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Enviado por Ramón Vidal el
Imagen de la película "El cardenal"
Ramón Vidal
El cardenal

Majestuosa, emotiva vida religiosa

Por José Luis Vázquez

Mi agnosticismo, ni radical ni excesivo, tal vez por ello me posicione en el mismo (de hecho, tampoco he renegado jamás de mis orígenes, ni mucho menos), nunca, o al menos desde que lo llevo ejerciendo, me ha impedido disfrutar de las grandes superproducciones estadounidenses en torno a los ceremoniales, fastos, rituales y tradiciones de la liturgia católica, algo que siempre ha dado un magnífico juego y me ha parecido de lo más cinematográfico. Puedo citar unos cuantos jugosos ejemplos, desde “Historia de una monja” a “Las sandalias del pescador”, pero en esta ocasión me toca hablar de uno de sus ejemplos más ilustres, sino el que más junto a “Las campanas de Santa María”. Me refiero a “El cardenal”. Podría también incluir determinadas secuencias de innumerables títulos que van desde “Jennie” hasta “Sonrisas y lágrimas”, pasando por “Yo confieso”. Pasando por “Diálogo de carmelitas”, “Forja de hombres” o “Cónclave”

 

Aparte de que hoy en día resulta un tanto desconocida y pese a que no gozara de excesivo éxito comercial ni crítico en su país de origen, tengo la sensación de que ha caído injustamente en el olvido y, lo que es más importante, aparte de haberme parecido siempre –las cuatro veces que la he visto- verdaderamente grandiosa resulta de una rabiosa actualidad por una cuestión obvia de resurgimiento de cierta espiritualidad, y más en estos tiempos en los que vuelven a asomar totalitarismos múltiples por buena parte del mundo.

 

Concebida como película-río repasa una buena y fundamental parte de la primera mitad del siglo XX. Me refiero al telón de fondo de las andanzas de un joven y humilde sacerdote bostoniano que acaba accediendo a las más altas cunas/curias de la jerarquía eclesiástica. Así, aborda los derechos civiles en la América de la década de los 30, el auge del nazismo y la posición neutral que la organización religiosa mantuvo con el mismo o las siempre fascinantes luchas de poder vaticanas.

 

No se olvide además que fue concebida en 1962, en pleno Concilio Vaticano II, todo un pequeño o quizás no tanto (pero hablamos de la institución más longeva del mundo que se ha mantenido durante 2000 años), maremoto dentro del seno de la Iglesia Católica, de la Curia. Igualmente, tampoco se olvide que el material literario en el que se basó fue un best seller del también bostoniano Henry Morton Robinson publicado en 1950, que recogía la vida de Francis Spellman, arzobispo de Nueva York y finalmente el cardenal que indica el título.

 

Otro dato curioso y muy a tener en cuenta es que en su confección final tuvo bastante que ver el asesoramiento del teólogo y futuro papa Joseph Ratzinger, conocido para la historia como Benedicto XVI. Coincidió con una época en la que se encontraba menos escorado a un conservadurismo más militante, cuando era y creo que nunca dejó de serlo una de las cabezas más preclaras e intelectuales del lugar.

 

Pero sobre todo hubo un gestor determinante en esta obra magna, extraordinaria, adictiva, apasionante, tal que el genial cineasta Otto Preminger, conocido también como Otto el Ogro o el Terrible, apodos sobrevenidos por su carácter de mil demonios al menos en el set de rodaje, por su trato tantas veces humillante, despótico, tirano con los actores.

 

Ello no puede anular jamás el enorme talento que atesoraba, su extremada y puntillosa profesionalidad, demostrada en géneros y registros diversos, desde el negro al bélico, desde el intimismo a la grandilocuente o felizmente ampuloso. No se olvide que prácticamente toda su vida se enfrentó al férreo código Hays, a censores de todo tipo y que fue uno de los que más apoyó, junto con Kirk Douglas, al “condenado” y apestado guionista Dalton Trumbo en su regreso a la gran pantalla con “Espartaco”.

 

Este constituyó su tercer trabajo de la década de los 60, tras otros dos de corte también más o menos colosal o ambicioso. Hablo de “Éxodo”, sobre la creación del estado de Israel, y de “Tempestad sobre Washingon”, cumbre del cine político, otros dos hitos ciertamente imprescindibles. 

 

Volvería a desplegar unas dotes narrativas como solo los verdaderos primeros espadas pueden hacerlo, pero además con el mérito añadido de tratar con respeto a una religión, una confesión que le era ajena, pues él era judío (parece ser que algunos le achacaron incluso el haberse manifestado complaciente, algo que francamente me parece absurdo). Aparte de ese respeto mostrado, e inteligencia también, llevó a cabo un distanciamiento en ningún momento exento del factor emotivo o emocional (quiero decir, no me parece fría ni un solo segundo de metraje). Queda constatado en secuencias como la del aborto, la relación con ese entrañable cura de aldea o esa otra verdaderamente sensacional sin diálogo que transcurre en una cafetería de Viena con Anne-Marie, la mujer que suponía una posibilidad de un amor profundo encarnado primorosamente por una bellísima y centelleante Romy Schneider. Las dos mujeres con relevancia en la trama acaban actuando o erigiéndose como desencadenante de las mayores vacilaciones éticas y morales del protagonista.

 

Una vez más, volvió a alternar esos momentos intimistas con otros de corte más épico o “rimbombante”. Y esa puesta en escena solemne por momentos, majestuosa, incluso solemne, me parece todo un acierto. No descuida ningún detalle. Y se empeñó en producirla personalmente, lo que se acabaría revelando como otro acierto, sobre todo por poder ejercer el control férreo de su proyecto.

 

Y demostró saber desenvolverse con pasmosa sencillez entre casullas, mitras, sotanas, solideos, obispos y toda –dicho desde el mayor de los respetos- la parafernalia propia de estos asuntos. Volviendo a hacer gala, uno de los distintivos mayores o constantes de su filmografía, de un punto de vista atinada y embriagadoramente ambiguo (y admirablemente complejo). Precisamente una de las gracias de ese Stephen Fermoyle son sus dudas, sus incertidumbres, sus vacilaciones, sus vulnerabilidades.

 

La rodó en numerosas localizaciones, entre ellas Viena y Boston. De nuevo volvió a tenérselas con los actores bajo su mando, en este caso el principal, un estoico y felizmente inexpresivo, rígido, Tom Tryon, el cual llegó a una relación tan tensa que acabó siendo despedido y vuelto a contratar. Ambos repetirían un par de años después en el poderoso y excelente drama bélico “Primera victoria”. Al poco tiempo, abandonaría la actuación, siendo éste el papel probablemente más relevante de toda su carrera. Emprendería otra etapa como escritor, de la que cabe destacar su novela “El otro”, magníficamente adaptada a la gran pantalla por Robert Mulligan, o el relato “Fedora” que lo trasladaría magistralmente un Billy Wilder ya en retirada (o más bien obligado a retirarse por parte de las compañías de seguros y productores desagradecidos).

 

Aprovecho que continúo en terrenos actorales para mencionar la aparición, la primera verdaderamente de fuste en su carrera, del mítico John Huston como actor. Hasta tal punto borda su obispo Glennon que acabaría cosechando un Globo de Oro.

 

Volviendo de nuevo a la película, ya la presentación de su personaje en los créditos iniciales me impone un inevitable enganchón. Potenciado todo ello por otra de esas magníficas, y casi dosificadas, bandas sonoras de Jerome Moross, el mismo que había ya puesto los acordes a otra joya, esta vez del western y de cualquier género en general, titulada “Horizontes de grandeza (The Big Country)”.

 

Y pese a que nunca me hacen falta estos avales para valorar una propuesta de estas características, resulta oportuno destacar que fue nominada en seis apartados a los Oscar, entre ellos el de mejor director. También obtuvo el Globo de Oro como mejor película dramática, el ya mencionado a Huston y fue considerada por el National Board of Review como uno de los diez mejores filmes de aquel año (podría haberlo sido de cualquier otro).

 

Simplemente –o no tanto- grandiosa, excepcional.