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Enviado por Ramón Vidal el
Imagen de la película "El mago del Kremlin"
Ramón Vidal
El mago del Kremlin

Excelente y realista lección de maquiavelismo contemporáneo

Por José Luis Vázquez

Asisto con ciertas reservas al estreno de “El mago del Kremlin”, pues había leído varios comentarios de colegas, incluso de algunos con los que suelo estar de acuerdo en un considerable porcentaje, y si no acribillarla del todo, sí que muchos eran los coincidentes en despacharla como fría o tediosa.

Ya saben, nada como poner algo a caldo, para que otros muchos digan, o digamos, que ni mucho menos estamos de acuerdo. Y a la inversa, claro, al hecho de hablar maravillas de algo, para que haya un buen número de congéneres que digan, que digamos, que no es para tanto. Supongo que es condición de la especie, o sencillamente, mera y simple discrepancia.

El caso es que ya hace tiempo que, aunque me pueda la curiosidad de leer información previa a un estreno, ello no me afecta ni me condiciona para lo que voy a ver a continuación, me siento inmune desde hace tiempo. Mi único barómetro es lo que realmente me provoca lo visto en pantalla, me da exactamente igual de que venga o no avalado. 

Comienzo esta proyección y apenas tarda en engancharme incondicionalmente. Cierto que, además, cuenta con el plus de hablar sobre el ascenso a la presidencia de Rusia y sus años de gobierno que se prolongan hasta la actualidad, de un personaje histórico que me resulta fascinante, aunque lo deteste. Y, sobre todo, del “delfín que lo consolidaría en sus siniestras y sanguinarias políticas.

Estoy hablando del tipo que inició su mandato a comienzo de este siglo – el 31 de diciembre de 1999, todo un augurio, milenario, 26 años ya de padecimiento generalizado- con un episodio en su currículum tan terrible y trágico como el del submarino Kursk. Y a partir de ahí, la nómina de horrores resulta interminable por parte de quién trata de revivir la gloria zarista de la Madre Rusia y de su otro tótem sagrado, Josef Stalin, el matarife y genocida (¿50 millones, 40, 30? qué más da, con un ser humano asesinado por decreto dictatorial ya sería suficiente), de quien recientemente ha inaugurado una estatua en el metro de Moscú.

A grosso y abreviado modo, ahí están la devastación de la localidad chechena de Grozni, una destrucción de idéntica magnitud a la de Gaza, el gaseo continuado en la guerra de Siria o seguramente el más del millón de muertos que van en la guerra de Ucrania entre invadidos y propios soldados, incluyendo claro, esas matanzas indiscriminadas, esa masacre al inicio de la invasión en Bucha, en tres de sus regiones. Por no hablar que desde 2024 ha decretado al movimiento LGTBI como terrorista y extremista. Sic. Y ya si me tengo que centrar en la oposición u oligarcas eliminados necesitaría varios folios. Uno de los últimos, su gran rival (este sí democrático), Navalny, a quien se envenenó en una cárcel de Siberia y no permitió tan siquiera a su madre que lo viera en los días siguientes (supongo que para eliminar las pruebas de su “heroica” acción). 

No quisiera tampoco obviar que su mentor con el que no llegaría a mantener una relación personal estrecha fue el último mandatario de la ¿extinta? Unión Soviética, Andropov, un tipo verdaderamente cruel y el más longevo en estar al frente del aparato represor de la KGB. Parece ser que fue, además, el verdadero cerebro de la feroz represión de la revolución húngara de 1956. Por cierto, sobre este asunto Hollywood realizaría tres años después una curiosa producción en base a una adaptación de Guy de Maupassant titulada “Rojo atardecer” con unos espléndidos Yul Brynner y Deborah Kerr, rememorando protagonismo tras el arrasador éxito que habían tenido tres años antes con el fastuoso, resplandeciente, vitalista y popularísimo musical “El rey y yo”.

Curiosa y esclarecedoramente nunca se le ha denunciado en ninguna gala de los Goya. Y jamás se ha hecho en España una manifestación expresa contra él. Ni tampoco contra los atroces clérigos del turbante que llevan aplastando a los iraníes (mujeres y gays preferentemente) durante casi 50 años. Flipante. Parece que para según quién continúa habiendo víctimas de primera y de segunda.

En fin, hago este epistolario para poner en antecedentes a quien no pudiera estar al tanto de estas aberraciones, aunque esta excelente producción francesa ya se encarga con justeza de mostrar una amplia y amenísima crónica de hechos de su mandato, a través del que fuera su Rasputín en esos años de auge y poder absoluto… que se sigue prolongando de manera todavía más atroz en este tiempo. Y hasta aquí voy a leer porque no se trata de chafarles algún detalle, pese a que los acontecimientos que se exponen seguramente no sorprendan al que haya seguido medianamente su trayectoria a través de las noticias… y posiblemente todo lo muchísimo que desconocemos. 

Salvando las distancias, y sin comparativa alguna, pero por darles alguna idea de aproximación, “El mago del Kremlin” es una especie de “El padrino” a la europea, en otro ámbito y contexto, pero al igual que en la obra maestra de Coppola, también aquí se encontrarán con una jerarquía concreta de poder, con su consiglieri y su correspondiente “omertà”.

Todo ello está primorosamente expuesto por uno de los mejores escritores -y guionistas- europeos en la actualidad, más bien del orbe terráqueo. Me refiero al francés y progresista Emmanuel Carrère, hijo de exiliada rusa y que conoce bastante bien lo llevado entre manos.

Olivier Assayas, un cineasta siempre inquieto, se pone al servicio de una ejemplarmente pulcra narración basada principalmente en el texto anteriormente mencionado, en un buen montaje y unos formidables intérpretes. Y aunque todos están magníficos, destacaré a tres. A Jude Law que sencillamente borda a Putin, no solo en expresividad corporal o propia actuación, sino físicamente, literalmente lo clava. Y trasluce perfectamente el carácter cruel, manipulador, sibilino del que vienen precedido el autarca soviet. A mí al menos consigue sobrecogerme en su contenida frialdad.

Igualmente rayan a gran altura el gran Paul Dano, el padre de Spielberg en la extraordinaria “Los Fabelman”, como el contador de los hechos, el citado Rasputín, y una bella, elegante y talentosa Alicia Vikander, la inolvidable esposa y apoyo de la “chica danesa”, el robot mujer de “Ex Machina” o la reina de la Ilustración danesa Carolina Matilde de la formidable “Un asunto real.

Merece mucho la pena, no solo por su intrínseca calidad sino porque resulta francamente divulgativa y muy bien cosida.