Deslumbrante Jennifer Lopez, buen drama musical
Por José Luis Vázquez
De nuevo tengo que reivindicar, esta vez algo más moderadamente, otro de esos estrenos devorados por las fauces de mis colegas, pero que en mi caso constituyen caramelitos crujientes. Y, una vez más, doy mi palabra de honor de caballerete norteño de que no lo hago por llevar la contraria porque sí, sino por propia convicción. Ya sé que esto lo he dicho en otras varias ocasiones, pero nunca está de más volver a dejarlo claro. Dos de los más flagrantemente cuestionados en lo que llevamos de 2026 han sido “Cumbres borrascosas” y “Michael”, ambos, queda reafirmado tras haberlas visto por segunda vez, estupendos. Este no llega a dicha altura, pero ni mucho menos desmerece.
Permítanme que con esta reseña apele a mi faceta o condición principalmente divulgadora informándoles sobre todo de la génesis de esta producción y de algunos sus más relevantes hacedores.
En un principio (1976), en su origen, el drama carcelario “El beso de la mujer araña” fue novela… y exitosa, del argentino Manuel Puig, editada en España por Seix Barral. Al poco tiempo, 1982, se adaptó a nuestra escena como tal drama, sin música todavía, escrito por el propio Puig e interpretado por Pepe Martín y Juan Diego con dirección de José Luis García Sánchez. Inmediatamente, en 1985, se tradujo en notabilísimo, internacional e igualmente exitoso celuloide con la firma de Héctor Babenco, obteniendo 4 nominaciones al Oscar y proporcionándole uno a su protagonista, William Hurt (dándole réplica un inspirado Raul Julia). A no mucho tardar se acabaría convirtiendo en molona comedia musical en Broadway. De nuevo sería adaptada a la escena por estos andurriales en 2022, siendo en esta ocasión el recientemente desaparecido Eusebio Poncela e Igor Yebra quienes se situaron al frente del elenco.
Ahora, finalmente se ha convertido en opulenta producción musical para la gran pantalla, no ya con tanto tirón taquillero como antaño, pero sí volviendo a mostrar unos más que aceptables niveles de calidad y de prestigio dado quienes se han encargado de su edificación.
En lo que respecta a su director, el estadounidense (neoyorquino para más señas) Bill Condon, he de manifestar que en general me gusta bastante la mayor parte de su ya respetable filmografía y le agradezco su eclecticismo y sus irreprochables acabados técnicos y narrativos. Destaco especialmente sus verdaderamente maravillosas “Dioses y monstruos”, “Mr. Holmes”, “El quinto poder”, “Dreamgirls”, “La gran mentira” o la tratante en el padre de la revolución sexual y su célebre informe, “Kinsey”, aparte de ser guionista de las verdaderamente rutilantes y estupendas “El gran showman” y “Chicago” (por una obvia cuestión de espacio no me detendré en comentarlas, pero ahí quedan las recomendaciones por si alguna se les hubiera escapado… o todas).
Prosigo destacando el trabajo de sus dos intérpretes principales, el siempre fiable (he vuelto a revisar hace poco esa obra maestra del western que es “Open Range” y ratificarlo con él todavía muy jovencito) Diego Luna y el para mí desconocido (aunque ya asomaba, no pasaba inadvertido en “Exceso de equipaje”) y espléndido Tonatiuh Elizarraraz, el preso homosexual que se evade y evade a su vez a su compañero de celda (Luna), un preso político, recreando fascinantes historias de inequívoco sabor hollywoodiense.
Y es a través de las mismas con las que cobra protagonismo el tercer vértice interpretativo del triángulo, una refulgente, esplendorosa Jennifer Lopez (1,64, a punto de cumplir los 57, también neoyorquina), mujer y actriz por las que siento una debilidad sin paliativos. Habiendo otros aspectos positivos, su aparición constituye de lo mejorcito de la función.
La considero una bellísima mujer y una excelente actriz, como se puede comprobar a lo largo de toda su carrera, pero especialmente en “Estafadoras de Wall Street” (es una ex empleada de un club de striptease) y la maravillosa “Shall We Dance” (el nombre de la canción de ese inolvidable baile entre Deborah Kerr y Yul Brynner en la deliciosa “El rey y yo”) o, si se prefiere en su castellanizado título español, “¿Bailamos?”. Ésta, una joya que suelo revisar a menudo y que me provoca toneladas de felicidad. Esos planos suyos que denomino melancólicos mirando a través del ventanal de una academia de baile o ese “Moon River Cha Cha” (tal vez tema cinematográfico favorito de siempre) resultan una verdadera gozada. Qué guapísima sale “adiestrando” en el baile de salón al mismísimo Richard Gere. Y qué bien está vestida de manera clásica (me suele gustar más su indumentaria en pantalla que en sus actuaciones musicales).
Pero incluso en comedias ligeras y aparentemente tontorronas como “Planes de boda”, “Cásate conmigo” o “Sucedió en Manhattan” está francamente bien, de lo más desenvuelta. Y de lo más aguerrida tanto en el eficiente thriller de vengadora justiciera “Nunca más” o en la monstruosa “Anaconda”. O como esa revolucionaria psicoterapeuta de la singular “La celda”. En fin, dicho queda y con absoluto convencimiento de lo manifestado. Y sepan que tampoco esto lo hago por epatar porque ya soy muy mayor y porque si hay algo con lo que jamás me he engañado es con las películas que me gustan o amo y con mis apreciaciones positivas (también negativas, pero en esto no quiero perder un tiempo que ya saben que es fugaz como un suspiro) de quienes la hacen.
Y como con todo esto que tenía muchas ganas de contarles o manifestar ya me ha consumido una buena parte del espacio que tengo destinado, iré ahora a toda prisa. Es cierto que este “remake” no está conseguido del todo, pero tiene una serie de puntos, aparte de los mencionados, que a mí me lo convierten en francamente agradable. Intérpretes (no había precisado que Lopez se luce en un doble papel) y eficaz dirección a la hora de narrar esa relación en la celda aparte, su vestuario -salta a la vista- resplandece, los bailes están maravillosamente coreografiados, recurriendo constantemente a unos planos generales que la engrandecen y evocan a un Hollywood clásico fastuoso, de cuando el technicolor se encontraba en todo su apogeo.
Es posible que a las canciones les falte verdadero tirón, que no haya ninguna que sea verdaderamente pegadiza. Y es posible igualmente que el drama pueda resultar algo atosigante en algún instante. O que no llegue a alcanzar las cimas de elogiosa intensidad dramática de su antecesora. Incluso cabría achacarle cierta imprecisión tonal.
Y de acuerdo en que pueda admitir que no acabe de despegar del todo (me pasó algo parecido con “Cats”, que en absoluto desdeño pese a su descomunal fracaso en todos los frentes), incluso entienda que resulte pesada para muchos, pero yo la defiendo, aunque sin tanto ardor guerrero como lo he hecho en otras ocasiones.
Tal vez su mayor inconveniente resulte el haber sido hecha a destiempo, es posible que este no fuera su momento para ver la luz en pantalla, pero insisto, esto se puede acabar invirtiendo precisamente dado ese mismo paso del tiempo. Es muy probable que el paso a plataforma la ponga en el buen lugar que se merece.
En cualquier caso, a mí me gusta, pero me temo que sean muy poquitos los que me secunden en dicha apreciación.