Pero el “destino” ha querido que vivamos separados
Por José Luis Vázquez
Hora es ya, aunque sea de manera modesta, tanto desde este periódico como por parte de este machacón crítico, de reparar una injusticia casi ancestral que se ha cometido respecto al cine español –algo muy habitual por prejuicios ideológicos y de otro tipo, por anteojeras vamos- con uno de sus más grandes y menos pretenciosos creadores.
Me refiero al cineasta y ocasionalmente actor Manuel Summers (y guionista, productor, humorista, dibujante… otro renacentista, vamos), miembro de una acomodada y numerosa familia andaluza de origen irlandés. Hijo de Francisco Summers, fiscal del Estado y gobernador durante el franquismo. Cada cual viene de dónde sea, pero solo se debiera “juzgar” a cada cuál individualmente por su propia actitud y hechos, o como es el caso, por sus capacidades artísticas. Desde luego demostró ser más liberal y progresista que tantos otros que se suelen autoproclamar como tales… y en un tiempo nada fácil precisamente para ello.
Tristemente o no, según se mire, ya casi solo es conocido, y tan solo por parte de unos pocos, por haber sido el padre de David Summers, líder y vocalista de los populares Hombres-G. Además, fallecería a la prematura edad de 58 años en 1993. Algo muy parecido sucedería con el gran José María Forqué, progenitor de Verónica.
Tengo en mi recuerdo varias películas suyas verdaderamente apreciables otras francamente destacables y algunas sencillamente magistrales, tales como “El juego de la oca”, “Juguetes rotos”, “Adiós, cigüeña, adiós”, “Me hace falta un bigote” o “Ángeles gordos”. Y luego están las dos suyas que me resultan más valiosas y entrañables, aunque a las anteriormente mencionadas también les podría aplicar dicho calificativo. Me refiero a la verdaderamente tierna “Del rosa al amarillo”, Concha de Plata en el Festival de San Sebastián, y esta que ahora me ocupa, deliciosa y dolorosa a la vez, participante en el Festival de Cannes de ese año, en el cual acabaría ganando la deliciosa “Los paraguas de Cherburgo” y en el cual François Truffaut también presentaría su no menos deliciosa “La piel suave”.
Fechada en 1964, correlativa a “Del rosa al amarillo” supuso una pequeña conmoción en aquella España que comenzaba a clarear. Gira en torno a aquella -por ser suave- estricta tradición de guardar luto durante una buena temporada. Y expongo esto desde el mayor de los respetos posibles hacia lo que decida cada cual a título individual en estas circunstancias y siempre que no sea ejerciendo la “imposición” con los de su entorno. Quede claro, por tanto, que no me refiero tanto al duelo que cada uno considere que debe guardar como al hecho de hacerlo extensivo a los demás.
Sobre ello, el sevillano basándose en una historia real de su hermano Francisco (que hace una breve aparición como el conductor del carruaje fúnebre), elaboró un retrato incisivo, malévolo (pero sin poner paños calientes), afectuoso y delicadamente cáustico sobre una de las prácticas más carpetovetónicas en aquel momento, preferentemente rurales y beatonas. Toda una sátira, una tragicomedia de carácter inequívocamente autóctono y “summersiano” (qué buen viñetista era, por cierto) sobre cierto puritanismo e intolerancia, contemplada en todo momento desde un finísimo sentido de la observación, digno de todo aplauso.
Traza un formidable retrato, o retablo, costumbrista, toda una foto “finish” de la época, en el que acaban siendo fundamentales un buen número de descripciones y detalles marca de la casa con los que se encuentra salpicada su trama, como esas películas censuradas, ese canario también obligado a guardar la ausencia del finado, esa pelota de un crío metida en un coche fúnebre, ese birrete de cura que coge un niño, esa carrera ciclista que transcurre tras el paso del cortejo fúnebre o ese ordeñe en el cementerio, entre otros muchos. O toda esa parafernalia en torno a los velatorios, incluyendo el matamoscas. Y es que a Summers estos les parecían graciosos, pues solía sacar punta y guasa de casi todo.
Sobre todo, se centra en cómo la muerte podía afectar a los vivos, a una pareja de enamorados en permanente desasosiego por la imposibilidad de certificar su relación.
En su guion intervendrían, nada más y nada menos, que cinco profesionales, entre ellos el propio director, el popular comunicador Tico Medina o la mismísima Pilar Miró.
El paso del tiempo no ha rebajado mi ardor guerrero y entusiasta en reivindicar tanto esta película como una parte importante de la obra de este genio, a la altura de los Berlanga, Vajda, Bardem, Neville, Fernán-Gómez, Forqué, Saénz de Heredia, Gil, Nieves Conde o Ferreri, la que constituye una buena parte -y me dejo bastantes- de los grandes de nuestro cine en aquel prolongado período del franquismo.
Desde luego aquí Summers se lució como nunca, legándonos una creación sensible, irónica, socarrona, dotada de un considerable humor negro y de un poderoso sentido de la observación. En la que un principiante (acaba de debutar el año anterior en la memorable “Atraco a las tres”) Alfredo Landa y una adorable y jovencísima María José Alfonso (sería su debut con papel protagonista en la gran pantalla) conmueven en todo momento como esa imposible pareja que forman Rocío y Rafael, siempre a expensas de los vaivenes de la parca ajena y de mentalidades arcaicas.
Ambientada mediante una excelente, luminosa y nítida fotografía de Francisco Fraile en la localidad sureña/onubense de La Palma del Condado (cuya buena parte de sus habitantes intervinieron en su rodaje), de donde era originario su padre, cuenta como motivo musical con un célebre bolero, “Dos cruces”, que contrapuntea y pone emotivo colofón a lo narrado. Aquel que dice entre otras estrofas “Están clavadas dos cruces en el Monte del Olvido por dos amores que han muerto sin haberse comprendido… el “destino” ha querido que vivamos separados”. De lo más concluyente… y desolador.
Probablemente a los más veteranos les traiga recuerdos parece que acontecidos hace mil años… pero el caso es que no ha pasado tanto.