Cuando acecha la guillotina
Por José Luis Vázquez
Veo “Los últimos días de María Antonieta” entre la espantosa “Scary Movie”, la incomprensible Backrooms”, la fallida “Supergirl” y la mortecina “La muerte de Robin Hood”, de ahí que me parezca más de lo que es, con estar bien y siendo respetable, atractivo e interesante lo que veo y escucho.
Aludiendo a su título original, “The Déluge”, o sea “El diluvio”, es como entiendo todavía mejor su alusión a ese término que implica lluvias torrenciales o inundaciones, pues son las que les sobrevienen metafórica y trágicamente al final de sus vidas (conviene aclarar que todo ello expuesto pausadamente) a la regia pareja protagonista, la más famosa de la historia del país vecino, la susodicha María Antonieta y su esposo el rey Luis XVI.
Aunque dado su desenlace, ese encuentro postrero con Madame Guillotina, que en estricta puridad son más bien los últimos días del segundo más que de la primera, aunque ésta apenas tardaría ocho meses en acompañarle de idéntica manera en ese incierto viaje final hacia la nada o vayan ustedes a saber si hacia algún otro sitio trascendental. Fue algo que tuvo lugar la mañana del 21 de enero de 1793, provocando ello uno de sus dos o tres mejores momentos, en este caso a propósito del encuentro con el verdugo.
Pero esta propuesta no se anda miramientos místicos y resulta de lo más terrenal y realista. Y precisamente en mostrarnos esa particular relación del matrimonio, más propia del vulgo que de la realeza, y una escena muy concreta -mi favorita de todas- de reconocimiento ya baldío de sus sentimientos, estriba una de las cualidades más notorias (otra sería la de humanizar a sus protagonistas definitivamente caídos en desgracia) del segundo trabajo como director del napolitano Gianluca Jodice, pues nos encontramos ante una de esas coproducciones franco-italiana que han alimentado el prestigio en común de ambas cinematografías.
Eso sí, el reparto procede eminentemente galo, con un irreconocible Guillaume Canet en la piel y el deteriorado maquillaje del monarca, y una excelente y algo más identificable Mélanie Laurent como la “reina altiva”, bastante menos en ese instante vital de su existencia.
Jodice pone su cámara al servicio de ellos y de una puesta en escena deslumbrantemente austera, intimista, pictórica, de imágenes brillantemente estáticas, como surgidas de lienzos y de una pulcritud casi exhaustiva al mostrar su reclusión tras el triunfo de la Revolución en la Torre del Templo, fortaleza ubicada en pleno centro de París.
Cierto que, al optar por esta forma de narrar las cosas tan meticulosa y sosegada, bien pudiera provocar tedio entre bastantes espectadores o cierta cansina languidez, pero también no es menos cierto que supone una apuesta -relativamente- diferente hecha con buen gusto y esmero. Además, ya saben, aunque les insinúe tal posibilidad pensando en quienes pasan por taquilla, yo solo hablo en mi propio nombre, y a mí, desde luego, he de certificar que no me invadió el aburrimiento, aunque tampoco me acabara de inflamar en instante alguno.
Y, por supuesto, no voy a entrar en disquisiciones historicistas, por propio desconocimiento y porque siempre me provocan pereza estas cuestiones, pero sí les informo que para la elaboración de su guion se tuvieron en cuentas lo diarios del valet, del ayuda de cámara personal, el único al que se consentiría estar con la familia real en esos terribles momentos de agónica espera (precisamente esa espera bien podría ser otro de sus principales leiv motiv argumentales), Jean-Baptiste Cléry. Lo remarco por aquello de los listillos/as que siempre saben más que nadie, incluso más que los que fueron testigos de los hechos, de los cuáles tanto si solo ha sido uno o varios en liza, por supuesto que da lugar a diversas versiones, aunque siempre hay aspectos puntuales que no tienen vuelta de hoja.
Como será la cosa que mi versión favorita en celuloide, una obra maestra en toda regla, sobre tan célebres soberanos es la titulada a secas “María Antonieta” que data de hace casi noventa años (1938), y que supone una aproximación completamente desvirtuada (ya saben, si la leyenda me parece mejor, opto por ésta), glamurosa y disparatada si quieren del personaje y su esposo. Una producción del Hollywood más fastuoso y fascinante protagonizada por unos impagables Norma Shearer y un orondo Charles Laughton. Y no está mal la más reciente aproximación de Sofia Coppola (la banda sonora, en cambio, me chirría), pero esa ya es otra cosa.
Como colofón, acudan raudos si todavía no lo han hecho a solazarse con la biografía literaria que firmara en 1932 el grandísimo Stefan Zweig.