Pasar al contenido principal
Enviado por Ramón Vidal el
Imagen de la película  "El corazón de la bestia"
Ramón Vidal
En el corazón de la bestia

Supervivencia y emociones extremas

Por José Luis Vázquez

Nada como ver una película de estas características (grandes paisajes, molonas panorámicas, la grandeza de la propia existencia humana, aunque suene pomposo, etc.) en una sala. Nada como ver el cine en el cine. Aunque también he de reconocer que un elevado porcentaje de mis películas favoritas, clásicos varias de ellas de manera aplastante, las he descubierto en el confort de mi hogar (u hogares, he transitado por cuatro), la mayor parte de las veces en elegida y asumida soledad, ante la pequeña/cada vez más grande pantalla del televisor. He sido y soy tremendamente feliz viendo cine en casa. Y televisión a quintales, pues no se olvide que pertenezco adictivamente a la generación de aquellos entrañables Chiripitifláuticos de mi placentera niñez. 

Ahí he descubierto incontables joyas del extensísimo Hollywood dorado… y de otras grandes cinematografías, desde británica a japonesa, francesa, italiana o muy especialmente la nuestra, la española, aunque durante un tiempo me mostrara en cicatero en así admitirlo. 

Entre las mismas, numerosas producciones con chuchos de protagonistas. Desde Lassie pasando hasta el -y también catódico- Rin Tin Tin, pasando por Lassie, Beethoven, Toto (“El mago de Oz”), Milú, Slinky, Bolt, Reina y Golfo, Pongo y Perdita, Balto, Snoopy, Goofy, Uggie (“The Artist”), Beethoven, Hachiko, Scooby-Doo o Colmillo Blanco. Me dejo montones más, pero creo que esta muestra es suficientemente representativa.

Varias de las producciones que los contenían o acogían, especialmente las referidas al último can citado, Colmillo Blanco, se encuentran impregnadas por la más o menos fiel adaptación o el espíritu de uno de los mejores escritores de todos los tiempos, el estadounidense, californiano para más señas, Jack London. Todo un especialista en retratar con amor, admiración, heroísmo y lealtad a los más fieles amigos del hombre, también en describir admirablemente su fortaleza física y su instinto de supervivencia frente a la naturaleza más agreste y salvaje.

De estas cualidades participa tanto el coprotagonista de esta ficción, un pastor alemán llamado Uber en la vida real y aquí Odin (dios en la mitología nórdica de la sabiduría y la guerra, le viene muy bien dicha símil dado además su pasado combativo), como esta ejemplar en su sencillez, francamente reconfortante y bonita “En el corazón de la bestia”, de factura inequívoca y agradablemente clásica.

 

Según la voy contemplando y aunque esté un tanto absorto en la historia en esta nueva entrega de supervivencia máximo en un entorno hostil (de nuevo la fascinante y gélida Alaska es su telón de fondo), me resulta inevitable evocar la maravillosa literatura de London o de películas tan excelentes o apreciables, basadas en relatos suyos, como una perla de 1935 con Clark Gable, “La llamada de la selva”, o “Colmillo Blanco” en diversas versiones, incluso la estimable coproducción española de 1972 rodada en nuestro país con Charlton Heston titulada “La selva blanca”, que hiciera las delicias de tantos de los que éramos críos en aquella época de su producción y vueltas a ver al poco tiempo en aquellos añorados programas dobles de los domingos en el no menos añorado y ciudadrealeño cine Castillo.

Brad Pitt, el otro copartenaire, tanto frente a la cámara como al cargo de la producción, lleva a cabo un trabajo de lo más plausible. Es uno de los grandes en la actualidad, él junto a Clooney o DiCaprio, suponen un más que digno relevo de los Newman o Redford, que aparte de muy guapetones, siempre se han mostrado como profesionales de lo más inquietos y magníficos intérpretes (y la mayoría de ellos, no hasta el momento Pitt, grandes cineastas).

En cuanto al ya citado y expresivo chucho, bueno es la caña. Hasta el punto de que en los títulos de crédito figura por delante del mismísimo Pitt, pues es capaz de provocar idénticos lagrimones que otra de las “delicatessen” citadas al inicio de esta reseña, “Hackiko. Siempre a mi lado”, protagonizada por otro grande de la Meca del Cine, Richard Gere. Llegado a este punto, aprovecho para destacar el gran y arduo trabajo de los adiestradores de animales, sobre todo en una cinematografía como la norteamericana que tantas veces ha tirado de ellos y de su incuestionable oficio.

Repite bajo la batuta de uno de esos competentes profesionales que se encuentran por doquier en el inmenso cine norteamericano de cualquier época, David Ayer. La anterior, “Corazones de acero” supuso una elogiable muestra de muy buen cine bélico. Es la odisea de cinco soldados y un tanque, el Fury, al final de la II Guerra Mundial.

El propio Ayer, a mí al menos, me ha regalado un buen puñado de otras muestras del género de acción en su más amplia y variada acepción, como “Dueños de la calle”, “Sin tregua”, “Harsh Times (Vidas al límite)”, “Escuadrón suicida”, “Bright”, “Sabotage” o la reciente -a la espera de secuela, dado su buen funcionamiento en taquilla- “Beekeeper: El protector” con ese eficaz cachas que esté empezando a erigirse como un género en sí mismo, Jason Statham (lo penúltimo visto suyo me encantó, en menor medida “El motín” y, especialmente, “Shelter: El protector”, también alabada por Stephen King). Es uno de mis 600 directores favoritos en la actualidad que trabajan en la industria de la Meca del Cine.

No esperen encontrarse con nada -ni mucho menos- novedoso, ni necesidad tiene de ello. La historia es de lo más simple (que no simplona ni simplista) y felizmente manida. Es cine de aventuras de buena ley. Lo expuesto está resuelto con limpieza narrativa y saludable vistosidad y emoción en su tramo final. Para mí esto es mucho, pues demasiadas veces se valora en exceso la originalidad en aras a ver cada “pestiño” de cuidado.

Recomendable, sí, sin dudarlo.