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Enviado por Ramón Vidal el
Imagen de la película “Los justos”
Ramón Vidal
Los justos

¿Todos tenemos un precio?

 

Por José Luis Vázquez

 

Encabeza el comienzo de “Los justos” una cita del genial Otto Preminger (uno de los 200 grandes directores del cine estadounidense: “Laura”, “Ángel o diablo”, “El cardenal”, “Carmen Jones”, “Al borde del peligro”, “El hombre del brazo de oro”, “Ambiciosa”) a propósito de una de sus abundantes y más referenciales obras maestras, el drama judicial, mismo género que el de la película que me trae aquí, “Anatomía de un asesinato”.

 

Bien podría haberse titulado este debut en la dirección de los solventes guionistas (principalmente para televisión, “Aída” o “Los hombres de Paco”) Jorge A. Lara y Fer Pérez como “Anatomía… más que de un asesinato, de una sociedad”. Y es que tengo la sensación de que en ya en el punto de partida de su libreto hay una clara intención, no tanto de contar una historia sobre una deliberación judicial, pese a que esa sea su premisa o meollo inicial y pese a parapetarse en la obvia y entendible añagaza de “12 hombres sin piedad, sino de mostrar entre esos pliegues una reflexión ética y sociológica.

 

Creo igualmente que para ello no se escuda en ninguna críptica coartada intelectual, que resulta de lo más asequible para cualquier tipo de espectador, desde luego para aquel con una mínima percepción de su entorno, actual o de siempre. Y es que esa corrupción que trata, su leiv motiv principal, es una de las cosas que tiene el poder, en nuestra sociedad, en el propio ser humano, resulta endémica, estructural y es eterna, universal. No es algo puntual, sino un comportamiento generalizado… pues tristemente o sencillamente hemos sido dibujados así, con ello a cuestas. Políticos, jueces, un jurado o cualquier colectivo es perfectamente susceptible de ser un reflejo de nosotros mismos, lo que pasa es que siempre es más fácil distinguir muñecos de pim pam pum en los demás y no mirarnos el propio ombligo o las arrugas en el espejo.

 

Desconozco si esas son las intenciones de sus autores, pero esa es la sensación que a mí me transmite esta propuesta. Ya saben que una vez que la creación pasa a manos del espectador, cada uno es muy libre de reparar o elaborar el discurso que considere adecuado… siempre que no se derrape en exceso, claro, pero como con todo en la vida.

 

Cierto que esto no viene acompañado de una puesta en escena deslumbrante, algo que tampoco sería del todo achacable en quien(es) se lanza(n) al ruedo por primera vez, pues no todo el mundo es Orson Welles de primeras, pero ello tampoco es objetable, ni mucho menos. Es verdad, mejor dicho, mí verdad, que resulta plana, un tanto pulcra, pero a cambio está dotada con un ritmo y un reparto coral que se encargan de hacerla llevadera.

 

Lástima que no siga la estela de ese primer plano de un animalito (no diré cual, pero la metáfora o el paralelismo es nítido, algo parecido sucedía en la reciente “La cena”) que nos da pistas sobre lo que vamos a ver a continuación, sobre los componentes de ese jurado tan variopinto como lo somos la propia especie, aunque acabemos convergiendo tanto en luces como, tal como es el caso, sombras.

 

Voy más allá y concretizo. Tal como he leído en una crítica de mi tocayo de apellido Pablo Vázquez, esto no deja de resultar un “retrato de una generación aplastada por una crisis socioeconómica y existencial”.

 

No sé si lo propuesto se puede calificar como sátira social, pero sí como una eficaz diatriba concentrada dentro de un logrado ambiente claustrofóbico sobre algunas cuestiones que estamos viviendo en la actualidad, supongo que en lo esencial viene a ser lo mismo seguramente de lo vivido en cualquier otro momento de la humanidad, indistintamente de la idiosincrasia de cada lugar.

 

Y es que hace tiempo que analizo todo desde la perspectiva de esa condición humana abordada por André Malraux, Honoré de Balzac (llevándola a registros “comediescos”), Emile Zola (directamente sumergiéndose en la bestialidad… por cierto, aprovecho para recomendarles la magistral adaptación de Jean Renoir de 1938) y tantos otros admirables escritores (Albert Camus también flota en el ambiente vía su texto teatral en cinco actos de idéntico título ambientado en la Revolución rusa de 1905), que tan sumamente bien retrataran nuestros esplendores y, especialmente, nuestras más que reconocibles miserias, algunas de las cuales son expuestas en base a la inmensa autoridad de ese poderoso caballero que es Don Dinero.

 

En fin, no es mi intención seguir poniéndome intensito, porque precisamente una de las gracias y bazas de esta pieza cinematográfica es que resulta todo lo contrario, distraída, narrada con fluidez y de lo más llevadera, lo cual, por otra parte, posiblemente le resta calado. Y encima posee la virtud de -ya quisiera yo- ser breve, apenas 90 minutos.

 

Sí quiero aprovechar la ocasión para reivindicar a una actriz que me lleva encantando desde hace tiempo, Pilar Castro (la muy identificable Cecilia… “La gran familia española”, “Julieta”, “Es por tu bien”, “Los aires difíciles”, “Ventajas de viajar en tren”, “Gordos”…), y dar una efusiva bienvenida a nuestro cine al argentino Marcelo Subiotto (no hace falta decirles cuál es su papel o quién es, lo reconocerán por su delator acento, sus compatriotas son casi siempre un valor seguro interpretando), ambos punta de lanza de un reparto que está a la altura, incluyendo por supuesto a un Vito Sanz que se aparta perturbador, que se aparta de sus parámetros habituales.

 

Ha coincidido en la cartelera con otra apreciable opera prima, esta en torno al alzheimer y a la siempre dificilísima situación y las dificultades de los familiares que tienen que cuidarlos, “Yo no moriré de amor”, que tal vez tenga un punto de cocción más, pero valoro en una industria como la española producciones que moderada, pero plausiblemente, logran combinar entretenimiento y análisis, crítica mordaz.