Algún día se le hará justicia a Phil Karlson
Por José Luis Vázquez
Otro de esos innumerables westerns de la extensa Edad Dorada de Hollywood hoy en día un tanto olvidados, pero ante los que se impone una urgente reivindicación.
Fue escrito por Frank S. Nugent, responsable del mejor de la historia, “Centauros del desierto” del insuperable John Ford, a base de espléndidas frases sentenciosas y una tensión, una progresión dramática de lo más elogiable y ejemplar.
Su máximo responsable, Phil Karlson, director admirable de la serie B, nacido en Chicago, precursor de la “generación de los cineastas violentos” (los virtuosos Aldrich, Fuller o Siegel entre otros) caracterizado siempre por un estilo enérgico, vigoroso, sobrio, seco y sintético, llevaría a cabo una dirección impecable, robusta, partiendo de un presupuesto más bien escaso.
De verdad que algún día se tendrá que poner en el elevado lugar que se merece a un profesional que, es verdad que se manejó de manera especial y excepcional en el cine negro, como atestiguan obras tan magníficas como “El imperio del terror”, “En un aprieto”, “5 contra la banca”, “Calle River 99” o “El cuarto hombre”, pero que se llegó a mover por numerosos géneros con idéntica soltura y maestría, desde el cine de capa y espada (“Lorna Doone”, “Enemigos del rey”) al thriller periodístico (“Trágica información”), pasando por el selvático (“Safari en Malasia”), el de agentes secretos (“La mansión de los siete placeres”), comedia laboral (“Vivir en el alambre”), intriga (“Se busca esposa”), dramas familiares (“Rocky”, nada que ver con el icónico boxeador que encarnara Sylvester Stallone décadas después, “El gran gato”), dramas equinos (“Oro negro”, “Thunderhoof”), dramas boxísticos (“Piso de lona”, “remakes” (del grandísimo “Kid Galahad” y conduciendo muy bien al mismísimo Elvis Presley), terror (“Ben, la rata asesina”), mafiosos (“Los hermanos Rico”, “Cuando el hampa dicta su ley”), bélico (“Del infierno a la eternidad”, “Nido de avispas”), en este mismo del western (“La cabalgada de los malditos”, “Rumbo al Oeste”, “Senderos de guerra”), musical (“Las chicas del coro”, con una de las primeras apariciones de Marilyn Monroe, o “Louisiana”, biopic sobre el músico country Jimmie Davis), Guerra Fría (“Caminos secretos”) o el de acción en general. Y les aseguro que me dejo en el tintero digital otro montón de trabajos igualmente valiosos. Un grandísimo, sin duda.
Aquí aborda asuntos característicos de su filmografía, como un tratamiento reflexivo y crepuscular de la violencia desde la propia violencia, unos héroes que tiran más a antihéroes retenidos en entornos corruptos o lo complicados que pueden resultar a veces los vínculos familiares. A ello cabe añadir un retrato bastante lúcido sobre el contraste entre una mitología del Oeste que se está quedando atrás en oposición a unos tiempos que traen más tolerancia y progreso. Al respecto, las posturas de los dos hijos del protagonista (un magnífico Van Heflin) se muestran bastante esclarecedoras y antitéticas.
A tono con la agitada época de su producción, 1959, incluye a jóvenes airados y denuncia actitudes racistas. Es rico en cuanto a su temática, de una complejidad diáfana y hasta un tanto psicoanalítica, aspecto este último patente en secuencias como aquélla en que Tab Hunter rompe un espejo que refleja la imagen de su padre. Por momentos, parece más una tragedia familiar que un exponente genuinamente del Oeste, aunque dentro de esta tendencia ahí están otros memorables ejemplos como “El rastro de la pantera” o “Jubal”
Haciendo de mestiza, tienen la oportunidad de encontrarse con Kathryn Grant, la adorable e inolvidable miniaturizada de la fascinante, embelesadora “Simbad y la princesa”.
Amantes del western que lo desconozcan… tomen nota. Y quienes no lo sean, también.