Pasar al contenido principal
Enviado por Ramón Vidal el
Imagen de la película "Escrito bajo el sol"
Ramón Vidal
Escrito bajo el sol

Un John Ford festivo, íntimo, emotivo, excepcional (En su 60 aniversario(

 

Por José Luis Vázquez

 

Considerada inicialmente como una obra menor en la filmografía “fordiana”, creo que el tiempo ha puesto en su sitio a esta impresionante, espectacular e intimista a la vez, obra maestra del grandioso cineasta, rodada tras otro monumento incluso superior, el considerado por tantos grandes cineastas, y yo así lo suscribo por mi parte, mejor western de la historia, “Centauros del desierto”, tampoco no entendido en su momento en toda su magnificencia merecida. 

 

“The Wings of Eagles”, rebautizada “Escrito bajo el sol” en España, es una película que recoge algunos de los episodios más significativos y una buena parte de la biografía de Frank “Spig” Wead, un pionero de los aires y piloto de la aviación estadounidense hasta que un grave accidente doméstico le retiró y convirtió en guionista de cine, llevándole a colaborar con Ford en varios excelentes trabajos como “Air Mail (Hombres sin miedo)” o “No eran imprescindibles”. De ahí que este supusiera un proyecto muy especial para el de Maine.

 

Para ello Ford entremezcla con una sencillez, con una naturalidad pasmosa, comedia y drama. Y si la primera parte puede parecer una coloreada y regocijante bufonada rociada de puro “slapstick”, progresivamente va adquiriendo unos impensables tonos sombríos. Pero esto no debería extrañar habiendo sido dirigida por quien lo fue, pues no olvidemos que una de sus características más acusadas fue la de ser casi el cronista por excelencia, el poeta del fracaso y del desarraigo… testigo que acabaría recogiendo con el tiempo Clint Eastwood desde posicionamientos que también denotan amargura vitalista.

 

Algunos miopes pretendieron despacharla como militarista sin más, uno de los sambenitos que ha perseguido siempre a su director, sin advertir o querer ver que tras esas imágenes de relativa glorificación -legítima por otra parte- se nos está contando la historia de un perdedor en toda regla en el terreno más importante de la existencia, en el personal. 

 

El grado de emotividad que vuelve a lograr con una cámara alejada de cualquier gesto de ampulosidad, yendo de frente, aprovechando la composición del plano hasta el último detalle, sin filigranas innecesarias, utilizando admirablemente el plano contraplano, resulta difícil de describir. Lo mejor es que acudan a visitarla y que, por ejemplo, estén atentos a la imponente y desgarradora secuencia del desenlace del pequeño Comodoro. Resulta una lección impagable, sentimiento en estado puro casi imposible de ser mejor filmado.

 

La mítica pareja Wayne/O´Hara, que ya había dejado el pabellón insuperable un lustro antes con -hace tiempo que agoté los calificativos- “El hombre tranquilo” volvería a brillar con luz propia. Echa chispas en las risas, sonrisas y lágrimas, en la salud y en la enfermedad… y en algo tan inequívocamente “fordiano” como son las despedidas, una de sus múltiples especialidades, pero que en su cine se convierten en algo imborrable. Ward Bond, además, volvería a ser el amigo, el camarada que siempre está ahí.

 

Amistad, amor, familia, ejército vuelven a ser constantes temáticas imbricadas y estrujadas al máximo emocional. Todo desprende verdad, sentimiento, credibilidad. Tanta como esas jocosas escenas reales del comienzo con pioneros aeroplanos sobrevolando temerariamente durante una divertidísima y formal fiesta. 

 

A título reveladoramente anecdótico indicar que ese director de cine que contrata por primera vez a Wayne es el propio Ford con nombre encubierto.

 

Imprescindible.