Imponente Chalamet, imponente película
Por José Luis Vázquez
Tras la pandemia, y teniendo claro que seguramente siempre haya sido así desde el origen de la humanidad, creo que nuestra especie se ha vuelto todavía más tarumba, majareta. Eso obviamente ha afectado a todas las Bellas Artes, incluyendo claro está, al Séptimo Arte. A veces para mal y otras tantas para bien. Pero me quedo esta vez con su vertiente más positiva.
Desde luego lo que sí advierto es una cierta tendencia a hacer un cine más doliente, sufriente, crispado, incluso desquiciado. “Sirat” me parece un buen ejemplo por muchas buenas intenciones y reflexiones que albergue acerca del tiempo difícil que vivimos (y ello pese a que tengo que confesar que no la acabé de entender, especialmente su plano final). Y podría seguir poniendo montones de ejemplos más, magníficos algunos y otros no tanto, desde la cuidada estéticamente “Hamnet”, todo un manual del dolor” hasta “La chica de la aguja”, admirable película en su exceso, pero horripilante respecto a lo que muestra. O mi venerada (totalmente de acuerdo con Spielberg al definirla como “locura”, mi favorita para los Oscar) “Una batalla tras otra”, la apreciable pero confusa en su media hora final “Eddington” y cientos más. Pero este breve muestrario es suficientemente revelador.
“Marty Supreme”, acertadísimo título por ese SUPREMO con el que adornan o puntualizan a su protagonista que se siente por encima de cualquier barrera o condicionamiento, que podría ser definida igualmente así por su calidad, se une a ese grupo tirando de excelsa calidad y aliviando tanta penalidad con sentido del humor, algo que siempre resulta de lo más reparador y gratificante.
Se encuentra coronada por una gema fundamental, la formidable interpretación del -ya sí lo puedo calificar así, pese a sus escasas primaveras, tan solo 30- grandísimo y neoyorquino Timothée Chalamet, del que no tengo la menor duda de que esta vez se llevará el Oscar (y si finalmente no fuera así, no desluciría ni un ápice su formidable composición), que ya lo debería haber obtenido por su papel del mítico Bob Dylan en la extraordinaria “A Complete Unknown (Un completo desconocido)”.
Y no olvido claro, sus sustanciosas actuaciones para las no menos extraordinarias “Mujercitas” (en la delicadamente feminista y estupenda versión de Greta Gerwig, firmante de otra joya como “Lady Bird” que lo albergaba a él en un cometido más secundario o la estimulante “Barbie”), “Dune” y secuela” (mientras permanezco ansioso ante su tercera entrega este mismo año), el western funerario “Hostiles” (con un tramo inicial digno de “Centauros del desierto”, mi western del alma y corazón de todos los tiempos), “Wonka” (verdaderamente deslumbrante variación de la formidable creación de Roald Dahl), “Día de lluvia en Nueva York”, “No mires arriba”, “Entergalactic”, “Beautiful Boy. Siempre serás mí hijo”. “The King”, “Miss Stevens” y hasta puedo añadir, aunque me resulte pretenciosa -tal como me parece la obra de su autor, Luca Guadagnino- salvo una escena “Call Me by Your Name”. Y me dejo algunas más. Como se puede colegir a estas todavía jovencísimas alturas de su existencia ha demostrado ya con creces ser un profesional de amplísimos registros y caracterizaciones. Menuda filmografía, pocos hoy en día de su quinta se le pueden comprar
Aquí encarna a todo un antihéroe (o según como se mire), un pícaro (creo que alguien más ha llegado a denominarlo como irredento e inasequible al desaliento), un buscavidas de apellido Mauser en alusión al real de Marty Reisman. Un jugador de ping-pong (pimpón, tenis de mesa, lo que prefieran) sin escrúpulos, de relativo oficio ni beneficio, descarado, audaz, ambicioso, osado (va en el ADN estadounidense, como dijera el reflexivo y beligerante Theodore Roosevelt en la inolvidable “El viento y el león”), soberbio y con un talento innato para sobrevivir, aparte del natural para darle con arte a una pequeña pelotita.
Para un personaje de este calado, nada mejor que dotarle de una dirección enérgica, adrenalítica, frenética, desquiciada, taquicárdica, histérica en algún pasaje, por parte del talentoso Joshua Safdie. Firmándola en tándem con su hermano Ben al menos a mí me regaló la igualmente estupenda “Diamantes en bruto” (pueden verla en Netflix).
Su puesta en escena posee algo de naturaleza “scorsesiana” (por Scorsese, por si hiciera falta aclararlo) en lo furiosa que se vuelve en algunos de sus pasajes. Y debo matizar que cierto o relativo caos narrativo que gasta en algún momento, no lo considero en esta ocasión nada reprochable. Y como decía al comienzo, está rociado todo ello un particular y espasmódico sentido del humor.
Tanto a este tipo como a la propia historia se les pueden entender de diversas maneras. Como el triunfo de los cretinos, el cuestionamiento una vez más de lo que se nos ha vendido en tantas ocasiones acerca del sueño americano y el tan ensalzado individualismo. O también podría valer como una lectura del individuo enfrentado al sistema.
Esto es lo bueno que tienen las obras genialmente ambiguas, que pueden presentar muchas y variadas interpretaciones enriquecedoras, las cuales no tienen porqué estorbarse las unas con las otras.
De las diez candidatas a mejor producción para los Oscar, es mi segunda preferida en compañía de la subyugante “Frankenstein” del genial Guillermo del Toro, la hermosísima “Sueños de trenes” y la referencial “Los pecadores”, todas ellas tras la para mí incuestionable “Una batalla tras otra”. Y conste que me gustan bastante “Valor sentimental” y “F 1”. Me deja frío “Hamnet” pese a la magnífica Jesse Buckey (mi apuesta para intérprete femenina). En cambio, “Bugonia” me resulta completamente prescindible, insoportable, una sandez, y eso que su director, el inefable Yorgos Lanthimos me ganó para su causa en el inmediato pasado con “La favorita” y “Pobres criaturas”, ambas con mi adorada Emma Stone. A la hora de escribir esto no he visto “El agente secreto”, pero tengo magníficas referencias. Vuelve a estar nada, pero que nada mal la terna.