Cine bíblico a valorar moderadamente
Por José Luis Vázquez
Una película de relativamente reciente cuño (es de 2016) plenamente asociada a estas fechas de Semana Santa, pues vuelve a constituir una aproximación a la crucifixión y posterior resurrección de Jesucristo, pero abordado desde un prisma relativamente original, aunque no precisamente novedosa respecto a los hechos y acontecimientos que atañen al personaje más recreado en el cine y puede que de la literatura también.
Hacía tiempo que no veía una de romanos casi a la antigua usanza y con un punto de vista escépticamente creyente, si se me disculpa una expresión tan aparentemente contradictoria.
Si la tuviera que calificar sobre 10, le concedería un 5 raspado. Y conste en acta que de partida le reconozco su falta de pretensiones bobaliconas. O esa habilidad para trasladar las claves del cine negro a los tiempos bíblicos. O que esta historia mil veces contada, lo sea esta vez a través de los ojos de un no seguidor de la doctrina, de un tribuno romano, pese a que finalmente se venga a contar lo mismo de siempre. Más que guerrero este personaje, Clavius, es un pensador por encima de cualquier otra consideración, racional y con capacidad para reflexionar por sí mismo y por lo que ve, también por la espiritualidad que le rodea.
En el fondo no deja de ser un viaje de redención, pero sin dar por ello la brasa ni sermonear. Todo fluye natural, sencillo, desde la propia convicción del personaje, sin apoyo de arengas ni peroratas hasta la manera en que es contado un episodio que todos conocemos de memoria. Además, ese tono intimista que gasta no le sienta mal al relato.
Como ha afirmado el actor encargado de encarnarlo, Joseph Fiennes, hermano de Ralph, el de la ya mítica “El paciente inglés”, “todavía no sé en qué creer”. Y aunque la película no suponga ninguna subversión a los hechos oficiales, no es habitual en estos tiempos una película de estas características que ensalce la fe sin apologías ni aspavientos.
Para algún veterano como el que esto firma, es como introducirse en el túnel del tiempo (título de una entrañable fantasiosa sesentera que todavía se puede ver en Filmin), pues cuando llegaban estas fechas semana santeras tanto en cine como en televisión éramos bombardeados con innumerables producciones de temáticas religiosas en la órbita católica, habitualmente bastante buenas, especialmente las procedentes de Hollywood, desde “Quo vadis” hasta “La túnica sagrada”, pasando por la inefable “Ben-Hur”, “Espartaco”, “David y Betsabé” y decenas y decenas más. En general de historia antigua, incluso de egipcios, alguna tan grandiosa como “Tierra de faraones”.
El mayor problema que detecto es lo anodina que me resulta por momentos, incluso a medio tramo resulta aburridilla. Le falta definitivamente chicha, nervio, emotividad. Y la percibo un tanto lineal, plana, sin crescendo. Es escueta, aunque su metraje no lo sea, y también seca, aseadita y de las que no dejan huella. Se consume fácil sin más.
El “oponente”, el antagonista de Fiennes es un adecuado Cliff Curtis como accesible, cercano y cotidiano hijo de Dios. En un papelito breve, María Botto como una dulce María Magdalena. No se olvide que cuenta con la aportación de un importante y competente equipo español, que se ha movido a caballo entre escenarios malteses y otros abundantes almerienses. En el apartado interpretativo, Antonio Gil es José de Arimatea.
En su momento supuso la vuelta tras las cámaras después de diez años de ostracismo de Kevin Reynolds, a quien siempre le perseguirá la catástrofe comercial de “Waterworld”, pues a artísticamente nunca me pareció parea tanto, pues no la considero relevante, pero ni mucho menos tan infecta y despreciable como proclamaron otros y es entretenida.
De este cineasta estadounidense lo que más me gusta es su versión sobre el mito del arquero de Sherwood, “Robin Hood, príncipe de los ladrones”, su ocurrente debut ochentero “Fandango” (o sea, “¿Dónde dices que vas?”) y la vigorosa “La bestia de la guerra”, la odisea de un tanque ruso y su tripulación en plena invasión de Afganistán.
Si no son demasiado exigentes, pueden pasar el rato, pues Reynolds es de los directores competentes, de los que saben filmar, aunque a veces se queden un tanto romos y faltos de definitiva pegada en lo referido al resultado final, como en este caso.