Estos maravillosos juguetes no desfallecen (Menuda saga)
Por José Luis Vázquez
Treinta años y unos meses contemplan ya al título inicial de uno de los franquiciados, contémplese el género que se contemple, más fructíferos, rentables, longevos (James Bond se lleva la palma… o Tarzán) e imaginativos de toda la historia del Séptimo Arte.
En su momento supuso una gratísimo impacto o descubrimiento para tantísimos espectadores, algunos de los cuales ya éramos ampliamente talluditos. Y es que el comienzo de Pixar, la ya mítica productora detrás de este y de otros innumerables éxitos, llegó a alcanzar en sus prolongados inicios una cumbre de genialidad de difícil, casi imposible parangón. Por tanto, es entendible que en los últimos tiempos sus artífices hayan bajado ese pistón de excelencia porque resultaría sobrehumano haberlo mantenido. Pero continúan aguantando el tipo y, de vez en cuando, nos vuelven a ofrecer morrocotudas sorpresas como esta que me trae aquí.
Inevitablemente tengo que volver a invocar una de mis máximas tanto en reseñas como en presentaciones, alusiva a que Pixar era de los mejor que le había pasado al invento de los Lumiére en las últimas décadas, junto al Clint Eastwood director, Steven Spielberg, Ridley Scott o Tim Burton. También han sido numerosas las ocasiones en que he subrayado que su poderío no solo estriba en una técnica excepcional potenciada por los últimos avances tecnológicos, sino fundamentalmente, por un ingenio y creatividad descomunales a la hora de plantear y desarrollar argumentos.
Y es que ya desde su primera entrega, constituiría todo un hallazgo el hecho de imaginar, de ponerse en el lugar, en el corazoncito de los juguetes de los niños que se ven relegados y afectados por la pérdida de interés de estos según van creciendo. Eso de por sí, esa premisa hya de partida resultaba genial, pero es que encima estaba y se ha ido nutriendo por unas variantes y prolongaciones verdaderamente sorprendentes. Al respecto, la tercera parte, “Toy Story 3” me parece el culmen de la saga, puesto que además se vio aderezada por un homenaje a mi amado género del western sencillamente virtuoso.
Pues bien, esta quinta puesta de largo hurga el diente en un asunto igual de atractivo para pequeños y mayores, como es la irrupción de la tecnología en cualquier ámbito, concretamente en el infantil.
Y, una vez más, vuelve a ofrecernos requiebros henchidos de amena reflexión y sorpresa, abogando por una tesis que considero de lo más loable.
Los guionistas Andrew Stanton (también el director, en su inmaculado expediente hitos como “Buscando a Nemo” o “Bichos, una aventura en miniatura”) y McKenna Harris no solo vuelven a proponer un frenético, un arrollador “discurso” sobre este complicado tiempo, del cual seremos más conscientes con cierta perspectiva, sino que elaboran ejemplarmente una cavilación acerca de la pérdida de nuestros compañeros de juegos “analógicos”, muñecos de trapo o simples cowboys, en detrimento de tablets, lilypads y toda una parafernalia surgida en torno a lo digital.
Pero su resolución no es simplona, ni facilona, ni hostil, más bien todo lo contrario, es elaborada y amistosa. Hubiera sido muy fácil haber hecho una crítica demoledora sobre este despliegue científico que nos invade, que nos arrasa, pero no cae en lo obvio ni en lo recurrente, algo que además creo que es bastante sensato y que enriquece el relato.
Se mueve, oscila, entre lo analógico y lo digital, entre lo viejo y lo nuevo, entre la tradición y la modernidad, tal como siempre ha sido así a lo largo de los tiempos, con el matiz de que el que nos está tocando vivir se muestra especialmente vertiginoso. Pero con una conclusión plausible, todo ello puede convivir. Apostando decididamente, algo bastante lógico y recomendable, por la concordia y la confraternización. Y no suelto más, pues mejor saboréenlo ustedes ante la gran pantalla.
Desde luego, no es ni mucho menos acomodaticia, algo que podría haber resultado muy tentador, me refiero al hecho de dejarse ir y continuar por el firme ya trazado. Se atreve a indagar temática, visual y rítmicamente, volviendo a obrar el prodigio de dejarnos a alguno, como es mi caso, con la boca literalmente abierta.
Acción y comedia vuelven a estar entrelazadas con maestría y se otorga más papel a personajes relegados como esa correosa y sentimental Jessie que no tiene desperdicio alguno. Por supuesto que se pone también el foco sobre Woody y Buzz Lightyear, algo más “secundariamente” cierto, pero no se puede olvidar que esta historia ya desde origen y aceptando el carisma de ambos, resulta de lo más coral. Todos sus compañeros tienen su empeño y todos tienen su momento por breve que sea.
Es encantadora y da que pensar. Para los padres se revela otra vez como una bendición, pues logra explicar con un lenguaje accesible cuestiones que se las traen dada su enjundia. Al respecto, el hito de la factoría bien podría encontrarse en “Del revés”, pues no hay cuestión más ardua de explicar que aquellas relativas a nuestros sentimientos y a nuestro yo más profundo… que diría el psicólogo analítico Carl Gustav Jung.
Me provoca, al igual que sus antecesoras, que vuelva a salir de la sala más feliz que una perdiz, con un sonrisón de oreja a oreja, con ganas de más y de esperar anhelante la próxima propuesta, aunque esta la repetiré ahora por lo menos un par de veces más. Ese es precisamente el verdadero quid del gran cine, no me canso nunca de verlo las veces que sean necesarias.
Entre esta, la desconsiderada (por no decir denostada) “El día de la revelación” (se me viene ahora a la cabeza, pues no lo incluí en mi reseña correspondiente, pero lo traigo ahora a colación tras un segundo visionado, ese precioso diálogo con la madre superiora o las pisadas en la nieve de los extraterrestres bajo apariencia animal) y “Michael” se encuentra hasta el momento mi película favorito de lo que llevamos de 2026, es decir, el meridiano. Las tres se caracterizan porque son clásicas sin exceso de aparatosidad -que no espectacularidad- ni estruendo, dados los tiempos. Pero esa tan solo una de sus numerosísimas gracias.