Pasar al contenido principal
Enviado por Ramón Vidal el
Imagen de la película "La octava mujer de Barba Azul"
Ramón Vidal
La octava mujer de Barba Azul

Lo que pueden deparar las dos piezas de un pijama

Por José Luis Vázquez

Un arranque en unos grandes almacenes de la Costa Azul a propósito del reparto de las dos piezas de un pijama entre un millonario y una aristócrata, no solamente resulta en sí mismo magistral, sino que ya pone en situación ante el carrusel de situaciones, lances y elementos de todo tipo, divertidísimos y singulares, que se despliegan a continuación. Entre otros: el deletreo al revés de la palabra Checoslovaquia, una bañera Luis XIV, Venecia, un puente de Praga, Shakespeare y su “Fierecilla domada”, el efecto cebolla, una playa de la Riviera, arroz, un boxeador verdaderamente noqueador, música de violines, una anciana y enérgica tía carnal en silla de ruedas, un detective privado y un hospital psiquiátrico.

 

Aquí pueden volver a encontrarse con un Ernst Lubitsch en estado puro, por mucho que fueran varios los que consideraron “La octava mujer de Barba Azul” como una de sus obras menores. Ni caso. Cierto que la rodó entre dos de sus obras cumbres (en realidad, toda su carrera cabe ser definida así), “Ángel” y “Ninotchka”, ésta última supuso la primera vez que la mítica Greta Garbo se reía en pantalla, pero con la perspectiva que otorga el tiempo, ninguna de las dos la eclipsa en absoluto, en todo caso suman y se complementan en su diversidad y estilazo común.

 

De nuevo volvería a tirar de elegancia infinita, sugerencia, mordacidad, ironía, gracia, efervescencia, ingenio, imaginación y diversión de la buena y fina. Y a utilizar las elipsis con las puertas como sustancia artística e imaginativa de primera. O un sofisticado vestuario descriptivo de estados de ánimo.

 

No puedo estar más de acuerdo con lo expuesto por aquel crítico del The New Yorker acerca de sus películas, válido por tanto para esta en concreto, “son como sorbos de champán en un mundo cervecero”.

 

Les cito dos ejemplos para dar fe de ello. Por un lado, el cómo concluye ese inicio mencionado; por otro, el alusivo a la cláusula y dinero que el protagonista tendría que pagarle a su mujer en caso de divorcio. Y es que, al fin y al cabo, no deja sino de suponer otro culminante e interminable capítulo de la “guerra de sexos” y otra demostración del poderoso carácter de la figura femenina en su cine. De hecho, ella acaba trastocándole el concepto que el protagonista tiene de la vida y de las propias mujeres.

 

La pareja en cuestión es la formada por Gary Cooper y Claudette Colbert. El primero da un recital tirando de pasmosa naturalidad. La segunda también, pero hace de la sofisticación fortaleza a prueba de V2.

 

Si encima le acompañan comparsas tan descacharrantes como el inefable Edward Everett Horton, el apartado interpretativo no puede mostrarse más impecable, en la que constituye –la dirección de actores- otra de las marcas de fábrica de su autor. Atención igualmente a la aparición de un joven David Niven, pues no sería justo dejarlo pasar por alto.

 

Es igualmente obligado destacar que supuso la primera colaboración de Billy Wilder en compañía del inseparable durante muchos años Charles Brackett. Juntos acabarían legando “tonterías” del tipo de “Días sin huella”, la citada “Ninotchka”, “El crepúsculo de los dioses”, “Si no amaneciera” o “Bola de Fuego”. En los últimos cincuenta años no encontrarán un quinteto de comedias parecido, tan sumamente genial

 

Desde luego, este género de enredos, de malentendidos centelleantes que entre ambos se marcaron a lo largo de sus respectivas carreras, no tiene desperdicio por ninguno de sus costurones. 

 

Y “La octava mujer de Barba Azul” en concreto, desprende encanto, chispa e “inteligencia y sentido de la observación” como muy bien apuntara Carlos Aguilar. Le ponen en bandeja de plata a Lubitsch un material de primera que éste potencia hasta límites siderales, llevando al regocijo, el asombro, la diversión, el pasmo, la lucidez más penetrante y el puro desopile.