Horror, humanidad, sacrificio, belleza
Por José Luis Vázquez
“Las flores de la guerra”, producción de 2011 basada en la novela de Geling Yan “Las 13 mujeres de Nankin”, supuso un magistral y fascinante trabajo, otro más a lo largo de su fértil, imponente y exquisita filmografía, del mejor cineasta chino de todos los tiempos, Zhang Yimou, con el que volvería a reconciliarme con el mejor cine posible, pese a que fueron varios los colegas que la cuestionaron.
Cuando aterrizó en España ya de partida venía avalado por diversos aspectos positivos: el hecho de que que tras las cámaras figurase el citado Yimou, el ser la mayor superproducción del país de Confucio en toda su historia (ojo, esta cinematografía asiática ha aportado numerosas perlas en las últimas décadas, desde “Adiós a mí concubina” hasta “El regreso de las golondrinas”, pasando por “El rey de las máscaras”, “La diosa (Shen un)”, “Memorias de China”, “Primavera en un pequeño pueblo”, “Suzhou River” y un largo etcétera), el haber obtenido el Globo de Oro a la mejor producción extranjera o el hecho de que el mismísimo Steven Spielberg la hubiera considerado como el equivalente asiático a su “Lista de Schindler”.
Pero el principal aval de todos es la propia y tremenda fuerza de sus imágenes y la poderosa y a la vez delicada narrativa de su autor. Y, aunque sin duda, es una película terriblemente dura, no lo es tanto como la que fuera su antecesora tres años antes, la igualmente magistral “Ciudad de vida y muerte” de Lu Chuan, que al igual que ésta recreaba diversos episodios de la brutal matanza de Nankin, aquí tamizados por una refinada y placentera sensibilidad marca de la casa que me deja temblando de emoción y cortándome el aliento. Yimou, como ya hiciera en otras ocasiones (recuerdo que la rueda entre otras dos piezas de genuino orfebre poeta como “Amor bajo el espino blanco” y “Regreso a casa”), es capaz de extraer belleza de los más terribles, vergonzosos y brutales episodios que acarrean las guerras.
Y volvería a ofrecer en dosis generosas instantes de un arrebatador lirismo visual, de una pausada intensidad dramática y de suculentas sutilezas, como ese plano en el que muestra esas cuerdas de un instrumento musical ensangrentadas como consecuencia del horror. O el verdadero primor con que están filmadas esas escenas desde el rosetón de una catedral.
El propio Spielberg recomendó la elección del cada vez más creciente Christian Bale, descubierto por el propio rey Midas cuando era un crío en “El imperio del sol” (téngase en cuenta que estamos ante una coproducción con Estados Unidos), también localizada en escenarios cercanos a estos, en Shanghai. Matiza perfectamente su personaje, ese cínico embalsamador y usurpador que acaba tomando plena conciencia del horror. La redención es precisamente uno de los motivos conductores argumentales que atraviesan la película. Otros son el rechazo a lo peor y mejor -eso conllevan los conflictos bélicos, paradójicamente- que el ser humano puede albergar, o la inmensa capacidad de superación y de sacrificio de los que podemos ser capaces.
Este último apunte da lugar a secuencias tan emotivas como varias de las vividas en el último tramo de la historia. Por no destripárselas indicar tan solo ese momento en que un hombre se disfraza de mujer en un gesto supremo de generosidad hacia los demás.... y con esto espero no chafar demasiado.
Me vuelve a deslumbrar el dominio y la maestría con el que además fueron abordadas sus espectaculares piezas de acción bélica y me resulta también curioso comprobar el tratamiento respetuoso que otorga su director a la religión católica. Dice mucho del carácter siempre humanista (incluso ante la mayor de las adversidades), apaciguador y conciliador del responsable de obras tan sublimes como -sobre todo esta- “El camino a casa”, “Ni uno menos”, “Sorgo rojo”, “Vivir”, “La casa de las dagas voladoras”, “La búsqueda (Un largo y doloroso camino)”, “La maldición de la flor dorada” o “La linterna roja”.
Dura dos horas y media que se pasan en un santiamén. Es de esa inmensa selección de películas que siempre que las reviso no desearía que finalizara su proyección, sino continuar contemplando durante una mayor extensión de metraje sus hipnóticas imágenes y devenires de sus personajes, y así de paso, seguir recreándome en la belleza de la musa del director de curioso nombre artístico, Ni Ni, O embelesarme todavía más con esa historia de amor central, o contemplar a esa niña que comienza a descubrir las sacudidas del corazón,
Por último, les dejo como regalo para el recuerdo y las antologías, un breve diálogo entre Christian Bale y Ni Ni: ”- Te llevaré a casa cuando termine todo esto. -Llévame ahora. Mi cuerpo ya no es mío. Te pertenece a ti”.