Emotiva y edificante en el mejor de los sentidos
Por José Luis Vázquez
“Cuando puedas elegir entre tener razón o ser amable, elige ser amable” (Mandy Patinkin)
“Por favor Señor, que sean buenos con él” (Julia Roberts)
“Todos tenemos marcas en la cara” (Julia Roberts)
“Wonder” es de ese tipo de películas sentimentales de las que muchos de mis colegas despotrican o reniegan, pero que si las emiten en cualquier cadena de televisión -incluso ya empezadas, lo he comprobado- se paran a verlas e incluso así sucede con un considerable porcentaje de espectadores cinéfilos (un poco más libres de prejuicios por no tener que ejercer de popes o “sancto sanctorums”), aunque algunos a veces no quieran admitirlo y aunque ante sus amigos culturetas o en público no se atrevan a reconocer que les deleitan. Eso no quita para que también algunos se mantengan firmes o se manifiesten sinceros en cuanto al rechazo que les provocan. A esos mis respetos, pues ya saben el conocido aserto, para gustos los colores.
En cualquier caso, cierto que a veces utilizo este a lo mejor “innecesario” argumento (garantizo que tiene su justificación que lo suela invocar) para algo que debe ser lo primordial, que a uno mismo le guste, y en mi caso les aseguro rotundo que me encanta “Wonder”. De todas formas, no creo que resulte gratuita tal manifestación, porque igual resulta de utilidad para quienes también les convenza y no se atrevan a reconocerlo por aquello de que otros puedan desconsiderarles. Pues para ellos va mi grito de guerra… ¡Fuera complejos y proclámese siempre lo que sienta por muy cuestionado que pueda ser por los demás! Si gustan las películas de Raphael pues se proclama orgulloso. Por cierto, a mí “Cuando tú no estás” me chifla.
Dicho lo cual manifestar en primer lugar que, en esencia, “Wonder” cuenta la historia de un niño de 10 años nacido con malformación facial y su adaptación al entorno escolar (al respecto indicarles 3 títulos fundamentales: “El hombre elefante” en el tramo de madurez, “Máscara” en el juvenil y “El inolvidable Simon Birch” ya en el terreno del enanismo). También en lo aplicable a esa adaptación resulta obligado destacar que muchas veces la fundamental es la de quienes orbitan a su alrededor, la de su familia. Y es que ésta a veces puede llegar a costar más.
Aquí se muestra con un lenguaje transparente y emotivo, en el que lágrimas y diversión se alternan magistralmente, sin caer nunca en la ñoñería, en la afectación o en la sensiblería barata.
La autora de la novela –“La lección de August”- que la ha inspirado, R. J. Palacio, lo ha precisado perfectamente: “Trata sobre cómo enfrentarse cada día a un mundo que no sabe cómo tratarte”. Y el director, Stephen Chbosky (firmante de la estupenda “Las ventajas de ser un marginado”, guionista de la preciada versión Disney con personajes reales de “La bella y la bestia”) refrenda esto mediante una cámara empeñada afortunadamente en sacar lo mejor de cada uno de los personajes que pululan delante de la misma, aunque en el camino sea inevitable igualmente encontrarse con algunos topes y obstáculos.
Pero tanto escritora como cineasta recurren a lo mejor del ser humano, a la tolerancia, a la bondad que podemos albergar (aunque en mi caso también admita cierto escepticismo vital respecto a nuestra especie), a la capacidad de perdonar, al enorme poder de la amistad. E igualmente su envés, que puede ser tristemente poderoso, pero ese queda relegado esta vez para otra ocasión o película.
Además, apela a esa América, a esos otros Estados Unidos que yo admiraré y amaré hasta el fin de mis días: a los integradores, solidarios desde la individualidad, esperanzadores, Insisto, ello pese a que en el camino haya escollos e individuos que no faciliten las cosas.
Ante un proyecto de estas características el reparto se torna fundamental. Y el de esta producción Lionsgate es de aullar, comenzando por el chaval, ese sorprendente y maravilloso Jacob Tremblay, el mismo que ya nos dejara pasmados todavía más crío, con la boca abierta en la sensacional “La habitación”. Todo un superviviente, un astronauta empeñado en respirar en la corteza terrestre.
Sus padres están encarnados por una entusiasta y magnífica Julia Roberts y un contenido, perfecto Owen Wilson. Y aunque el discurso maternal se impone ampliamente al paternal, ambos están exquisitamente combinados.
Luego está esa admirable hermana, una bellamente serena Izabela Vidovic, que tiene que lidiar con un papel de mucha más enjundia de la que pueda parecer a simple vista, pues aparte de vivir una no tan frecuente en las pantallas “love story” interracial es la más perjudicada por la atención casi exclusivamente desviada a su hermano.
El elenco es extenso. Está ese humanista director del centro que tan ejemplarmente compone Mandy Patinkin (visto por estos lares en la fallida “La reina de España” de Fernando Trueba, inolvidable Íñigo Montoya en “La princesa prometida”) o Sonia Braga en una fugaz aparición como madre de Roberts.
Y, claro, resulta obligado destacar ese formidable grupo de chavales que revolotean en torno a August “Auggie” que, al igual que los de “It”, conforman un ramillete que destilan credibilidad, autenticidad de la buena. Especialmente a Noah Jupe como Will, a la preciosa y sonriente Elle McKinnon como Charlotte o a la también guapetona y encantadora Millie Davis como Summer.
Todos ellos al servicio de una historia deliciosa excelentemente guionizada, que aborda asuntos tan espinosos como el acoso escolar, el rechazo al diferente y el temor al mismo por parte del damnificado o los prejuicios de cualquier índole, desde una actitud y perspectiva ejemplar, en la que la aceptación de uno mismo y de los demás es uno de sus motivos principales.
Tierna, emocionante (los super héroes aquí retratados, estos Luke Skywalker a ras terrenal, son de verdadera carne y hueso), maravillosa y no sé cuántos estupendos calificativos más. En su estreno abandoné absolutamente feliz y lagrimoso la sala tras su proyección. Y cada vez que acudo a echarle un vistazo me provoca euforia.