Pasar al contenido principal
Enviado por Ramón Vidal el
Imagen de la película "El color del dinero"
Ramón Vidal
El color del dinero

Segundas partes sí pueden ser buenas

Por José Luis Vázquez

De acuerdo en que el Oscar concedido a Paul Newman por “El color del dinero”, pudo ser o parecer una compensación y un desagravio por las 11 veces que había sido nominado sin haber encontrado nunca una justa recompensa. Es posible que fuera así, pero no es menos cierto que Mr. Newman (61 esplendorosos años en el momento de esta actuación), que en cuanto se liberó de los excesos y tics aprendidos en el a veces un tanto molesto Actor´s Studio, adquirió una inmensa madurez interpretativa en sus últimos años, regalándonos a muchos una perfecta composición en esta continuación, 25 años después de la aparición de su mítico personaje Eddie “Fast Eddie” Felson en esa obra maestra por los siglos de los siglos titulada “El buscavidas” del guionista y director neoyorquino Robert Rossen. 

Firmante éste de otras creaciones de idéntico calibre como la singular, subyugante e imponente “Lilith”, la enérgica y criminal “Johnny O´Clock” o la fascinantemente sórdida y despiadada “Cuerpo y alma” entre otras perlas que jalonan su no muy extensa filmografía, sometida, como él mismo, al acoso del nefando senador McCarthy durante la infausta Caza de Brujas. Ello le llevaría a desembarcar en 1955 en tierras españolas (Colmenar, Torrelaguna o Málaga) para rodar su más que atractivo, edípico y loable “Alejandro Magno” con Richard Burton.

Aquí encontramos a Eddie tiempo después de su legendario deambular por tapices y bolas, como un ex campeón de billar reciclado, un tanto cínico y manipulador, avezado en oscuras estafas y todavía dominado por la chispa de la competición, al frente de un negocio de licores y convertido en mentor de un joven talento, un ya en ese momento disparado hacia el éxito Tom Cruise (tan solo 24 añitos, venía de rodar el eficaz mega éxito “Top Gun/Ídolos del aire e interpretaría a continuación la estupenda “Rain Man/El hombre de la lluvia”) tal como ha acabado demostrando con creces y afianzando a lo largo de su brillantísima y electrizante carrera. 

Como tercer vértice femenino del triángulo, no tengo claro si isósceles o escaleno, la buena actriz Mary Elizabeth Mastrantonio los acompaña componiendo un personaje de lo más sustancioso, fuerte y astuto, secundadora inicialmente de los manejos de Eddie. Supone el eslabón entre ambos protagonistas masculinos tanto para la concordia como para la fricción. 

Este nuevo trabajo de puro maestro de billar y cartabón cinematográfico, cuál mítico e inolvidable Gordo de Minnesota, del también neoyorquino -de Queens, preciso- Martin Scorsese, esta intrigante secuela, vuelve a retomar la temática de su antecesora. Eso sí, convirtiendo a Newman -en una lógica traslación y extrapolación- en una réplica un poquito más “dulcificada” del siniestro personaje incorporado en aquella primera entrega por un inmenso George C. Scott (Bert Gordon en la ficción). 

La que ahora me ocupa no tal vez no alcance la contundente dureza, desolación e intensidad dramática de su modelo, piensen que estamos hablando de una de las más grandiosas obras maestras del cine, pero su apabullante brillantez formal me empuja a valorarla y afirmar convencido que es un gran trabajo. 

Y vaya que si lo es. Sin duda es una enorme película, muchísimo mejor de lo que se la reconoció en su momento, tal vez debido a que algunos perezosa y cicateramente consideraron que los galardones cosechados podían obedecer a cierta condescendencia y gratificación. Nada más lejos de la realidad. Y sin necesidad para ello de innecesarias comparativas, aunque en esta ocasión puede que estas resulten inevitables respecto al espléndido original. Curiosamente, a Scorsese le ha pasado algo parecido en otros tramos de su carrera, es decir, desconsiderar otras producciones suyas, en este caso “remakes”, que para mí constituyen sendas y modélicas puestas al día, como “El cabo del terror” e “Infiltrados”.

Por último, y sin tampoco entrar en cotejos de ninguna índole, recomiendo encarecidamente la absorbente novela homónima de Walter Tevis que diera pie en su inicio a todo esto. Igualmente, aprovecho la ocasión para ensalzar la esmerada y coherente labor de escritura que hiciera para esta secuela otro grande, Richard Price (“Stony, sangre caliente”, “El niño 44”, “Clockers/Camellos”).

Vuelvan a concederle una oportunidad o descúbranla, igual más de uno se lleva una grata sorpresa.