Pasar al contenido principal
Enviado por Ramón Vidal el
Imagen de la película "La odisea"
Ramón Vidal
La odisea

Apabullante, espectacular, reflexiva, solemne, envolvente, nolaniana… y no, no especialmente emotiva, ni falta que hace en este caso

Por José Luis Vázquez

“Los dioses ayudan a quienes se ayudan a sí mismos” (Odiseo/Ulises/Matt Damon)

¿Cómo saber si una película es una obra maestra o algo parecido? En lo que a mí respecta hay una prueba del nueve que no falla desde mis años de tierno infante (y esto lo aplico a los libros, las canciones, los cuadros o cualquier otra manifestación artística, si me apuran hasta con las personas). Así la considero si estoy deseando volver a verla nada más finalizada su proyección o visionado. Es lo que me ha sucedido con “La odisea”, vaya ello ya por delante, en la que supone una conveniente puesta al día, sin perder gran parte de su esencia, de la -bueno, una de ellas- obra magna de Homero, aunque lo contemplado sea fundamentalmente la propia versión que de la misma tiene su deslumbrante y justamente -aunque no todo lo suyo me convenza- reputado director, Christopher Nolan.

Por otra parte la demostración de que lo antiguo jamás ha perdido vigencia, o quizás vuelva ahora con energías renovadas, pues los retratos acerca de la propia condición no pasan, o no debería ser así, de moda jamás, pues el ser humano apenas ha avanzado en su interior en lo referido a las emociones más básicas: seguimos sufriendo, amando, luchando, combatiendo, padeciendo, vengándonos, siendo generosos, valientes, generosos, viles, traidores, cobardes, vulnerables (con o sin dioses por medio) y un interminable etcétera como hace tres mil años, que son los que acumula este admirable texto, o si me apuran, me remitiría al mismo origen de nuestra especie. La condición humana es la condición humana hogaño u ahora.

Pero volviendo a Nolan. Su inmersivo cine, ese que como ha apuntado algún colega, constituye “el último exponente de alguien capaz de llenar a las salas y, a la vez, generar debate intelectual”, puede llegarme a parecerme descomunal (véase la trilogía del “Caballero Oscuro”, “Insomnio”, “El truco final (El prestigio)”), más (“Dunkerque” o incluso “Interstellar” salvo su petulante cuarto de hora final, aunque tendré que volver a revisarla) o intermitentemente fascinante (“Oppenheimer”), e incluso insoportable e ininteligible (no pretendo ir de hereje para los “modelnos”, es simple convencimiento y mera constatación en acta: “Origen”, “Tenet”… todo un empacho de física cuántica para un lerdo en la materia como yo). En cualquier caso, enganche o no, siempre resulta deslumbrante. Y esto fue así ya desde su inicio con la modestísima, pero singular “Following”. He de reconocer que es uno de los cineastas con mayor empaque y capacitación técnica, junto a los ya habituales (me refiero en activo) James Cameron, Steven Spielberg, Denis Villeneuve, J.J. Abrams o Ridley Scott. Y siempre en la estela que dejara dada su meticulosidad y perfección técnica el genial y visionario Stanley Kubrick. Pero ni mucho menos es de mis favoritos, pese a logros como el que aquí me ocupa. 

Logro en el que vuelve a desplegar poderío visual y una rara mezcla entre lo intimista y lo espectacular. Y de nuevo también hace gala de virguería narrativa a la hora de abordar diferentes líneas temporales, una vez más muy bien resuelto y mostrándose en todo momento clarificador pese a esos continuos saltos adelante y atrás. 

Todo para contar, de una manera mucho más realista pese a su inequívoco carácter fantástico y mitológico (sí, sale Polifemo, y ese segmento me parece magnífico, al igual que el bellísimo y sugerente pasaje de las sirenas), el archiconocido regreso de Odiseo (en griego, Ulises en su versión romana, latina) a su casa en Ítaca, tras su larga campaña de la guerra de Troya. Haciéndolo todo auténtico, de lo más creíble, sin necesidad de azotar con los tan recurrentes CGI o efectos digitales.

A propósito de otras versiones de esto mismo, con según qué alteración de episodios, recuerdo con agrado y enorme simpatía la mejor vista (en una de esas gratificantes reposiciones que tan habituales eran en las bulliciosas salas incontaminadas de móviles de la década de los 70) hasta que ha surgido ésta. Me refiero a la entrañable coproducción italo-estadounidense de 1954 titulada simplemente “Ulises” con un inolvidable Kirk Douglas, en una interpretación mucho más jovial y festiva, también más saltimbanqui, seductora y humorística, que la aquí requerida a su sucesor, un muy buen Matt Damon, pero mucho más meditabundo, ceñudo, ceremonioso, atormentado (sello, distintivo habitualmente de los protagonistas de Nolan) a tono con lo requerido por los creadores. Es un profesional al que siempre he admirado. 

Lo que está claro es que la que pueden ver actualmente en gran pantalla, en España no en su imponente formato original (Imax 70 mm, parece ser que vista así es otra cosa aún más gloriosa) es la versión de Nolan, muy suya, perfectamente inscribible en su mundo y sus inquietudes, sin ir más lejos en esos tormentos interiores de los personajes, como los ya reseñados de su protagonista. Por cierto, aprovecho para destacar la presencia, el empaque, la elegancia, la belleza (aquí serena y paciente, tal como se prestaba a ello) y la formidable interpretación de una cada vez más enorme Anne Hathaway.

Evidentemente no voy a entrar en fidelidades o en cuestiones “woke”. Juzgo exclusivamente lo que observo en pantalla y esas cuestiones no me interesan nada, me parecen meros accesorios, al igual -algo que siempre me ha parecido imperdonable- que se valoren los trabajos en base a la ideología de sus autores o de la propia obra, a fobias que a mí siempre me sobran, salvo las derivadas de lo exclusivamente artístico. 

Sí diré, en cambio, que pese a lo imponente que es, a su majestuosidad y grandeza, a ese tono solemne que, por otra parte, tanto atractivo le confiere, es verdad que tal como le sucede a algunos colegas y amigos, no me acaba de transmitir toda la emoción (como sí lo hicieron en su momento otros “epics” del diverso calado de “Braveheart”, “Gladiator” o “Master & Commander”, tal vez sin tantas “pretensiones cultistas”) acumulada, esperada, requerida incluso, consustancial al original y épico poema de 24 cantos. Pero en este caso, da igual, pues es tan potente y está tan soberbiamente filmada (eso difícilmente se le puede negar a Nolan, cómo son esas escenas de mares bravíos y naves luchando contra la tempestad), que solo por esta vez eso me parece -vuelvo a lo latino- “peccata minuta”. 

Sin lugar a dudas para quien esto firma y en los siete meses que llevamos de 2026, el mejor estreno disfrutado en una sala, junto al ninguneado y maravilloso “El día de la revelación”. Ah… Y recuerden, no hagan a los demás, lo que no quieras que le puedan hacer a ustedes, pues todo ya ha sido escrito en los libros de texto de antaño… y en las estrellas.