Drama musical de alto voltaje
Por José Luis Vázquez
Charles Vidor no solo fue el director de “Gilda”, con ser eso por sí mismo una vitola de calidad suprema, sino un cineasta tremendamente sólido que regaló a los amantes del Séptimo Arte, como el que esto firma, a lo debería añadir el calificativo de devorador de celuloide, obras de fuste, maestras o simplemente encantadoras.
Y siempre que hago estos listados cito las primeras que se me vienen a la memoria de las vistas y que suelen precisamente ser mis preferidas (por supuesto, me dejo varias en el tintero): el estupendo misterio negruzco con la maravillosa Ida Lupino “El misterio de Fiske Manor”, la deliciosa, descacharrante y desconocida “Se acabó la gasolina”, la segunda –si no contamos oficialmente la oficiosa “La fuerza de las armas”- y esplendorosa versión de “Adiós a las armas”, “Rapsodia”, “Rejas humanas”, “El fabuloso Andersen” (con Dany Kaye encarnando al mismísimo e inigualable cuentista danés Hans Christian Andersen), “Otra vez juntos”, “Tempestad en Oriente”, “La máscara del dolor” (con un imponente tanto interpretativa como musicalmente Frank Sinatra), “El Cisne”, “Las modelos” (con una rutilante Rita Hayworth, su actriz fetiche), “Sueño de amor” (preciosa biografía sobre Franz Liszt durante cuyo rodaje fallecería, sustituyéndole su colega, el grandísimo George Cukor) y ésta, la simplemente espléndida “Love Me Or Leave Me”, o sea, “Quiéreme o déjame”, estrenada en su momento en nuestras salas con dicho título, pero descubierta por mí en una de esas inolvidables sesiones nocturnas de aquella impagable Televisión Española de los 70, a los poco más de veinte años de su gestación (en 1977 creo recordar).
Su protagonista, Doris Day, no solo ha sido, pese a que se retirase a Carmel, el pueblo californiano del que fuera alcalde Clint Eastwood, del mundanal ruido artístico unas cuantas décadas antes de su fallecimiento en 2019 (por tan solo tres años no llegaría a la centena), una excepcional actriz de comedia, cantante y bailarina (reconozco que siempre he sentido verdadera devoción por ella), sino que cuando hizo incursiones en registros dramáticos supo estar a idéntica altura, tal como es perfectamente demostrable con sus intervenciones para “El trompetista” (jovencísima, candorosa y sencillamente sublime… como la propia película, del genial Michael Curtiz), “El hombre que sabía demasiado” (en su segunda versión en color también firmada por el propio Hitchcock), “Enséñame a querer” (aunque igualmente posea rasgos de comedia fina), “Un grito en la niebla”, “Storm Warning/Aviso de tormenta” (un espléndido drama anti racista inédito en las salas españolas y muy bien encabezado por Ronald Reagan), “The Winning Team”, “El diabólico señor Benton” (un formidable drama de suspense pionero en tratar la violencia de género como tal, todavía de lo más terriblemente vigente setenta años después) y ésta, para la que inicialmente se había pensado en Ava Gardner y Jane Russell. Fue su partenaire masculino el que acabaría sugiriendo su nombre.
El susodicho, James Cagney, no solo protagonizó innumerables papeles de gánster, por los que siempre fue reconocido y se le recordará siempre (forma el triunvirato por excelencia junto a Edward G. Robinson y George Raft), sino que fue capaz de encarar con idéntico éxito registros de corte musical, aunque para esta actuación su cometido específico en este apartado se difuminara, nada que ver con el fuste, el empeño y la versatilidad de las que hiciera gala en “Yanqui Dandy” o “Desfile de candilejas”, de hecho, en esta ocasión cedió completamente a su acompañante dichas cualidades danzarinas y canoras. A ambos, a Day y Cagney, los había reunido Roy del Ruth cinco años antes –en 1950- en el buen, eficiente musical “The West Point Story”. Como curiosidad conviene destacar que Spencer Tracy fue el primer nombre barajado para su papel. Y reconociéndole como uno de los más grandes, tal como considero también a Cagney, no creo que en esta ocasión le hubiera superado.
Con estos tres imprescindibles mimbres profesionales, más algunos otros fundamentales, como Daniel Fuchs e Isobel Lennart a cargo del guion, Percy Faith y George E. Stoll al cargo de la música, Helen Rose como responsable del vistoso vestuario, Arthur E. Harling firmante de la resplandeciente fotografía en color, su refulgente dirección artística, el poderosísimo despliegue de producción Metro Goldwyn Mayer con Joe Pasternak a la cabeza, que al poco tiempo auspiciaría uno de los grandes éxitos en la comedia de la rubia show woman, “No os comáis las margaritas”, se procedería a la construcción de este brillantísimo, fascinante y glamuroso exponente cinematográfico de la irrepetible, insuperable y fertilísima década de los 50 en Hollywood.
El título original, tanto de la película como de la canción, hace alusión a un tema escrito en 1928 por Walter Donaldson con letra de Gus Kahn. Este tema había sido presentado en la obra “Broadway Whoope”, estrenada en diciembre de 1928. Dicha versión –todo un exitazo- había sido llevada a cabo por primera vez por la gran Ruth Etting (1896-1978), personaje real aquí encarnado y homenajeado por Day.
Principalmente se centra en la tormentosa relación sentimental que mantuvo con el mafioso Martin “Moe the Gimp” Snyder, sus rifirrafes y su caída en el alcohol. Y no desvelo más, por si desconocen la trama o al personaje en cuestión y así no chafarles nada, o no al menos en exceso.
Las fenomenales actuaciones y melodías, el vigor y colorido de su puesta en escena fueron justamente reconocidas con seis nominaciones al Oscar, obteniendo finalmente el de argumento.
Está necesitada de una urgente revisión para comprobar su enorme calidad, pues esta mezcla de drama, romance, musical, policial y “biopic” funciona a las mil maravillas. Resulta oportuno recuperar un preciso comentario en Variety cuando vio la luz: “un rico lienzo de los años 20 de Roaring, con audaces y excelentes canciones”. Fue la octava producción en recaudación en Estados Unidos en la fecha de su estreno, por lo cual el olvido viene determinado por el propio e inexorable del paso del tiempo, no porque no hubiera tenido una gran acogida en su momento o por su intrínseca calidad.