Magistral, inapelable retrato de un tiempo y de un hombre justo y bueno
Por José Luis Vázquez
El redivivo rey Midas, Steven Spielberg, ya me había dejado boquiabierto, por no salirme del género de espías, diez años de este trabajo con su espléndida “Múnich”, recreación de la operación llevada a cabo por el Mossad para ejecutar a los responsables palestinos del comando terrorista Septiembre Negro, autores del asesinato de varios atletas israelíes en la Villa Olímpica durante los Juegos de Munich de 1972.
Tengo para mí claro, de las pocas cosas como tal que tengo en la vida, que el gran cine norteamericano es insuperable. Se volvería a demostrar aquí con este trabajo de mí actual director de cine favorito, Steven Spielberg, junto a Clint Eastwood. Ese grado de emoción conseguido en su parte final es moneda común en esa cinematografía, fundamental responsable de que yo ame el Séptimo Arte, como tantas veces me he encargado de proclamar por una cuestión de mero agradecimiento.
Supuso la cuarta colaboración entre el demoledor tándem Spielberg-Tom Hanks, tras tres precedentes memorables, “Salvar al soldado Ryan”, “Atrápame si puedes” (ésta constituye una debilidad mía, una de mis favoritas suyas) y “La terminal”, tal vez la menos rotunda, pero en modo alguno a relegar. Respecto al segundo vuelve a capturar con igual encanto y precisión la atmósfera de los años 50 trasladada a otros ámbitos, claro.
Hanks vuelve a dotar a su encarnadura en la ficción, un abogado mediador en el canje de espías en plena Guerra Fría, de una solidez, una credibilidad, una intensidad contenida digna de todos los elogios posibles, características por otra parte que ya forman parte de su estilo interpretativo. Orbitan sobre él presencias tan enriquecedoras, estimulantes o simplemente brillantísimas como Mark Rylance, Amy Ryan o el veterano, pero incombustible, Alan Alda en un breve, pero sustancioso cometido.
Desde el estupendo y ocasionalmente irónico libreto del que parte, obra de unos sorprendentes hermanos Coen (con la aportación de Matt Charman) valoro en lo mucho que se merece su alejamiento de posturas tendenciosas, sectaristas o maniqueas en las que hubiera sido fácil caer, el rigor de su puesta en escena, la factura clásica que desprende, la capacidad para sintetizar un episodio complejo y real, o al menos inspirados en hechos sucedidos más o menos así.
La tensión psicológica, personal, meramente de suspense, se mantiene desde el plano inicial. Estoy deseando ver cómo se desenvuelven los personajes en la siguiente escena, saber lo que va a pasar. Ello sin necesidad de grandes despliegues o aparatosas secuencias de acción, recurriendo al efecto especial más poderoso, el de los sentimientos destilados por los propios seres humanos. Como esa justicia democrática desplegada por parte del idealista James Donovan, esa incertidumbre y admiración en lo concerniente a lo sentido por su esposa, ese temple profesional y sentido del agradecimiento en lo referido al prisionero ruso… y así podría ir desmenuzando hasta al personaje más episódico.
Disfruto como un bendito con este despliegue dramático de altos vuelos, de lo más emocional bajo una aparente y estudiadísima sobriedad, casi rayana en el desapasionamiento. Y de sus resplandecientes imágenes incluso en la oscuridad, obra por cierto de un maestro, Janusz Kaminski. También de su aroma y de su logradísimo clima. O de esa apelación al diálogo y a la comprensión entre opuestos.
Un par de secuencias alusivas a un viaje en tren define, además, sin necesidad de apologías o patriotismos baratos, la diáfana diferencia de las dos sociedades descritas en las que estuvo, y tal vez lo continúe estando en la actualidad, el mundo durante el siglo XX. Hacen alusión a saltar una valla, pero de diferente manera… y aunque no necesariamente queden bien paradas las dos situaciones, no hay color a la hora de optar por las preferidas o por donde optar vivir, aunque no haya paraísos terrenales. Como no lo hay en el discurso “capriano” del comienzo entre Hanks y un agente perseguidor de la CIA en un bar. Admirables ambos momentos.
De otra índole, de reconocimiento, de sentida admiración y agradecimiento, ese otro instante en el que Hanks regresa de su misión cumplida y se encuentra con su familia mientras está viendo la familia, considero que es de inevitables lagrimones. Ahí y en tantos otros más, vuelve a quedar patente la maestría de un genio como ha sido siempre Spielberg.
Afortunadamente no esperen un insultante relato de buenos y malos en lo que a sus protagonistas principales se refiere, otra cuestión son las peonzas que siempre pretenden manejar el mundo. Me parece irreprochable.
Finalizo con una frase reveladora del espíritu de la película y asevero que de lo más actual: “Debemos tener la conversación que nuestros gobiernos no pueden tener” (Tom Hanks).