Ejemplar, plausible y divertida pedagogía
Por José Luis Vázquez
Es complicado, muy complicado, comprender, y todavía más padecer, el síndrome de Tourette, inmortalizado en una canción de Nirvana y asunto principal, crucial sobre el que pivota esta excelente producción británica. Es esta una cinematografía que, tal como he destacado en innumerables ocasiones (es mi segunda favorita tras la imbatible estadounidense) suele caracterizarse por una enorme solidez y sobriedad, algo a lo que ésta nueva y resplandeciente muestra no vuelve a ser ajena.
Prácticamente desconocía dicho padecimiento hasta la aparición de este impecable trabajo del director Kirk Jones, que no solo lo acerca al gran público, sino que lo hace inspirándose en el impactante caso real -y sus previas memorias- de su protagonista, el escocés actualmente de 54 años (cumple los 55 el 1 de junio) John Davidson.
He tenido que recurrir a consultar a amigos especialistas y alguna que otra nota de Google para conocer un poco más de esta enfermedad y de la enorme dureza de su padecimiento. Se trata de un trastorno del control de los impulsos que lleva a quien lo padece a soltar sin poder hacer nada al respecto expresiones malsonantes, palabrotas, gritos involuntarios, sufrir espasmos físicos, tics múltiples -y como dice el título- incontrolables y movimientos de brazos… que a veces pueden conllevar algo más, como arrojar a los que tienes al lado a la carretera. Y que, parece ser (la última palabra la tienen los especialistas) todo ello se agrava con el estrés.
Como comprenderán a poco que se pongan en sus pieles, tiene que ser terrible tan permanente y comprometedora experiencia que no concede largas treguas. De hecho, el comienzo ya nos pone en situación, con ese “que le den” a la mismísima Reina de Inglaterra Isabel II cuando le va a hacer entrega de un reconocimiento en Edimburgo.
No deja de ser una situación insólita y sorprendente, que tiene su explicación a continuación cuando asistimos a la vida de John desde pequeño (todo este inicio es magnífico, pues nos lo es dado a conocer ya en todo su dramatismo), cuando comienza a hacer estragos en su comportamiento dicho trastorno neurológico de carácter crónico.
Tal premisa que bien podría haber dado lugar al exceso más desaforado, se convierte por obra y gracia del talento de sus creadores en un ejemplar retrato rebosante en humanidad, comprensión y sentido del humor. Y es que todas estas características, en especial la última, se acaban erigiendo en fundamentales para sobrellevarlo, aguantarlo y ser aguantado… dicho por supuesto con todo el afecto del mundo.
Porque además esto le puede sobrevenir a cualquiera. El chaval aquí retratado es una persona normal y buena, que se pasa toda la película pidiendo excusas por algo que no le es posible dominarlo, le sobrepasa, a él o a quien le haya caído en maldita suerte tenerlo.
Ante un personaje de esta enjundia, era fundamental hacerlo creíble interpretativamente. Y la elección no ha podido ser mejor. Robert Aramayo, actor inglés parece ser de origen vasco -como su coetáneo, el en todos los sentidos enorme Jacob Elordi- de 33 años es el encargado en encarnar a este activista de la salud.
Un profesional al que hasta la fecha el medio que le había conferido una cierta popularidad había sido la televisión. Sobre todo, por haber encarnado al joven Eddard “Ned” Stark en la espléndida “Juego de Tronos”. Me refiero al cabeza de la casa Stark, Señor de Invernalia y Guardián del Norte en su primera temporada (todo esto pueden verlo mucho más completo en Google). Un personaje caracterizado por su honor, lealtad y sentido de la justicia que se acabará convirtiendo en la Mano del Rey de Baratheon.
Actualmente interpreta a Elrond en la serie de Prime Video reveladoramente titulada “El señor de los anillos: Los anillos del poder”.
Los gourmets y los más agudos cinéfilos puede que también lo recuerdan por su breve aparición como un alborotador, miembro de la pandilla de Ray, en la estupenda “Animales nocturnos” del diseñador de moda y brillante cineasta Tom Ford (“Un hombre soltero”).
El caso es que, en la última edición de los BAFTA celebrada en febrero, el equivalente británico de los Oscars, acabaría arrasando a los mismísimos Leonardo Di Caprio (“Una batalla tras otra”), Timothée Chalamet (“Marty Supreme”) y Michael B. Jordan (flamante ganador del Oscar por la fenomenal “Los pecadores”).
Él, su sensacional interpretación, es el pulmón esencial sobre el que gira una propuesta repleta de buenos sentimientos sin caer en momento alguno en la ñoñería. Es más, por momentos podría haberla filmado el mismísimo Ken Loach. El resto del conjunto se adapta y funciona a las mil maravillas desde esa sobriedad antes mencionada y poniendo buenos sentimientos de los que no empachan encima de la mesa, o del trípode si prefieren.
Desde luego, aparte de resultar modélica y entretenidísima es de lo más divulgativa y aclarativa. No la dejen pasar.