Refrescante y cinéfilo caos amarillo
Por José Luis Vázquez
“Ver la película en un cine lleno de gente, no había nada mejor”
Mi parte surrealista respecto al cine se aviva, disfruta y adquiere sentido cada vez que aparecen o veo atravesar por una pantalla a esos adorables, descacharrantes y alborotadores macacos amarillos llamados Minions.
Aparecieron por primera vez como acompañantes del protagonista malvado en la ya lejana y referencial “Gru, mi villano favorito”, o “Despicable Me” en el original. Supongo que quienes los crearon no imaginaron el enorme éxito y la prolongación en el tiempo del mismo que llegarían a alcanzar. Mérito principalmente de su creador, Pierre Coffin, y de la productora que los cobijó, Illumination, otra de las innumerables que pugna año tras año en el competitivo y extraordinario mercado estadounidense de la animación, ese género que jamás he dejado de reverenciar desde mi más tierna infancia, desde que veía absorto en la televisión a los Looney Tunes, al Pato Donald, a los Autos Locos o a los Picapiedra, entre cientos de placeres infantiles de dicho corte y confección. Incluso he de reconocer que tal vez la película que contribuiría mi amor incondicional, a mí adicción por el Séptimo Arte pertenecía a este universo, la maravillosa “Peter Pan” de Disney. Ahí es nada.
Pues bien, unas cuantas décadas después continúo disfrutando de estas verdaderas ensoñaciones en dibujos como se decía en tiempos de Cascorro, o sea, en los míos, que uno ya va siendo más o menos venerable.
El caso es que estos sujetos robaplanos, sean ellos las estrellas o tengan un carácter meramente secundario, continúan contribuyendo a que asista embobado a contemplar en una pantalla sus hilarantes y descabelladas peripecias. Aquí las hay a espuertas, para dar y tomar.
Esta, en concreto, “Minions & Monsters” supone la séptima entrega de la saga en la que aparecen estos indefinibles personajillos, para cuya primera salida a escena hay que remontarse a 2010. Cuatro bajo el denominador común de “Gru” y 3 como tales Minions, pero en todas ellas aparecen estos bananeros y rumbosos seres.
Probablemente, o sin probablemente, se ha convertido instantáneamente en mi favorita del franquiciado. Por muchos motivos, por su intrínseca calidad, originalidad y frescura. Y también porque constituye un homenaje en toda regla al cine hollywoodiense fundamentalmente, al silente o mudo (como prefieran denominarlo) en particular, aunque los guiños alcancen hasta nuestros días.
Y como ya está muy sobado o manoseado ese recurrente término de “carta de amor al Séptimo Arte”, y aunque esté de acuerdo completamente con ello, esta vez me limitaré a señalar que es una verdadera gozada para el cinéfilo, el auténtico, no el impostado o el de postureo.
Por la pantalla, desde su inicio hasta el final, surgen a borbotones y desfilan múltiples y breves tributos a grandes artistas y obras consagradas. Casi imposible citarlo todo y, más de memoria. Evocaré -e invocaré- a los que ahora mismo se me han quedado grabados: al padre George Mèlies y su “Regador regado”, Edwin S. Porter y su “Asalto y robo de un tren”, Buster Keaton y “El héroe del río”, Harold Lloyd y “El hombre mosca”, Charles Chaplin y “Tiempos modernos”, pasando por “La momia”, “Casablanca” (tócala otra vez, Sam), el mismísimo “Ciudadano Kane”, “Ultimátum a la tierra” (ese robot extraterrestre Dort es una clara referencia al Gort de la obra maestra de Robert Wise) y su “rosebudiana” muerte, hasta llegar relativamente hasta épocas más setentarmente modernas, con el gran George Lucas y su imperio “guerragalaxiano” y con “Tiburón”.
Me resulta un verdadero disfrute toda esa cinefilia, más bien cinefagia, que destila, y ya no solo por las referencias citadas, que ya supondría una razón de peso, sino porque explica de manera muy asequible a cualquiera los grandes pasos dados por el cinematógrafo. Desde el blanco y negro inicial hasta el colorido más refulgente, las primeras emulsiones en celuloide, la moviola, paso del mudo al sonoro, el sonido mono, los rodajes en grandes estudios y un extenso etcétera.
Sin duda, su primera y disparatada parte es un verdadero regocijo, un prodigio a tono con esas escenas de slapstick propias de la época. Y momentos como el del cíclope gigante son impagables. Cierto, que en las poquísimas ocasiones en la que los minions no hacen acto de presencia, decae ligerísimamente, pero es algo prácticamente inapreciable, ya que, además, es estos individuos onomatopéyicos prácticamente no conceden tregua alguna durante todo su metraje.
Añadan a sus incontables virtudes, el mimo con el que ha sido elaborada, recreado el babilónico Hollywood de los enloquecidos y enloquecedores años 20 (aprovecho para volver a reivindicar “Babylon”), no tiene desperdicio alguno. El propio diseño de los monstruitos es otro factor a tener en cuenta.
Todo son elogios y dicha para certificar esta precuela divertidísima e ingeniosísima. Sin contar “Arco” y “Little Amélie”, pues son producciones del año pasado, mis dos máximas candidatas al Oscar del año que viene, de las vistas en Ciudad Real durante este 2026 claro, son sin lugar a duda alguna, la formidable “Toy Story 5” y esta verdadera delicatessen de unos estudios que en esta ocasión llevan más que nunca como bandera… la iluminación.
Ajetreada, dinámica, marchosa, de endiablado ritmo… De las que creo puede satisfacer por igual a pequeños y mayores.