La película perfecta… o una de ellas (En su 80 aniversario)
Por José Luis Vázquez
“La película mejor dirigida de la historia del cine”, eso llegó a afirmar rotundo Billy Wilder en varias ocasiones a propósito de “Los mejores años de nuestra vida”. Lo cual es decir palabra de dios del celuloide.
Acudiendo a la génesis de este ambicioso proyecto, parece mentira que ese grandísimo productor que fue Samuel Goldwyn se atreviera a batallar siete meses después de finalizada la Segunda Guerra Mundial con una historia de veteranos estadounidenses que regresan del frente tan amarga y desesperanzadora, mucho más que lo que su abierto final pudiera dar a entender, pues se consideró acertadamente que no era necesario dar la puntilla dado que lo ya narrado hasta su desenlace resultaba lo suficientemente esclarecedor y demoledor. Desde luego demostró un valor, olfato comercial, inquietud, honestidad y conocimiento que le acompañarían siempre, en mayor o menor medida, a lo largo de su brillantísima trayectoria.
Y subrayo especialmente lo de esclarecedor dada la situación que atravesaba el país, la difícil adaptación a la vida civil de tantos millones de soldados que se veían ajenos y extraños a la sociedad que habían dejado atrás para combatir en primera línea. Ninguneados o desconsiderados en tantos casos, o simplemente expuestos a incomprensibles presiones sociales de diverso tipo.
Sin duda supuso y continúa suponiendo todo “un aldabonazo en la conciencia de una sociedad” como atinadamente ha definido Teo Calderón. Trasciende cualquier límite o etiquetaje desde la sencillez más conmovedora y la cotidianidad más veraz.
En palabras del propio Goldwyn, y esto viniendo de quien venía constituye en sí mismo una declaración de intenciones y principios, “no me importa que la película no gane un centavo, solo quiero que los hombres, mujeres y niños de Estados Unidos la vean”. Tuvo mucho mérito que cuando lo conveniente y lo que de hecho se hacía masivamente era buscar evasión a toda costa, se apostara por una historia con problemas tan lacerantes, tan dolorosos y nada precisamente festivos como los aquí expuestos, aunque el humor aflore de vez en cuando, sobre todo en escenas domésticas entre el matrimonio formado por Loy y March o el plano del espejo de este último.
El sensacional director William Wyler cogió esta historia escrita primorosamente por Robert E. Sherwood, coguionista de “Rebeca” junto a Joan Harrison (la cual llegaría a escribir los discursos del mismísimo presidente Roosevelt, Franklin Delano de nombre) basada en la novela “Glory for Me” del corresponsal de guerra Mackinlay Kantor y logró un drama antibelicista de una profundidad, calado y emoción como pocas veces se ha alcanzado en una pantalla. Utilizando para ello un juego de miradas primoroso.
Este director cuyo estilo era precisamente no tenerlo en palabras del crítico André Bazin (son los que más me suelen gustar, ahí están Ford, Curtiz, Spielberg o Eastwood, por poner algunos ejemplillos), volvería a llevar a cabo otro de sus portentosos trabajos trufado de un intimismo que no le era en absoluto ajeno, más bien todo lo contrario, y de un realismo inusual para el Hollywood de la época, que casi lo emparentaba con el mismísimo neorrealismo italiano. Aquí no hay propaganda, todo es dolorosamente muy cercano y reconocible.
Fue capaz, además, de arrancar unas interpretaciones impresionantes -otra de sus especialidades- de un elenco de lujo, desde una Myrna Loy exquisita como esa “mujer refugio” en definición de Juan Cobo, hasta unas adorables Teresa Wright o Cathy O´Donelll (posteriormente Tirzah, hermana de Judá Ben-Hur en otro título de oro del cineasta) o una descocada Virginia Mayo, hasta llegar a esos tres protagonistas masculinos, Fredric March, Dana Andrews y Harold Russell, tipos corrientes y nada extraordinarios, lo extraordinario viene dado por su supervivencia, que nos son presentados en un gran inicio en una cabina de avión.
Curiosamente acaban representando las tres ramas del ejército –Infantería, Marina y Fuerzas Aéreas- y respondiendo a situaciones o estatus sociales diversos –un discapacitado, un banquero y un tipo de extracción humilde-, lo cual le otorga un simbolismo de lo más enriquecedor al relato.
Wyler también había regresado de la Segunda Guerra Mundial, como teniente coronel, igualmente un tanto descolocado y con una considerable sordera. Y tras haber realizado un par de documentales soberbios a pie de campo (uno de ellos, “Memphis Belle”, el célebre bombardero sobre el que décadas después, en 1990, hizo una notabilísima película de ficción Michael Caton-Jones) consiguió poner el nudo en la garganta de una manera contenidamente sobria y emotiva, sin necesidad de tirar de grandilocuencias de ningún tipo, apelando a la sinceridad y autenticidad más hondas, aspectos que impregnan y se respiran sin desfallecimiento alguno a lo largo de su extenso y, a la vez, ligerísimo metraje.
Podría citar un buen puñado de esos instantes célebres, pero por ceñirme a los que tal vez resulten los más populares o los que más se han quedado en el imaginario popular y en el mío propio, resulta obligado que traiga a colación esa imborrable entrada del ex sargento en su casa, con ese hijo y esa hija a los que tapa la boca para sorprender a la madre y esposa que está fregando platos en la cocina (Garci ha llegado a describir esta secuencia de manera ejemplar). O el reencuentro en el bar, algo premonitorio en la vida real del personaje discapacitado, pues no volvería a participar en ningún proyecto hasta veinticinco años después en la notabilísima “Max´s Bar” de Richard Donner.
También merece figurar en este obligado recordatorio ese otro pasaje de Dana Andrews caminando por una interminable hilera de aviones desguazados (en lo que constituye una poderosísima metáfora visual) y todo el memorable de la boda, cuya concepción, encuadres, resolución resultan ejemplares. Y es que no solo fue una de los mejores trabajos de alguien tan fuera de serie como Wyler (el segundo en obtener más Oscar tras John Ford, en concreto tres –por la aquí comentada, “La señora Miniver” y “Ben-Hur”-, cuatro si contamos el honorífico Irvin Thalberg, y el que continúa ostentando a fecha de hoy el récord de nominaciones… 12), sino del fotógrafo Gregg Toland y esas profundidades de campo marca de la casa (reparen en la escena del piano y la cabina), del montador Daniel Mandell o del compositor Hugo Friedhofer. Todo un ejemplo de profesionales formidables en plena comunión y orquestación inmejorable.
No puedo tampoco dejarme en el tintero escenas como la del amputado Russell sacando un cigarrillo con sus manos ante la disimulada mirada de sus dos colegas o poniéndole el anillo a su novia. Son fogonazos que se quedan definitivamente alojados en mis retinas de por vida.
Todo ello se vio recompensando por 8 estatuillas doradas –lo que supuso que en ese momento se erigiera en la segunda producción más laureada tras “Lo que el viento se llevó”-, aunque uno de ellos fue honorario al intérprete de los garfios verdaderos Harold Russell, duplicando por tanto premio, pues se le concedió igualmente el de actor de reparto, único en los anales en conseguirlo doblemente por un mismo personaje. A propósito de ese galardón especial, la razón esgrimida por la Academia hollywoodiense fue “por traer esperanza y coraje a sus compañeros veteranos a través de su apariencia”. Inapelable
Las otras fueron a parar a mejor película, director, guion, montaje, música y actor principal a Fredric March, en el que supondría el segundo de su carrera tras el conseguido catorce años antes, en 1932, por su Dr. Jekyll/Mr. Hyde para “El hombre y el monstruo” de Rouben Mamoulian. Total nada.
Perdurable por los siglos de los siglos, imprescindible en su retrato de una época convulsa, de determinadas y desgarradoras situaciones y de la propia condición humana. Una de las mejores películas de mi vida, de la de unos cuantos según me consta, cuyo poder emocional no ha perdido vigencia alguna a ochenta años vista de su salida a la luz de los proyectores.