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Enviado por Ramón Vidal el
Imagen de la película "EPIC: Elvis Presley in Concert"
Ramón Vidal
EPIC: Elvis Presley in Concert

Inmenso e inmersivo Elvis

Por José Luis Vázquez

Así de primeras he de confesarles que siempre, desde mi más tierna niñez, desde aquellas ya lejanas cintas de cassette en las que lo escuchaba o contemplando sus películas emitidas en la única cadena de televisión existente en España, he considerado a “The King”, o sea Elvis Presley, uno de mis cantantes favoritos e indiscutibles, junto a Frank Sinatra, Raphael, Matt Monro, Roy Orbison, Leonard Cohen o Nat King Cole.

Al respecto de sus películas, ligeritas, distraídas, escapistas y de tramas románticas predecibles, planteadas en función principalmente a su lucimiento canoro, debo reconocer también que las veía con gusto, pues solían trasladarme a coloridos -vistas por primera vez en glorioso blanco y negro trascendía ese color por obra y magia de la ilusión generada por la por entonces todavía vetusta caja catódica- escenarios de remotos y exóticos lugares, desde Acapulco hasta Hawái (siempre eme lo paso muy bien revisando “Amor en Hawai” y “Paraíso hawaiano”), pasando por la Alemania en la que haría la mili -más adelante volveré sobre esto-, incluyendo escenarios propios del western más clásico, como “Charro”.

Y, ojo, interpretó cuatro o cinco de lo más recomendables, incluso alguna tan magistral como “El barrio contra mí (King Creole)” dirigida por el maestro de maestros Michael Curtiz (“Casablanca”, “Robín de los Bosques”), ambientada en una New Orleans de lo más subyugante, aunque en realidad siempre lo es esta decadente y jazzística ciudad estadounidense (no desconozcan la serie “Treme” enmarcada tras el paso del Katrina). 

Me refiero a la estupenda “Estrella de fuego” bajo la batuta del mentor del mismísimo Clint Eastwood, Don Siegel, de nuevo un western de carácter antirracial y familiar con la adorable “mi bella genio” Barbara Eden y la temperamental Dolores del Río. O a la incipiente “El rock de la cárcel”, que lo muestra en origen y ya en todo su esplendor pélvico. No quiero tampoco obviar “Cita en Las Vegas” con una rutilante y ya descollante Ann-Margret, otra de esas innumerables debilidades de juventud (“Bye Bye Birdie”, por no hablar de su juvenil aparición en esa postrer y memorable comedia del genial Frank Capra titulada “Un gángster para un milagro”).

Hecho este aparte que consideraba necesario, aunque en este documental musical su apartado cinematográfico se despache en pocos minutos por no ser considerado de especial relevancia, aunque agradezca que no se obvie e ilustre para dejar constancia de la frustración del ídolo en este terreno, voy a lo más sustancial que ofrece este testimonio impagable que vuelca su foco en las actuaciones en directo, especialmente en el último trecho de su carrera, en Las Vegas.

Es aquí donde juega una de sus máximas bazas, al ofrecernos alguna canción y una serie de imágenes de archivo inéditas hasta el momento, o que a mí desde luego no me constaban.

Y es en estas actuaciones donde cobra “EPiC” su verdadera dimensión. En mostrar en toda su esencia el “animal” profesional que era Elvis, su impresionante voz (estamos hablando de un artista que manejaba todo tipo de registros vocales, desde el rock al góspel, el soul o el blues), en la energía desatada que desparramaba cuando se subía al escenario, tal como queda constatado mediante esas ilustrativas sudoraciones en primerísimo término. Un dato, además, lo avala como un todoterreno, pues llegaría a hacer de 1100 conciertos entre 1969 y 1977. Una burrada, dicho en el mejor sentido. 

Se puede comprobar perfectamente su pasmosamente arrollador manejo de las tablas, sus eléctricos y rompedores movimientos (sobre todo en su inicio, llegaron a conmocionar a todo quisque), el buen rollo con su banda, con las chicas del coro y por encima de todo, con su público, al que se entregaba incondicionalmente, ese que lo llevaría en volandas al estrellato. Por lo cual agradezco sobremanera que se centre en sus últimas actuaciones repletas de lentejuelas, esas que ya se vienen reivindicando últimamente y creo que a veces no suficientemente ponderadas dada su coincidencia con su deterioro físico. No dejan de resultar desgarradoras esas versiones de las ineludibles y sensacionales “In the Ghetto” o “Suspicious Minds”. Desde luego consiguen que me meta, que me incruste en sus antológicas actuaciones.

El encargado de ensamblar todo esto es un australiano que lleva años haciendo gran cine en Hollywood, el siempre brillantísimo Baz Luhrmann, precisamente el que firmara hace cuatro años un “biopic” del hombre tras la leyenda de lo más notable y estimulante, de su conflictiva relación con su preceptor, el coronel Parker, un impresionante Tom Hanks. Fiel a su estilo felizmente abigarrado, excesivo, frenético, cuasi operístico, de colores vibrantes, tanto allí como aquí a vuelve dar toda una lección de ritmo y lenguaje cinematográfico. 

El montaje, uno de sus puntos fuertes, pues es un creador que abarca múltiples facetas, desde ésta a la propia dirección, pasando por la fotografía, el guion o la producción, es de nuevo una de sus principales bazas. Ese montaje picado marca de la casa. Es decir, la sucesión de numerosos cortes breves en escasos segundos, lo cual agiliza el ritmo narrativo, con mayor justificación en este caso, al tener que trabajar con ingentes imágenes documentales en un proyecto que no es una ficción en su sentido estricto.

Luhrmann se centra en esos conciertos antes mencionados, lo cual me parece un acierto. Y transmite que se pueda sentir lo que suponía asistir a uno de ellos. De paso, se limita a ir salpicándonos con pequeños retazos de su vida, lo suficientemente explicativos para poner en contexto. En esta ocasión, no es esto lo que le importa, sino recoger al inmenso artistazo que fue, incluso en su relativo declive.

Y me vuelve a llamar la atención que aporte una información de la que ya se hiciera eco en su anterior trabajo, como es la relativa a que nunca llegó a actuar fuera de los Estados Unidos, tan solo salió de su país para hacer la mili en Alemania, acontecimiento que se recoge en otra de sus cintas, la resultona “G.I. Blues”

Les aseguro que podría estar contándoles montones y montones de cosas más sobre él y sobre esta maravillosa película, pero no es plan, creo que con este esbozo pueden -o eso espero- hacerse una idea de por dónde van los tiros.

Desde luego si, tal como es mi caso son entusiastas del homenajeado, ni se les ocurra perdérsela. El resto creo que tiene motivos suficientes para otorgar su confianza a una propuesta verdaderamente rítmica y deslumbrante.