestra, Yeon Sang-ho, cuenta con una filmografía corta, de no más de 9 títulos, pero ya francamente brillante, la mayoría por trabajos dentro del campo de la animación (“The Fake”, “The King of Pigs”). Este trabajo supuso su debut la acción real. Posteriormente a “Train to Busan” firmó una excelente réplica animada, “Seoul Station”, que contaba el origen del letal virus, aquí expuesto, en la Estación Central de Seúl.
Todavía recuerdo en su estreno lo que me impresionó el manejo de cámara desplegado, su montaje y unos efectos especiales que sin resultar novedosos –esos cadáveres andantes velocirraptores ya se habían mostrado con idéntica aceleración en la anteriormente citada “Guerra Mundial Z”- consiguieron dotar de una vigorosa y renovada dimensión a estos ámbitos.
Además, es que no da tregua, no concede respiro ni pausa alguna. Desde luego no se fíen de sus cinco primeros apacibles minutos, pues lo que viene a continuación es pura alta velocidad cinematográfica. Es lo que se puede entender como una producción para el gran público en su sentido más felizmente verbenero, que juega perfectamente con las convenciones dándole la vuelta a los calcetines sin renunciar a su principal función, la de entretener… salvo para quienes sean desafectos de estas temáticas.
Pero atención, bajo sus elaboradísimas imágenes, su irresistible corteza late mucha miga argumental. Sin caer en moralina alguna, no deja de ser una llamada de atención en contra del egocentrismo que invade la sociedad actual, centrado ello en el protagonista masculino, un gestor de fondos de inversiones al cual se concederá la posibilidad de redimirse, aunque no diré si lo consigue, faltaría más).
También aboga en favor de la solidaridad y la ayuda al prójimo, personificado ello en una cría carente de la atención paterna y en un musculado esposo a punto de experimentar la paternidad.
Intentando ser todo lo gráfico y tiktokero posible, esto va de infierno en vida para miserables… y también para generosos, para sacrificados por los demás. Es épica en verdaderas mayúsculas sobre los no muertos. Todo un festín para los aficionados a estas carnicerías.
Sobrepasa el puro y genuino culto. Casi doce millones de espectadores acudieron a verla en su momento en el país asiático. Un fenómeno en este caso perfectamente entendible y justificado, pues estamos ante un exponente de CINE CINE en su sentido más lúdicamente “festivo” y contundente. Quedan, por tanto, más que avisados por si algún entusiasta la desconociera a estas alturas.