No es mi mejor Sorogoyen
Por José Luis Vázquez
Bueno, pues parece que de nuevo voy contracorriente y bien saben San John Ford y San John Wayne que no es postureo alguno por mi parte, sino simple convicción o, si lo prefieren, sinceridad con ustedes y conmigo mismo, pues ya saben que esto de lo artístico en cualquiera de sus manifestaciones es siempre cuestión de gustos… diga lo que diga quien sea.
Y es que no me ha entusiasmado precisamente esta película aclamada por casi todo el mundo y `por un aplastante porcentaje de mis colegas.
Conste en acta que el sevillano Alberto Rodríguez y el madrileño Rodrigo Sorogoyen, su director, son en la actualidad mis dos cineastas españoles favoritos, seguidos muy de cerca por otros nombres como los de Alauda Ruiz de Azúa, J.A. Bayona, David Trueba, Pilar Palomero, Cesc Gay, Jaume Balagueró, Pablo Berger, José María Goenaga, Paula Ortiz, Daniel Sánchez Arévalo, Rodrigo Cortés (pese a alguna sonada pifia), Álex de la Iglesia y algunos otros más.
A Sorogoyen le debo cuatro obras espléndidas (“Stockholm”, “Que Dios nos perdone”, “El reino” y muy especialmente “As bestas, de lo mejor de cualquier época del cine español, su complejidad dramática son palabras muy mayores para tratar sobre la razón de la sinrazón) y tres series a idéntica altura (“Antidisturbios”, “Apagón” rodada en el antiguo Hospital del Carmen de Ciudad Real y “Los años nuevos”).
“El ser querido” es su séptimo largometraje para la gran pantalla, pues he obviado “Madre” y su ópera prima con Peris Romano, “8 citas”, que están bien, pero no me apasionan tanto como las anteriormente destacadas. Su intensidad psicológica me resulta un tanto abrumadora, como ha venido a señalar una de las escasas voces “disonantes”, creo recordar que la de Diego Batlle.
Esta que aquí me ocupa soy consciente del impacto causado entre muchos profesionales y colegas autóctonos e internacionales, pues su presentación en el Festival de Cannes fue bastante exitosa (su mayor problema estribó en que tuvo que competir entre otras con lo último del genial Pawel Pawlikowski, “Fatherland” y la arrasadora y esperadísima “La bola negra”), pero a mí me deja frío, me fatiga por momentos, me resulta un tanto excesiva y me parece el trabajo más pomposo de su carrera, incluso el más artificioso (lo que veo no puedo evitar que en algunos tramos me resulte afectado) en algunos instantes, con unos alardes virtuosos que me resultan estériles, tanto en lo que se refiere a pasar del color al blanco y negro o en los cambios de formato.
Sus escenas me cansan por su extensión y sus planos asfixiantes a veces me mortifican. Habrá quien le encuentre un sentido maravilloso a esa manera de filmar, pero en esta ocasión no es mi caso. Tampoco el guion fabricado al alimón con su habitual y excelente colaboradora Isabel Peña (esas situaciones, esos diálogos del tándem que en otras ocasiones he considerado maravillosos o me han parecido magníficos, aquí los percibo forzados), no me parece para tirar cohetes en contra de lo que dice un aplastante porcentaje, más bien lo considero obvio en su machaconería -loable, de partida, pero no sobre el tapete- de poner al descubierto, de desenmascarar eso que ha manifestado -esto sí- con gran acierto el propio Sorogoyen, “en España al hombre le han educado en no expresar sus sentimientos”. No solo suscribo completamente dicha reflexión, sino que daría para hablar extensamente al respecto.
Pues esta es fundamentalmente, o así la veo, una historia sobre el no saber decir lo siento, me equivoqué, el abandono, la culpa, pedir perdón, decir te quiero… y todo ello mirando a los ojos de la persona damnificada.
Por supuesto, se puede advertir su poderío visual y su capacidad hipnótica en ciertos momentos, que se manifiesta sobre todo en su secuencia emblema -y desasosegante- que sí consigue revolverme en el mejor sentido del término, la del rodaje en la que el protagonista (Esteban Martínez), un Javier Bardem en permanente en estado de gracia, abronca a la actriz, su hija (Emilia), una Victoria Luengo, que vuelve a estar bien, pero cuyo registro sufriente -en esto me sumo a Carlos Boyero- comienza a resultarme ya un tanto recurrente. Desde luego no lo considero su mejor papel, merecimiento que a fecha de hoy (septiembre de 2027) recaería en la propia y expeditiva “Antidisturbios” como esa persistente agente de Asuntos Internos llamada Laia Urquijo.
He de reconocer que se me hace larga, incluso algunas veces aburrida, y esa filigrana inicial de veinte minutos, a la que le reconozco -podría haber sido perfectamente un cortometraje en sí mismo- indudables méritos técnicos, interpretativos e incluso logísticos en la que ya se expone de una tacada todo lo que se va a ver después, no acaba de conmoverme, como no acaba de hacerlo un relato que se prestaba a ello desde el papel. Me parece carente de la emotividad desprendida o que exigía un drama paterno filial y cinéfilo como este, y eso que lo que cuenta es muy gordo.
No deja de ser como un drama nórdico maqueado por una intermitente luminosidad propia de nuestras tierras. De hecho, parte de una idea muy parecida a “Valor sentimental”.
Y en lo referido a su metalenguaje y ese subgénero de “cine dentro de cine” hay decenas de propuestas que la superan, desde “Cautivos del mal” hasta “La noche americana” y ya que antes señalaba lo de artificiosa, incluso la subvalorada “Fedora” del genio entre genios Billy Wilder.
Una vez más, no se fíen de mí, sigan su propio instinto o sus gustos y apetencias. Yo lo único que solicito ante la contemplación de una obra es que se evite todo lo posible -aunque uno a veces lo asuma- el postureo porque todos dicen que algo es sublime, más si es europeo o español. Aunque lo mismo se me podrá reprochar a mí por mi alborotadora filiación yanqui.
Y, pese a todo lo expuesto, un Sorogoyen no deja de ser un Sorogoyen en el que, incluso no pareciéndome tan inspirado, se pueden percibir chispazos de su maestría, aparte de una envoltura aparatosamente reluciente tras la que se camufla algo que no me acaba de llegar.
Para mí a estas alturas del año 2026, la mejor producción española del año -a la espera de la ya citada “La bola negra”- continúa siendo la primera que se estrenó en enero, la preciosa, emotiva, solidaria y encantadora “Rondallas”. Y he decir que la sombría y funesta “La luz” me gustó bastante y “Cronos” es un buen ejemplo de thriller a la española con hechuras “made in USA”. Pero esta última es otra crónica que espero contarles en breve.