Sublime y devastador retrato femenino
Por José Luis Vázquez
Del amor truncado, también de la ilusión y del éxtasis generado por el mismo, del trocado en crueldad e indiferencia… de tantas de las variantes que aloja ese sentimiento tan intenso y arrasador asociado a Cupido, de esto trata fundamentalmente esta adaptación de la célebre novela corta de Henry James, “Washington Square”, rebautizada para el cine como “La heredera”.
James fue uno de los poquitos hombres en tratar de tú a tú a Jane Austen en idénticos terrenos sobre los que solía transitar la excelente escritora inglesa. Y ello no solo por lo que acabo de exponer, sino como retratista de una sociedad, una clase media-alta, en este caso neoyorquina, a la que conocía muy bien, rebosante en prejuicios sociales, hipocresía, falsas apariencias y frialdad, incapaz de expresar sus sentimientos debido a convencionalismos sociales y de otra índole.
El enorme cineasta estadounidense de origen alsaciano William Wyler obraría de nuevo el prodigio con este espléndido material literario. Lo convirtió en un destilado sensible, elegante, lujoso, meticuloso, contenidamente febril, apasionantemente académico, finalmente magistral torrente cinematográfico.
Y aunque les hago al tanto a quienes pudieran ser lectores habituales sobre eso de que casi nunca suelo establecer comparativas con las novelas originales, esas que sirven tantas veces de inspiración al Séptimo Arte, he de matizar que la que ha sido fuente de inspiración en esta ocasión quedan mucho más patente asuntos tales como el error que supone asimilar bondad con estupidez o el hecho de ensalzar la maldad disfrazada/o confundida de ingenio o astucia. Eso sí, en ambas propuestas, trepa sería el término adecuado para definir a quien pretende lograr una solvente posición económica, tal como sucede con el personaje aspirante a conseguir interesadamente el corazón de la protagonista.
Aunque una de las cuestiones principales en las que acaba erigiéndose esta producción Paramount, o que desde luego a mí así me lo parece, es en un incisivo, penetrante, poderosísimo retrato de una mujer fuerte e independiente, en cuya transformación definitiva serán determinantes unos cuantos maestros de la crueldad, tal como espeta ella misma. No se olvide que esa fue una de las especialidades de este cineasta, el de potentes estudios de caracteres femeninos. Recuérdense a modo de ilustrativo ejemplo, “La señora Miniver”, “Esos tres”, “La calumnia”, “Carrie”, “La loba”, “Jezabel” o “La carta”, estos tres últimos encarnados por el que sería uno de sus grandes amores en la vida real, Bette Davis.
Este personaje, Catherine Sloper, ejecutado inmejorablemente por una –convenientemente maquillada- poco agraciada Olivia de Havilland, en el que supondría el merecidísimo segundo Oscar de su carrera (acababa de conseguir dos años antes el primero por su memorable composición en “Vida íntima de Julia Norris”), viene determinado por múltiples y delicados detalles. Su paulatina transformación, ese resplandor de su cara ante el amor más sentido, ante el anhelo más desbordante (esos ojos avellana, de vivaz ardilla, resultan al respecto de lo más expresivos), viene determinada entre otros aspectos, por el uso metafórico y elíptico que se hace de su afición al punto de cruz.
También por tres momentos puntuales alusivos a vestidos (2 blancos y uno rojo, obvios símbolos de pureza y aspereza del alma) y escaleras, que igual baja o sube, y que determinan perfectamente su evolución psicológica. Muestran indistintamente alegría, decepción, fortaleza.
Llegado a este punto debo destacar un elemento clave para llevar esto a buen puerto, Wyler por supuesto aparte. Me refiero a un trío interpretativo de descomunal talento, algo habitualmente común en sus tres componentes, pero que aquí explosiona en estado de absoluta gracia bajo la mágica batuta del director. De ella, de la ya citada Havilland, que llegaría a centenaria (104 años exactamente), poco cabe decir a estas alturas. La transformación llevada a cabo, pasando de mosquita muerta a implacable vengadora, ha quedado ya para las antologías.
Los dos vértices masculinos del triángulo no tienen tampoco desperdicio alguno. Montgomery Clift como ese inicialmente un tanto ambiguo y arribista Morris Townsend no le va a la zaga. Ese plano final junto a un portón es de los grandes momentos de la historia de esta droga permanente que supone para mí el cine. Y al que tengo que ponderar igualmente, con más énfasis por aquello de ser hoy en día más desconocido y haber sido por lo común un característico –de los verdaderamente grandes- alejado de cualquier atisbo de estrellato, es al británico Ralph Richardson. Es el padre de Catherine, el gélido, insensible, implacable doctor Austin.
A todo esto, sumen unos decorados de ensueño, una exquisita fotografía en blanco y negro de Leo Tover o una banda sonora de lo más descriptiva del grandísimo Aaron Copland… y tendrán como resultado una de esas películas perfectas que Hollywood fabricaba a puñados en esa –artísticamente- floreciente y añorada década de los 40.
Obtuvo 8 nominaciones a los Oscar, entre ellas la de mejor película. Acabaría llevándose al zurrón el ya mencionado a la mejor actriz, dirección artística, vestuario y música.
Aquel 1948 optarían, entre otras perlas a la dorada estatuilla, títulos como “El político” (galardonado con el reconocimiento más importante, el de película), “Fuego en la nieve”, “Carta a tres esposas”, “Almas en la hoguera”, “El ídolo caído”, “Madame Bovary”, “El burlador de Castilla”, “El ídolo de barro”, “Hablan las campanas”, “Mujercitas”, “Un día en Nueva York”, “Mi loco corazón”, “El príncipe de los zorros”, “Más allá del bosque”, “Rapsodia en azul”, “Romanza en alta mar”, “Vuelve a mí”, “Arenas sangrientas”, “La historia de Stratton”, “Sucede cada primavera”… Y no se olvide que el mejor de habla no inglesa sería nada más ni nada menos que “Ladrón de bicicletas”, pomada en la que igualmente figuraba “Paisá (Camarada)” del maestro Rossellini ¡Total nada! Y todo ello en un año elegido en función de la fecha del clásico reseñado, pero cojan cualquier otra de la época y el nivel es idéntico o superior.
Cuando recalcar que es obra maestra resulta innecesario. Véanla y juzguen ustedes mismos.