La mejor película española de 2026 junto a “Rondallas”
Por José Luis Vázquez
Seguramente la preciosa, solidaria y emotiva “Rondallas” nunca pasará a ninguna antología en general, ni en particular del cine español. No es transgresora, ni rompedora, ni se escuda en coartadas culturales, pero es una película que llega, mejor dicho, ME llega al corazón. Ni falta que le hacen los reconocimientos sesudos, aunque nunca estén de más. Es cine popular en el mejor, amplio y más reconfortante de los sentidos. Está y seguramente estará alojada permanentemente en mi recuerdo desde que la descubriera el primer día del año de este 2026.
“La bola negra”, sin renunciar tampoco a ser popular, pero de otra manera, sí se va a quedar impresa con toda justicia en letras de molde de cualquier gran selección que se precie. Desde ya mismo (tampoco hay que ser un lince para aseverarlo, gustos de cada cual aparte), pues siempre me he preciado de saber perfectamente lo que me gusta inicialmente sin tener que apelar a coartadas culturetas o a esa “modernez” que tanto me agota de las “cult movies”. Es como eso de los placeres culpables, nunca lo he entendido, pues si son placeres no deberían ser culpables, digo yo, salvo que pudieran ser reprobable por ir acompañados de algún tipo de delito contra el prójimo.
“La bola negra” es cine hondo, vivo, preciso, deslumbrante, abigarrado, monumental, desbordante, que me transporta, me remueve, me subyuga. Este sí resulta rompedor y seguramente supondrá un antes y después en la historia de nuestra cinematografía, porque tengan claro, que las que en España se cuentan son todas nuestras, pertenecen al acervo… para mal y a veces para bien como sucede en esta ocasión. Y a la que le pronostico, no hay que ser tampoco demasiado sagaz si se está mínimamente informado, muy buenos augurios para los próximos Oscar.
Y conste que no es perfecta, ni falta que le hace, aunque es posible que una pequeña poda en su parte final no le hubiera sentado mal; pero claro, los directores han decidido que fuera así y nadie más que ellos en su potestad, sin que tenga que venir nadie a enmendarle la plana, pues entonces sería la obra de otros y no la suya. El caso es que, reflexionándolo después, he de admitir que durante su visionado me engancha en todo instante, incluyendo ese postrer tramo.
Además, precisamente en la imperfección estriba muchas veces la gracia de esto, de la propia vida. Y esto también viene a cuento porque tal vez resulten metidas con calzador las apariciones estelares de Glenn Close y Penélope Cruz, pero curiosamente, a la vez son escenas, secuencias fascinantes por sí mismas.
A Close la descubrí, más bien me enamoré instantáneamente (en ese momento pensé que era la mejor “rival” o sucesora de Meryl Streep) cuando la descubrí en la gran pantalla ya jovenzuelo en la extraordinaria “El mejor” (hay que ver los americanos como me la cuelan, sin tener idea de béisbol y me pasman, ya ni digo “Campo de sueños”, “El orgullo de los Yanquis” y otro buen puñado de obras maestras más) con Robert Redford. Con Penélope Cruz voy y vengo, a veces no la soporto como en aquella incipiente e -y, eso que fue escrita por el mismísimo Rafael Azcona- indigesta versión de “La Celestina” o incluso no se crean que me arrebató en “Vicky Cristina Barcelona” pese al Oscar) y en otras consigue arrollarme, incluso conmoverme como en ese apreciable melodrama romántico italiano titulado “No te muevas” o en la burbujeante y notabilísima tragicomedia “La niña de tus ojos”, uno de los mejores trabajos de Fernando Trueba, en la que honra y da esplendor a la mismísima Imperio Argentina, una de las estrellas más grandes que ha cobijado esta piel de toro.
Pero quien aquí sí que se sale es el para mí desconocido en facetas interpretativas Guitarricadelafuente (29 años tan solo, aunque parece un mozalbete), en el que -creo- supone su debut en el nobilísimo arte de la interpretación en una pantalla. La verdad es que todo el elenco raya a mayúscula altura, como esa Lola Dueñas que se come a dentelladas la cámara.
Y del trabajo de los Javis, matizo, de Javier Calvo y Javier Ambrossi, qué voy a decir que no hayan dicho ya mis colegas. Me resulta deslumbrante, inteligente, poético como casi no podía ser de otra manera rindiendo tributo a quien se rinde (al más universal de nuestros poetas), emocionante, desgarrador. Y añado otro calificativo que utilicé este verano para describir la magnífica “La odisea” de Nolan (subrayo el apellido de su director), apabullante. Como tal cabe definir igualmente su puesta en escena. Y no era fácil al manejar tres espacios temporales, mezclar ficción y realidad y manejar un presupuesto que parece holgado. Pero salen indemnes del empeño a base de naturalidad, veracidad, lirismo y una creatividad de lo más compleja y elaborada. Son muy listos y talentosos, ya lo demostraron en “La llamada” o en plausibles series como “Paquita Salas”, “Veneno” o “La Mesías”. Poseen un mundo propio y un poderío visual insólito por estos u otros pagos.
Ya el inicio pone contundentemente en situación, es tremendo, parece propio de una superproducción bélica hollywoodiense, acompañado inmediatamente de unos tenues, casi susurrantes estribillos de ese acongojante pasodoble que jamás pasará de moda y que siempre que la escucho me estremece, “Soldadito español”, en la voz de Jodeline (no tiene ningún desperdicio tampoco el temazo que el propio Guitarricadela fuente se marca en una hipnótica escena onírica, “La nieve”). Y esta es otra de las cosas que agradezco de su trabajo, que han evitado las excesivas modernidades, aunque esta propuesta sea toda ella excesiva en su más florida acepción, y no renuncian a un clasicismo que le sienta estupendamente a lo narrado.
Todo ello al servicio de una trama que habla de amor en mayúsculas como principal divisa, de libertad, supervivencia, memoria personal, identidad, ante la que me rindo por encima de veladas “soflamas”. Llegado es este punto, no voy a entrar en su intencionalidad política o en su “discurso” para no dispersarme, y no será por falta de arrojo, pues eso está erradicado en el diccionario vital de mi existencia (siempre he sido gallo de pelea dialéctico o verborreico, mis amigos pueden atestiguarlo), sino por mero cansancio contemplando un país, mi querida España que cantaría la añorada Cecilia, al que le cuesta sacudirse definitivamente ese cainismo que parece congénito, de origen. “Que poco nos queremos los españoles” suele decir el gran José Luis Garci y yo lo suscribo sin pestañeo alguno. No tengo que abrazar una ideología o una tesis que me quieran vender para admirar el arte que se me pueda trasmitir, tal como es el caso (me chiflan el Potemkin o la Olimpiada de Riefenstahl y las que las sustentan esas sí que son verdaderas aberraciones ideológicas). Siempre separo las consignas y a los individuos de lo que veo en pantalla (aparte que cada uno cuenta la feria según le haya ido o quiera contarla), siempre he tenido esa inmensa suerte de poder hacerlo, al contrario que tantos amigos que se descomponen al ver en una pantalla indistintamente a Javier Bardem, Pedro Almodóvar, Ronald Reagan o a Mel Gibson. Es su problema. Ante todo, creo en profesionales y personas. Decentes unas, otras no tanto; buenas unas, otras no tanto; talentosas unas por encima de cualquier adscripción, otras no tanto. Es lo que tiene ser y llevarlo a gala un devoto seguidor del librepensador profesor Keating de “El club de los poetas muertos”.
En su argumento, que remite al mundo lorquiano, no voy a entrar pues ya está siendo suficientemente aireado por una de las operaciones de marketing más imponentes vistas -y plenamente percibidas- por estas latitudes, sino la que más (Santiago Segura/Torrente y Almodóvar aparte). Está bien que hayamos aprendido de los norteamericanos la importancia de ello.
Dicho todo lo cual… amén a “La bola negra”. Que siga rodando.