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Enviado por Ramón Vidal el
Imagen de la película "Amarga navidad"
Ramón Vidal
Amarga Navidad

Solo me interesan Bárbara Lennie y las canciones

Por José Luis Vázquez

Hace tiempo que el cine de Pedro Almodóvar me huele a mera apariencia, lo cual no quiere decir que no disfrutara con “Dolor y gloria”, en la que parece ser se “abrió en canal” y, a mí al menos, supo transmitirlo. Otros varios trabajos suyos me han gustado mucho en el pasado, desde el neorrealismo cañí “¿Qué he hecho yo para merecer esto?” hasta “Volver”, pasando por “¡Átame!”, “Mujeres al borde de un ataque de nervios”, la reivindicable y muy manchega -aunque la palma se la lleve “Volver”- “La flor de mi secreto”, “Carne trémula”, “Todo sobre mi madre”, “Hable con ella” y puede que alguna otra que me dejo ahora mismo en el tintero mental. 

Otros los considero simplemente infumables, como “Kika”, “Matador”, “Los amantes pasajeros” o incluso buena parte de “La mala educación” (y los dos primeros que le otorgaran atención y popularidad tampoco me interesan). Y los dos últimos anteriores a este, “Madres paralelas” y “La habitación de al lado”, me resultan discursivos y panfletarios. Lo último lo daría por bien empleado, a él y a quien sea, si a cambio me hubieran removido, conmovido o sencillamente entretenido, pues éste es el máximo valor que siempre otorgo a cualquier manifestación artística. Lamentablemente no fue el caso en ese par de ocasiones. Pero ambos también son reveladores de la nueva etapa en la que está imbuido, apariencia y diseño por doquier, sin hondura, sin verdadera carnaza, algo que no se le ha podido achacar en tantas ocasiones. En este tramo ha perdido no solo “alegría de vivir”, sino frescura. Y se ha amanerado artísticamente. Ello no le resta mérito alguno a la importancia que ha tenido en el cine español e internacional de las cinco últimas décadas.

Y les aseguro, empeño mi palabra en ello, que asistí, como siempre lo hago, con él o con quien fuere, sin prejuicio alguno a ver “Amarga Navidad”, con ganas de que me gustara, con la misma entusiasta disposición que me mueve cada vez que cruzo el dintel de una sala.

Al poco rato de su contemplación comienzo a intuir que va a continuar la estela de sus anteriores trabajos, es decir, inútilmente intensita, plúmbea, agotadoramente trascendente (nada que ver con Ingmar Bergman), solemne, de un vacuo misticismo laico.

Me doy de bruces con una metaficción, auto ficción, o cómo diantres se denomine esta aturullada, embarullada, confusa, pedestre historia sobre un director en crisis y “vampirizador” de los sentimientos y experiencias ajenas. Si hasta en la propia película el personaje de Aitana Sánchez Gijón le espeta a su ¿alter ego? creativo que hace tiempo que “ya no haces gracia”. Y así es, pues esta es otra de las cualidades que se han ido disipando en su obra. Tan solo se produce algún apagado y frustrado amago, como ese chorra de la cocaína en el DNI o las breves apariciones de Carmen Machi (a propósito del cine de culto, ¿supone una auto justificación?) y Rossy de Palma. Desde luego es una comicidad congelada. De todas formas, si esa frase de Aitana respondiera a una auto crítica por su parte, le concedería su mérito, pero no creo que ello sea así.

Tal como viene siendo también norma últimamente, me aburre, me aburre mucho, casi tan hondamente como la supuesta profundidad de la historia. Su guion me resulta de lo más cansino y pretencioso.

Y sí, claro, siempre le he alabado desde casi siempre cierto buen gusto estético, a veces estéril… los colores, la fotografía, algunos actores, aunque esta vez tan solo me interesa la siempre magnética presencia de una Bárbara Lennie que ni mucho menos ofrece el mejor papel de su carrera, pero siempre me resulta un placer disfrutar de su arte y presencia (el otro único aspecto que me importa son las canciones que inserta, en esto siempre acierta, con Chavela de nuevo a escena con la ineludible “Llorona” o con ese bolero que otorga título y una preciosa y dulce canción de Amaia titulada “Las simples cosas”) o el diseño general, pues su obra se ha acabado convirtiendo en puro diseño de sí mismo, un artificio acuciante que no me acaba conduciendo a ningún sentimiento arrebatador, pues todo ello se acaba quedando en la teoría y no en la práctica.

En el guion apenas me detengo porque aparte de petulante (esa trascendencia del creador me agota) me resulta innecesariamente alargado en abundantes tramos, como ese comienzo estéril e inocuamente alargado a propósito de un ataque de ansiedad, claro ejemplo de la absoluta futilidad de esta propuesta.

Y es feo comparar, lo sé, pues además sus universos son casi antagónicos, pero no lo puedo evitar. Prácticamente con la misma edad -76 años- con la que ha rodado esto, Clint Eastwood firmaba obras maestras del calibre de “Mystic River”, “Million Dollar Baby”, “Cartas desde Iwo Jima” o “Gran Torino”.

Eso sí, reconozco que tanto él como Santiago Segura son los más grandes maestros autóctonos en lo que al marketing de sus obras se refiere. Y reconozco que, aunque “Torrente presidente” tampoco se haya ganado mi corazoncito o mis carcajadas (su mejor película como director, sin por ello suponer nada del otro mundo, continúa siendo para mí “Sin rodeos” con Maribel Verdú, paradójicamente la menos comercial con creces), la prefiero con creces a esta soporífera e insufrible “Amarga Navidad”, y conste en acta que no dejo de alegrarme a título personal por el exitazo de Santiago Segura y por lo que ello conlleva para la salud económica del cine patrio.