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Enviado por Ramón Vidal el
Imagen de la película "El jinete pálido"
Ramón Vidal
El jinete pálido

¿Llegado desde la tumba?

Por José Luis Vázquez

Un “remake” confeso y, a la vez, brillantemente encubierto del clásico inmarchitable del western “Raíces profundas”, uno de mis diez imprescindibles dentro de estos parámetros. Tal vez, a excepción curiosamente de “Infierno de cobardes” del mismo director -e intérprete- que ésta y rodada quince años antes, me refiero al grandioso Clint Eastwood, puede que sea el primer exponente del género que nos presenta a un héroe espectral, que seguramente proceda de una tumba y que justo aparece en la vida de las dos mujeres protagonistas, ante la plegaria, la invocación de la más joven de ellas, la hija, encarnada con gran soltura por Sydney Penny.

 

Varias secuencias nos revelan este carácter fantasmal del Pale Rider/Jinete Pálido del título, de ese predicador taciturno y misterioso que aparece como ángel vengador. Cómo si no explicar esos misteriosos agujeros de bala que parecen revelar a alguien que ya no es de este mundo.

 

Da verdadero gusto comprobar cómo ese magistral clasicismo con toda justicia asignado al director californiano, sobre todo a partir de tres años después de este trabajo, de su unánime y justicieramente aclamada 
“Bird” de 1988, en la que aquí me ocupa ya se encontraba latente en todo su esplendor, e incluso antes, si me apuran desde “Primavera en otoño” hasta “El aventurero de medianoche”, pasando por “Bronco Billy” y otros más. En realidad, siempre ha hecho despliegue de ello, desde su mismísimo debut en 1971 con el estupendo thriller “Escalofrío en la noche”, que ya supone toda una declaración de intenciones corroboradas en su posterior y excelsa obra. Lo que pasa es que, centrándome estrictamente en los códigos del Oeste, lo que le ha aportado es un revisionismo de lo más saludable que no reniega en ningún momento de sus cimientos.

 

A ello aquí se le aplican felizmente las imágenes de Bruce Surtees de interiores tenebrosos, entremezcladas con otras de exteriores luminosas, que confieren a la historia un tono mortuorio que le sientan inmejorablemente bien, y ello pese a acabar imponiéndose finalmente cierto registro esperanzador que contrasta con el devastador de la citada “Infierno de cobardes”.

 

A la par, muestra un considerable despliegue de violencia surgida del cruce de las influencias del cine esteticista de Sergio Leone y del seco y expeditivo del grandísimo, inmenso Don Siegel, sus dos auténticos mecenas tras las cámaras, especialmente el segundo.

 

Además, la mitificación da paso aquí a una reflexión épica, tal y como manifestara en todo su esplendor en esa otra obra maestra laureada con causa titulada “Sin perdón”. Y es que ante su mero enunciado y referencia no creo que haga falta decir mucho más.

 

Provoca sensaciones, sentimientos hondos, intensos, emocionantes. Es un peliculón como la copa de un pino y para los devotos del Oeste como el que esto les escribe, ya ni les cuento… ni hace falta que a estas alturas continúe insistiendo más.