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Enviado por Ramón Vidal el
Imagen de la película "Michael"
Ramón Vidal
Michael

Estupendo “biopic” del Rey del Pop

Por José Luis Vázquez

Los “biopics” sobre estrellas musicales, aplastantemente anglosajones, mayoritariamente estadounidenses, ha sido, es, uno de los subgéneros que más arraigo, éxitos y consideración ha tenido entre un amplio número de espectadores a lo largo del siglo XXI. A la par, ha contado habitualmente con el desdén, cuando no “desprecio” o denostación, de un buen porcentaje de mis colegas, no digamos ya los autóctonos.

Pues una vez más, y no es una cuestión de ir a la contra porque sí, por epatar o por llamar la atención, es sencillamente mera convicción, suelo estar en franco desacuerdo con mis colegas. Estos y otros “biopics” hollywoodienses de cualquier signo o personajes, incluso los muy mentirosos, habitualmente me suelen gustar bastante.

Por ceñirme a cantantes del pop/rock y alguna otra tendencia, y a estas dos últimas décadas y media, he de decir que me han encantado, alguno no tanto, la mayoría de los que relaciono a continuación (y dejo aparte a la nutrida cantidad de los vistos tiempo atrás, desde los maravillosos “Quiero ser libre” sobre Loretta Lynn, “El ocaso de una estrella” y Billie Holiday o “Dulces sueños” y Patsy Cline hasta los magistrales -ambos del monarca proletario Clint- “El aventurero de medianoche” inspirado en la figura de Hank Williams o “”Bird” sobre Charlie Parker. 

El listado completo es más extenso, y eso dejando aparte los documentales (de todas formas, descubran si todavía no los conocen la despedida de The Band en “El último vals” o el de los pioneros del sonido surfero The Beach Boys) pues si no, sí que sería infinito: “Un completo desconocido/A Complete Unknown”, “Elvis” (Luhrmann), “En la cuerda floja” (sobre el inmenso Johnny Cash, una debilidad, no puedo ni nunca he querido evitar que así fuera, toda una leyenda a la altura de los mejores), “Bohemian Rhapsody”, “Tick, tick… Boom!”, “Rocketman”, “Bruce Springsteen: Deliver Me From Nowhere”, “Bob Marley: One Love”, “The Runaways”, “Control”, “Whitney Houston: I Wanna Dance with Somebody”, “Ray”, “I Feel Good. La historia de James Brown”, “Cadillac Records”, “Love and Mercy”, “Born to Be Blue”, “Ray”, “Beyond the Sea”, “De-Lovely”, “Little Richard: I Am Everything”, “Blaze”, “Dreamgirls”, “Back to Black”, “Better Man”, “The Dirt”, “Straight Outta Compton”, incluso “Pavarotti” si nos introducimos en el mundo operístico (firmado por uno de los cineastas actuales y punteros desde hace años, el maravilloso Ron Howard), etc.

Creo que prácticamente todos los citados han sido estrenados en España y, como ya he aclarado anteriormente, un aplastante porcentaje son de origen norteamericano. Aunque hay excepciones rutilantes como la francesa “La vida en rosa” sobre la mítica Edith Piaf con una soberbia Marion Cotillard.

Sumen a lo anteriormente mencionado que han sido también legión los colegas que han desacreditado concretamente a esta enérgica, vibrante y refulgente  “Michael” simplemente por no hurgar o sacar a la luz los aspectos escabrosos de su imponente protagonista, Michael Jackson. Por limitarse a su faceta artística, que es lo que debiera importar, sobre todo. Al respecto he de indicar que juzgo las películas no por las intenciones sino por lo que veo en pantalla. Y diré más. Tantos de los de mi gremio ¿se olvidan de pasarlo bien en pantalla sin más mostrando el arte de un icono de la música pop? ¿Por qué razón es de peor calidad si evita sus aspectos más sórdidos y se centra en los estricta e imponentemente profesionales? 

Pero ojo, que esta resplandeciente aproximación dirigida con mano experta, avezada, eficacísima y deslumbrante por el gran Antoine Fuqua (el mismo que ha firmado la espléndida “Los amos de Brooklyn” o las no menos ídem “Training Day/Día de entrenamiento”, “Lágrimas del sol” o “El rey Arturo”, todo un maestro del cine de acción y del más dinámico en general, como es el caso) sí incide en algunos aspectos sombríos si se quiere ver con algún detenimiento lo expuesto. Tal como ese viaje liberador del pasado que lleva a cabo, de un padre (imponente Colman Domingo) monstruoso y manipulador. O su acusada personalidad “peterpaniana”, las muestras de dolor familiar a través de esa abnegada y firme madre… Vamos que, si se quiere ver en sus pliegues, se quieren ver cosas. Pero no es esa la máxima intención de sus creadores, y financiadores, entre estos últimos buena parte de la familia Jackson, no así sus dos hermanas que o una no se ve o la otra resulta episódica.

Por apostillar sobre el asunto… Y acaso, ¿quién sabe la verdad absoluta en los “affaires” Michael Jackson, Woody Allen y otros por conductas que de haberse producido serían execrables? Ha habido juicios que los han exculpado. Pero aún en el caso que verdaderamente hubieran sido culpables, en este caso sobre presuntos y deleznables abusos a menores ¿mandamos al baúl del olvido su talento? Hagámoslo entonces con el arte del asesino Caravaggio, del maltratador Picasso o del amigo de gángsters Frank Sinatra. Les aseguro que, en mayor o menor medida, el de las miserias humanas si ampliamos el arco, afectaría a un imponente porcentaje del artisteo. Pero voy más allá, aquel que conozca la absoluta verdad inculpatoria, a qué espera para acudir raudo a un tribunal a denunciarlo y aportar esas pruebas. Porque ya dijo Unamuno que, sin ir más lejos, éste es un país en el que todo el mundo sabe ex cátedra de cualquier cosa.

Por otra parte, que obvie la influencia que tuvo en su carrera Quincy Jones, vale, de acuerdo, y ello acaso obvia a su vez lo excelente visto y escuchado en pantalla, como esas formidables recreaciones de sus mega éxitos en formato vídeo musical de “Thriller” y “Beat It”. Pues, francamente, creo que no

En fin, está visto que apenas vislumbramos la caverna platoniana. Vuelta a lo mismo, la burra al trigo como se dice por nuestra piel de toro.

En fin, me parecía de justicia este extenso prólogo, que es en realidad el grueso de la reseña por propia decisión. Y ahora a lo que importa. Considero “Michael” un espectáculo musical de primerísima categoría que se centra casi exclusivamente, sin esquivar alguno de los sombreados antes mencionados, en el descomunal talento de alguien que ya lo apuntaba como tal con 10 años.

Y quien lo encarna en pantalla es, nada más ni nada menos que su propio sobrino, Jaafar Jackson, 29 años, hijo de su hermano Jermaine. Que nunca, sorprendentemente, había actuado en una película. Algo insólito porque se sale, no ya por su enorme parecido físico, que también, sino por su imagen, sus movimientos eléctricos o como destaca su compatriota Owen Gleiberman, por esa sorprendente “mezcla de delicadeza y fortaleza”.

Musicalmente, desde luego, que entiendo que esto es lo que principalmente debería importar, muestra apoteósicamente -e incluso dramáticamente- la grandeza de un músico y bailarín excepcional. Bueno, creo que queda claro que me ha encantado. Pues eso… Punto pelota.