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Enviado por Ramón Vidal el
Imagen de la película “La luz”
Ramón Vidal
La luz

Infiernos terrenales

 

Por José Luis Vázquez

 

A lo largo de mi ya extensa y fecunda trayectoria como programador ypresentador de películas, de vez en cuando, entre otros muchos, aflora algún que otro reproche acerca de mí supuesto anticlericalismo. Aprovecho la ocasión del estreno de “La luz”, algo que me viene de lo más pintado, para aclarar algo sobre ello.

 

Pues bien, debo comenzar señalando que procedo de una familia católica con algunos miembros por parte paterna -tío canónigo, tía monja- pertenecientes al clero. Cierto que ello por sí mismo no quiere decir nada, hasta el punto de admitir que soy el único agnóstico del grupo. No menos cierto es que, paradójicamente, los dos únicos líderes mundiales que respeto actualmente, matizando también que no soy monárquico, paradojas o contradicciones de la vida, son el actual papa León XIV (Robert Francis Prevost) y Felipe VI. Por una sencilla razón, y siempre con el matiz oportuno de poder ser dada la vuelta. Y es la de que me transmiten buen rollo, bondad, esa bondad típicamente machadiana. Pero conste que la mano en el fuego en estos tiempos de sobresaltos continuos, ni por mí mismo.

 

Dicho lo cual, no es cierto que sea anticlerical, ni mucho menos (es más, a veces salgo en su defensa cuando aprecio ataques desproporcionados, desaforados e injustos, no precisamente los que expresa esta película), salvo que cualquier religión tratara de coartarme la libertad o imponerme sus dogmas, aunque para tales si me apuran no superan los políticos que estamos padeciendo actualmente.

 

Pero si tuviera que poner en una balanza todas las producciones de carácter eclesiástico que he divulgado, la balanza se inclinaría, serían aplastantemente muchas más las laudatorias o “hagiográficas” que las críticas. Cierto también han sido bastantes las que he elegido denunciadoras de los excesos de la Iglesia (por cierto, en este país que cobardicas son los pancarteros ideológicos y sectarios a la hora de denunciar las salvajadas del integrismo islámico), principalmente las alusivas a la pederastia. Ahí están las excelentes “Spotlight”, “El club” o “Gracias a Dios”. Y otras que he hubiera gustado programar y que finalmente no pudo ser -por incompatibilidad de fechas- como la magnífica y a reivindicar producción polaca “Corpus Christi”. A cambio, he seleccionado maravillas -la iconografía religiosa, especialmente la católica, da un magnífico juego en la gran pantalla- como “Historia de una monja”, “El cardenal”, “Las campanas de Santa María”, “Hablan las campanas”, “La canción de Bernadette”, “Tempestad en la cumbre”, “La pasión de Cristo”, “Silencio”,“Las sandalias del pescador”, “Un hombre para la eternidad”, “Ben-Hur”, “Yo confieso”, “Monsieur Vincent”, “Diálogo de carmelitas”, “¡Qué bello es vivir!”, “Narciso negro”, “La historia de Marie Heurtin” e incluso si  me apuran incluirían en este posicionamiento pro a las espléndidas “Calvary” y“Los domingos” siempre con matices, pues lo que hace este excelente trabajo de Alauda Ruiz Azúa es tratar con respeto, a veces desde una desapacible sutileza, cualquier opción.

 

Quiero decir con esto que cuando valoro obras artísticas, sean cinematográficas, literarias o del signo que fueren, el primer mandamiento que tengo en cuenta es que me lleguen, convenzan, atraigan o que me parezcan irresistibles. En esto soy “mercenario” y entiéndase el conceptocomo tal. Antepongo la -siempre subjetiva- calidad, o lo que entiendo como tal, por encima de cualquier otra consideración, como la de sus contenidos o intencionalidades. Esta actitud me ha resultado siempre muy liberadora y amplia de miras para así poder valorar al artista o al narrador, por encima de prejuicios o de otras cuestiones baladíes.

 

Y tras otro de esos preámbulos aclaratorios o situacionales que ya van siendo marca de la casa, voy a lo mollar, a lo que aquí me trae, a comentar una película tan audaz como valiosa y sumamente apreciable, notabilísima.

 

“La luz” sigue los pasos o, mejor dicho, dados los espacios transitados, el calvario de Manuel, un sacerdote que, a punto de colgar los hábitos, aparece su pasado en todo su horror (aclaro que no hago ningún spoiler), esto es, el abuso de tres chavales en un pasado relativamente lejano.

 

Pero hay algo especial que distingue este nuevo episodio sobre los horrendos, repugnantes desmanes de depredadores sexuales, especialmente cuando se cometen contra desvalidos críos. De los que por supuesto, a la hora de la verdad da lo mismo que quienes los perpetran lleven clériman o mono de faena, aunque los primeros se encuentran imbuidos de una “auctoritas” moral que es inevitable que repelan más, si ello todavía fuera posible. Aunque realmente, y esta película lo vuelve a poner en solfa con acierto, a veces tan terrible como esos abominables actos de los individuos es el silencio cómplice y despreciable de quienes lo conocen y han tapado.

 

Me refiero al hecho de que esté contemplada desde el punto de vista del abusador en vez del de la(s) víctima(s), de que parcialmente lo “humanice”,la convierte en todavía más sombría de lo que ya es de por sí. Ello le confiere una dimensión singular. Siempre recordando que esto es cine y que probablemente no resulte tan habitual que en la vida real se produzca un caso y actitud como la llevada a cabo por el protagonista. Protagonista sobre el que sobrevuela en todo momento la duda de un sincero arrepentimiento o la de lavar su imagen en aras de aquellos que le protegieron. Supone esta otra de sus cualidades, así como la de plantear complejas preguntas o reflexiones sobre la culpa, el arrepentimiento, la fe o el perdón. Agradezco que no sea explícita, que no me dé la chapa moralista y tire de subrayados innecesarios, que no hacen ninguna falta visto lo expuesto.

 

Como agradezco igualmente que no muestre o se recree en aspectos específica e innecesariamente “exhibicionistas” o morbosos (siendo legítimo en ocasiones el hacerlo), pues el efecto resulta así más contundente. ¿Recuerdan el final de la excelente “Seven”? El poder de lo sugerido resulta en tantas ocasiones mucho más demoledor.

 

Todas estas virtudes gracias en su mayor parte a la austera, inteligente y eficaz dirección de un cineasta tan destacable como Fernando Franco, felizmente alejado de la extenuante planificación dorsal de “La herida”(con una suprema Marian Álvarez, lo mejor de la función). Y, sobre todo, a una medida y sobrecogedora en su ascetismo interpretación de un actor ya consolidado como de los más grandes existentes en España y en general, Alberto San Juan. Ahí está su reciente recital esta vez en un registro tragicómico para “La cena”.

 

Sin duda genera una incomodidad, un malestar manifiesto en todomomento. Es lo mínimo exigido que podría percibirse a una atroz historia que se funde en la de las cuatrocientas mil víctimas de abusos sexuales que se tienen lugar anualmente en España.

 

Finalizada su proyección y aunque sería perfectamente entendible el aplauso por el buen hacer profesional, la devastación y el malestar es tal que se impone un silencio prolongado y no tengo claro que si reparador respecto a lo contemplado. Desde luego, da para amplio debate posterior.

 

Otro plausible logro de nuestra industria que contribuye a enriquecer más la diversidad de ésta tanto en contenidos como en expresión visual.