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Enviado por Ramón Vidal el
Imagen de la película "El diablo viste de Prada 2"
Ramón Vidal
El diablo viste de Prada 2

Vistosa, sagaz e inocua secuela

Por José Luis Vázquez

Volví a ver hace unos días la iniciática “El diablo viste de Prada” principalmente para refrescar recuerdos con vistas a esta secuela ni mucho menos innecesaria y que bien puede suponer un revelador “memorándum” dentro de los mundillos que transita sobre el veloz paso del tiempo transcurrido en estas dos últimas décadas. .Y que no está centrada solamente o pone exclusivamente el foco en el negocio de las prendas de vestir y sus entornos.

Debo admitir que aquella salida a escena me resultó agradable debido a una dirección fluida de David Frankel, que vuelve a repetir cometido y del que considero su trabajo más logrado hasta la fecha la comedia romántica animalista “Una pareja de tres”, y las gratificantes interpretaciones de unas magníficas actrices… y de Stanley Tucci, uno de los más grandes actuando desde la segunda unidad. Aquella primera entrega me resultó, y me sigue resultando, atractiva por los motivos señalados y por algunos otros más con los que ahora no es cuestión extenderme.

Esta prolongación en el tiempo no me resulta tan caprichosa como a priori podría haber parecido. Lo cual vuelve a incidir en que siempre hay que esperar a juzgar por lo visto y no por lo que se pueda presuponer. 

El caso es que obvias intencionalidades comerciales aparte, advierto suficiente interés al menos en lo que a su astuto y perspicaz -no es perezoso, vaya- guion de Aline Brosh McKenna se refiere, en el que bajo sus ornamentales pliegues se hace eco con habilidad y sin concederse demasiada importancia artística de los considerables cambios experimentados en estos últimos veinte años, prácticamente todo el revolucionario -¿qué centuria acaso no lo ha sido?, aunque cada vez todo es mucho más vertiginoso- siglo XXI, en el mundo en general y en tantísimas cuestiones en particular. 

A las transformaciones existentes en la moda, en el periodismo (el ocaso del papel y la progresiva pérdida de un prestigio aquí reivindicado), en lo inmobiliario, en las fusiones empresariales, en las concentraciones de poder, en lo referido al arrasador auge de las redes sociales o digitales (véase lo relativo al “clickbait”, o sea, el cebo o carnada de clics), en la propia sociedad o en la evolución personal de cada cual (la de los personajes de ficción y las de cada espectador). Todo ha ido y va demasiado deprisa y ahora que ha irrumpido avasalladoramente la Inteligencia Artificial ya ni cuento.

“El diablo viste de Prada” se hace eco de ello, en ocasiones un tanto aceleradamente y no con toda la profundidad debida, pero lo hace, lo cual entiendo que no pasa desapercibido pese a su envoltura formal de distraído celofán. No hace falta ser un lince intelectual para advertirlo, y la película tampoco se escuda en postulados complejos o “gafapasteros” para así exponerlo. Salta a la vista y resulta asequible, incluso para los que nos podamos considerar completamente legos en la materia. 

Lo que sí es posible es que el tono empleado peque de liviandad o trivialidad lo que puede que tal vez apacigüe o atenúe su calado, pero no por ello le quita cierto mérito.

Ni mucho menos me parece desdeñable, pero también he de admitir que no acaba por arrebatarme. La veo, la olvido, tengo en cuenta algunos de sus virtudes, pero definitivamente no me deja especial huella una vez abandonada la sala. 

Eso sí, vuelvo a disfrutar y solo por ello merecería la pena, de su espléndido trío de intérpretes femeninas al frente del reparto (y reitero, Stanley Tucci, siempre primoroso, se salía en “¿Bailamos?”, peluquín incluido), la perennemente inmensa Meryl Streep, la talentosa (inolvidable su oscarizado soliloquio en la extraordinaria “Los miserables” versión de Tom Hooper), preciosa y estilizada Anne Hathaway y una seductora Emily Blunt. Prolongan personajes estereotipados con sustancia, a los que se les aporta algunas pizcas de humanidad, sin descuidar cierto sentido del humor. 

Ellas, él… y añádanse también en cortas apariciones a Lady Gaga, que siempre ha demostrado ser una buena actriz, o a la “tarantiniana” Lucy Liu); su -no podía defraudar en esto una historia que aborda la apariencia- reluciente dirección artística y sus generosas panorámicas urbanas contribuyen a un acabado formal de lo más respetable. 

Probablemente los fans de su antecesora no se sientan decepcionados y un buen puñado de espectadores no tan incondicionales o afectos puedan mostrarse inanes, pero, no engaña ni resulta del todo mercantilista. Un buen ejemplo de cine manufacturado industrialmente dentro de una cadena de montaje bien engrasada.