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Enviado por Ramón Vidal el
Imagen de la película "Kill Bill: The Whole Blody Affair"
Ramón Vidal
Kill Bill: The Whole Blody Affair

Descomunal o monumental, lo que prefieran

Por José Luis Vázquez

Admito que soy “tarantiniano” (seguidor del cine del inefable Quentin Tarantino), aunque también he de admitir que no de los más incondicionales y contumaces. Igualmente afirmo que gustándome bastante la mayoría de las películas que componen su brillante y no tan extensa filmografía, nueve principales (incluyendo a partir de ahora como una sola la que me trae aquí), mi favorita continúa siendo la que es menos deudora de su estilo y sí del clasicismo de toda la vida, la fabulosa “Jackie Brown” con la -apelando precisamente a uno de los calificativos que figuran en el subtítulo de esta reseña de ello- monumental y para mí expeditivamente entrañable Pam Grier (“Foxy Brown”, “Coffy”), incuestionable heroína del “blaxploitation” (por si alguien no estuviera al tanto: películas setenteras de bajo presupuesto protagonizadas, dirigidas y orientadas a la comunidad afroamericana).

Solo hay una obra suya que no me acabó de convencer del todo, pese a indudables virtudes, principalmente las referidos a su diseño artístico. Me estoy refiriendo a la reluciente “Érase una vez en… Hollywood”. Y conste que reconozco desde mi militancia heterosexual que la quitada de camiseta resulta uno de sus momentos más icónicos, además justo Óscar como mejor actor de reparto, lo venía mereciendo desde hacía tiempo.

Por supuesto, he disfrutado a lo grande con “Pulp Fiction” (mi 2ª suya favorita, esta sí eminente y genuinamente marca de la casa), “Django desencadenado” (toda una gozada westerniana repleta de sentido del humor y explosiva ironía, invocando incluso al espíritu del padre de la cinematografía, David Wark Griffith, a través de un momento regocijante a propósito del Ku Klux Klan), “Los odiosos ocho”, “Malditos bastardos” (especialmente sus portentosos diez minutos), “Reservoir Dogs” e incluso “Death Proof” (en Estados Unidos se estrenaron juntos los dos segmentos troceados en España, como si de un programa doble se tratase). A propósito de esta cantidad de trabajos firmados, es suficientemente conocida la aseveración del director acerca de que se retirará cuando dirija 10, según como las contabilice. Y veremos si lo cumple, claro.

Yendo a lo aquí mollar, es decir a esta obra unificada de aquellas dos fracciones iniciales de “Kill Bill”, que fue la idea que siempre tuvo en mente, pero que chocó con los intereses de sus productores, llega ahora lo que é concibiera desde el principio como solo una, con el añadido de nuevas escenas y sin aquel corte “cliffhangero” que separaba a ambas.

Vaya por delante que en modo alguno me han pesado sus 4 horas y media, más bien se me han pasado como un suspiro digno de la suavidad de filo de la katana -forjada por el legendario personaje de Hattori Hanzo- utilizada por Uma Thurman, inolvidable Novia, la gran heroína de esta producción memorable, salvaje, guasona y frenética.

Así que no me enrollaré en exceso -ya saben que en mi caso proclamarlo es relativo- ya que han sido muchas las ocasiones en las que he hablado sobre la misma, no de esta manera claro, sino sobre sus dos partes, tanto en la radio como por escrito cuando desembarcara en España a partir de octubre de 2003 en dos entregas bajo la denominación de volúmenes. 

Sí aprovecho recurriendo a San Google -así se nos ha hecho llegar por su creador y en estos casos conviene ajustarse a lo expuesto por quien más sabe de la cuestión- y aunque les hago a la mayoría informados, mencionar los 5 grandes cambios que se han producido en esta versión definitiva que nos devuelve a la concepción original con la que la planteó su autor.

1º) Narrativa ininterrumpida y sin cortes. Por lo cual se elimina ese punto culminante que se establecía entre esos citados dos volúmenes.

2º) Violencia extendida y coloreada. Se eliminan los filtros en blanco y negro de la sensacional escena de la pelea contra los Crazy 88 en la Casa de las Hojas Azules, virándola hacia el color, dotándola por ello de un tono todavía más sanguinolenta y ofreciéndonosla completa.

3º) Una secuencia de animación más larga y detallada. Me refiero a la del pasado de O-Ren Ishii, una adorable Lucy Liu en el papel de una asesina verdaderamente despiadada, lideresa de la Yakuza en Tokio y miembro del Escuadrón Víbora Letal. Aprovecho para evocar e invocar al grandísimo David Carradine, hijo del eminente característico John Carradine, y que tantas felices noches de sábados televisivas me hiciera pasar en los 70 encarnando al monje shaolin pacifista Kwai Chang Caine.

4º) Se amplía la sesión de entrenamiento del segundo volumen, profundizando en la relación maestro-alumna y el proceso de aprendizaje de su protagonista. 

5º) Pausas y ritmo contemplativo. La unión entre ambas permite una mayor armonía entre la acción estilizada, la espectacularidad de la primera, y los momentos de calma y dialéctica, la introspección de la segunda.

En definitiva, una antológica película en torno a la venganza como “leiv motiv” principal, tal como pasa con “Conan, el bárbaro” y tantos cientos, miles de obras maestras más del cine estadounidense. Algo que acentúa una frase ya icónica asociada a esta película, “la venganza es un plato que se sirve mejor frío”, aunque en realidad proceda de “Las relaciones peligrosas” de Chaderlos de Laclois. Pero Quentin la quiso hacer suya atribuyéndosela irónica y desternillantemente a un antiguo proverbio Klingon.

Supongo que ningún tarantiniano que se precie se la perderá y también la recomendaría para un buen grueso de espectadores amantes desprejuiciados del cine más saludablemente popular, ese en el que nos forjamos tantos de nosotros, el de benditos refritos  como el aquí elevado a la enésima potencia de innumerables géneros, el de acción en general, pasando por el de artes marciales -o si les gusta más- kung fu, gángsters o genuino “thriller” a secas.

Lástima que no la haya podido ver en su formato original de 70 mm a la antigua usanza. Verla así debe ser ya la reoca.