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Enviado por Ramón Vidal el
Imagen de la película "¡Qué verde era mi valle!
Ramón Vidal
¡Qué verde era mi valle!

Doble y relativamente breve crítica de un clásico incontestable

Por José Luis Vázquez

Dos críticas o reseñas en una… Responden a diferentes momentos en que contemplé esta obra maestra por los siglos de los siglos, dirigida por el más grande, John Ford. Puede resultar curioso el “contraste” o, más bien, complementario.

Creo que ahora mismo no la tienen disponible en ninguna plataforma (ha estado hasta hace poquito en Filmin), pero en cuanto les sea posible accedan a la misma, no duden en hacerlo, sobre todo si todavía la desconocen. Y convoco para ello a todo tipo de espectadores, desde adolescentes a maduritos, más o menos cinéfilos, de todo tipo y condición. Como el buen arte, siempre estará vigente.

Reseña 1

Quintaesencia del Hollywood más social y humanista

El tercer Oscar de John Ford (derrotó a la mismísima, revolucionaria y extraordinaria “Ciudadano Kane”), es otro de sus trabajos que podría haber firmado temáticamente el Ken Loach más izquierdista, sin llegar éste en ningún momento a la altura del dedo meñique del pie al maestro.

Enmarcada en el siglo XIX en País de Gales, en plena industrialización, no se puede explicar mejor, con más convicción y mayor emoción el drama de una familia que se desintegra por motivos laborales/sociales. En un mismo plano, mientras unos hermanos van a tocar en el coro ante la reina, otros parten a hacer las Américas en busca de mejores oportunidades. Un momento sencillamente inmejorable, pues no se puede explicar y condensar mejor en un minuto el proceso de todo un cambio histórico, en este caso debido a la Revolución Industrial.

Además, los ojos y la voz del pequeño Roddy McDowall mediante un evocador, nostálgico y ejemplar recurso de la voz en off, me pone en todo momento el nudo en la garganta.

Y el cura “socialista” que encarna Walter Pidgeon queda para las antologías y vuelve a poner en entredicho la verdadera ideología fordiana, un verso suelto como Billy Wilder o Clint Eastwood, que puede dar lecciones a cualquiera, al menos su cine, de humanidad, tolerancia, sensibilidad, compromiso, verdadera libertad y apertura de miras.

Un bellísimo y sensacional drama costumbrista que canta a los valores familiares sin empalago alguno.  

PD: A propósito de John Ford… El tildado absurda y ridículamente como facha a lo largo de mucho tiempo por tanto pseudo progre de calderilla (por ser amable), tal como se hiciera en su momento con Clint Eastwood, resulta que firmaría las que probablemente sean las dos mejores películas de izquierdas (sin soflamas, monsergas ni insufribles dogmatismos) de la historia, “Las uvas de la ira” y ésta de “¡Qué verde era mi valle!”.

Dicha definición, expresión o palabra utilizada tan a la ligera por muchos/as (con indudable banalidad, que vendría a decir la nada sospechosa Hannah Arendt), especialmente en la polarizada España de los últimos tiempos, supone una manera de despacharse de lo más gratuita en tantas ocasiones. Y precisamente algunos de quienes a veces la utilizan así, simplemente porque el otro no piensa como él o abogan por el pensamiento único, a lo mejor deberían mirarse en un espejo para reconocerse ellos como tales… y es que estos son los peores, los que no tienen conciencia de serlo o no interesarles tenerla dado su dogmatismo y cortedad de miras (por ser suave). Dicha futilidad a la hora de adjudicar caprichosos e injustos epítetos a los demás los ha llevado a cometer tremendas injusticias personales y no diré ya artísticas, tal como es el caso del citado Ford, el más grande entre los grandes… y el más humano y solidario en una pantalla, capaz siempre de desechar los nefastos adoctrinamientos y capaz de extraer lo mejor que contiene nuestra especie, incluso de los más viles.

Reseña 2:

Una Maureen O´Hara de tan solo 21 añitos, casi recién aterrizada en Hollywood, demostraría ya estar en posesión de una presencia magnética, temperamental, arrolladora. En la primera de sus cinco colaboraciones, Ford la mimaría al milímetro en un papel inicialmente previsto para su amada Katharine Hepburn. Le regala una luz, unos primeros planos, verdaderamente prodigiosos. Y la secuencia de su boda, con ese velo al viento, resulta bellísima, primorosa, imborrable.

Pero “Las uvas de la ira” desde los primeros segundos rezuma Ford por los cuatro costados. Ahí está el amor a la familia y su desintegración, el desmorone de una comunidad, la historia de un amor perdido, el particular e irreprochable sentido de la justicia o de la educación. Y ya si de precisar secuencias se trata, quedan para la eternidad, aparte de la anteriormente citada, la del hijo y la madre que caen en una charca helada, la manera que tienen de comunicarse ambos cuando el primero está enfermo, la descripción en el atlas de los distintos lugares del mundo en los que se encuentran los hijos, esas monedas arrojadas en la falda de la madre, la discusión del padre con los hijos, el accidente en la mina y esa premonitoria gorra subiendo en el ascensor…

Se nota la deslumbrante influencia de Murnau, del expresionismo en sus imágenes. Uno de los 5 Oscar obtenidos (los otros fueron a mejor película, director, actor secundario/Crisp y dirección artística) sería precisamente a la mejor fotografía, excelente en sus clarificadores sombreados/aclarados, de Arthur Miller (no confundir con el célebre escritor).

Cada cierto tiempo tendría que repasar el listado de mis películas favoritas. Esta podría figurar perfectamente entre las diez primeras en este momento, pues su nuevo visionado (en imprescindible versión original subtitulada) no ha hecho sino provocarme una conmoción aún mayor de la que siempre me ha ocasionado. Simplemente me ha vuelto a generar una emoción en estado puro acompañada una vez más de incontables lagrimones, me ha abducido y no ha dejado de hacerlo un solo instante, de nuevo me ha puesto en el nudo en la garganta en mil momentos. Bendito seas por siempre, Mr. Ford. Su cine y el de los grandes del cine estadounidense, o “Matar a un ruiseñor”, constituye mi verdadera “ideología”, esa que no brota de las consignas ni de las proclamas ciegas o sectarias (provengan de donde provengan), sino de la verdad, la humanidad y los sentimientos más puros expuesto con el mejor de los talentos, claro.