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Enviado por Ramón Vidal el
Imagen de la película "Gran Torino"
Ramón Vidal
Gran Torino

Supremo Eastwood

 

Por José Luis Vázquez

 

Fechada hace dieciocho años (aclaro por si alguien leyera esto en el futuro: esto lo he escrito, más bien reescrito, en febrero de 2026), no sé, ya he perdido la cuenta de cuántas veces he visto esta pieza maestra Clint Eastwood que se encuentra en mi pelotón de favoritas suyas, lo cual ya es estar, porque su cine es tan inmenso, emotivo, sorprendente, clásico y profundo que me resulta muy difícil, casi imposible, seleccionar las mejores entre las mejores. A su lado, se encuentran, sin que dude ni una fracción de segundo, “Million Dollar Baby”, “Los puentes de Madison”, “El fuera de la ley”, “Sin perdón”, “Mystic River”, “Cartas desde Iwo Jima”, “El aventurero de medianoche”, “Bronco Billy”, “Medianoche en el jardín del bien y del mal”, “El jinete pálido”, “Bird”, “Richard Jewell”, “Deuda de sangre”, “Sully”, “Space Cowboys”, “Mula” o “Más allá de la vida”. Alguna de las citadas nunca han sido consideradas con la grandeza que merecen, pero no me preocupan, basta con que a mí me hayan hecho y me hagan plenamente feliz. Además, fíjense en las filmografías de los grandes clásicos y comprobarán como ingentes producciones suyas no tan valoradas en su momento han ido adquiriendo su verdadera grandeza con el paso del tiempo. Pasa mucho, es muy habitual.

 

Cómo poder explicar la enorme emoción que me embarga ante ese individuo, Walt Kowalski, veterano de la Guerra de Corea, malhumorado, en el fondo solitario, racista que va cambiando paulatinamente su actitud, girando paulatinamente su punto de vista mientras va comprendiendo y recibiendo el afecto de una joven inmigrante mucho más próxima, más cercana, más cálida que cualquiera de los miembros de su familia. Bien podría ser una versión contemporánea y algo menos virulenta del Ethan Edwards encarnado por John Wayne en esa otra obra mayúscula del monarca Ford, “Centauros del desierto”, mí western favorito de todos los tiempos. Y es que no deja sino de volver a constituir una conveniente puesta al día, urbana y moderna, de ese género tan genuinamente norteamericano y que yo venero. Claro, los caballos son aquí sustituido por un veterano modelo de automóvil de época… pero, al fin y al cabo, también de caballos, eh.

 

Además, Eastwood en calidad de máximo responsable hace una cabriola de 360 grados y le da la vuelta a ese encanecido y avejentado émulo mayor de Harry el Sucio. Vuelve a utilizar la violencia, pero ahora no desplegándola contundentemente él, aunque más bien se dedica a disuadir sin contemplaciones, sino auto inmolándose, para que esos despreciables pandilleros no se vayan tampoco de rositas. De paso, consigue su redención y la seguridad de su protegida y definitivamente querida amiga.

 

Precisamente es en ese su tramo final cuando más sorprende, por ese esperar los que se puedan considerar sus fans más veteranos una respuesta al estilo del anteriormente citado inspector Callahan. Pero, definitivamente, Clint se ha hecho mayor, más comprensivo, más sabio, lúcido, humano.

 

La estructura narrativa aparentemente lineal y sencilla de la que acompaña su periplo vital es de una considerable complejidad. Y ese título, ese mencionado vehículo que constituye su posesión más preciada, resulta una resplandeciente metáfora del legado paterno, de un tiempo de esplendor y de la esencia más íntima de Walt, esa que hace que lo cuide más que a sus propios y descastados hijos y nietos.

 

Precisamente la secuencia del funeral, cuando esa amistosa y noble familia asiática, esos “hmong” abandonados por los norteamericanos en su deambular vietnamita, viste sus mejores galas para rendir honores y tributo, es de lo más emocionante que he visto en el cine de lo que llevamos de milenio.

 

Rodada en tan solo 30 días y con un presupuesto modesto, en su línea austera, el estilo del genial californiano había llegado a tal grado de depuración y maestría, que no necesitó de más despliegues, ni de apabullantes especiales para ir directo a lo más profundo del corazón.

 

Volvió a conseguir aquí algo que solo los elegidos pueden alcanzar, tal como es entremezclar crítica, reflexión y épica saliendo no solamente indemne sino inundándonos de afecto y lágrimas a muchos, a mí sin la menor duda y ratificado.

 

Su humanidad, su dureza son auténticas, genuinas, no desprenden ni un ápice de impostura, suenan a verdad, a vida, a sentimiento del bueno, del mejor.

 

Bendito sea por siempre, Mr. Eastwood.