¿Un Hitchcock menor? No hay Hitchcok menores, sino supremos
Por José Luis Vázquez
Hasta donde he acaparado información, que aseguro no ha sido poca, “El proceso Paradine” nunca ha sido uno de los trabajos más apreciados del “mago del suspense” (creo que también debería añadírsele “y el mago de la psique humana”), y a mí, sin embargo, siempre me ha parecido excelente, tan destacada como otras mayores de su inigualable filmografía y un título referencial dentro del subgénero judicial.
Bien se puede considerarse prácticamente a la excepcional y definitiva altura de “Anatomía de un asesinato”, “Matar a un ruiseñor”, “Vencedores o vencidos”, “La herencia del viento”, “Veredicto final”, “Algunos hombres buenos” y -especialmente- “Testigo del cargo”. Y si no acabara de ser considerada a tan imponente nivel, ahí estaría en cualquier caso rozándolas, al más próximo de los rebufos.
Con el último título comparte “secundario” (Hollywood lleva ya tiempo denominándoles con todavía mayor justeza actores de reparto) de lujo, el inmenso y enorme histrión Charles Laughton (ya saben lo que llegaría a decir el propio Hitch, “no trabajar con niños, animales ni… con Charles Laughton”), esta vez acompañado por Ethel Barrymore en el papel de su esposa en lugar de la que también lo era en la vida real y no entraré en otros cotilleos que no vienen al caso, la habitual Elsa Lanchester.
Tal vez uno de los relativos y apenas peros que le podría poner tendría que buscarlo en lo expresado por el propio director, en la selección de un reparto impuesto por el todopoderoso David O´Selznick, colaborador en el guion junto a la mujer del cineasta, Alma Reville, según la novela de Robert Hichens.
Cierto que Alida Valli no fue la inicialmente prevista, sino que se esperaba que este hubiera supuesto el regreso de Greta Garbo, algo que finalmente no se produjo, pero aporta esa belleza fría y distinción tan queridas por el genio. Curiosamente, tanto ella como Ann Todd le parecieron excesivamente gélidas, aunque considero que la primera –de la que querían hacer una finalmente fallida Ingrid Bergman- acaba dando el tipo. Y, desde luego, ambas no solo aguantan sus personajes, uno de ellos de lo más retorcidillo, sino que resultan de lo más elegantes y atractivas.
Tampoco Gregory Peck era de su agrado, pero las razones argumentadas a mí nunca me han convencido, el hecho de que para él no diera el patrón de “abogado británico y un hombre muy educado”. Discrepo rotunda y respetuosamente con el que más pudiera saber al respecto. Precisamente lo de educado sería una de las señas de distinción del estadounidense a lo largo de su extraordinaria carrera. Su favorito era Laurence Olivier. No es cuestión de comparar, pero Peck, insisto, no desmerece en absoluto. Siempre estaba fenomenal desde un encanto y sobriedad inapelables, incluso haciendo de malo en la mítica “Duelo al sol” o ya madurito en la estupenda e intrigante “Los niños del Brasil”.
Con el que establezco quorum incuestionable es con Louis Jourdan, demasiado aséptico e impoluto para componer a ese criado y maloliente mozo de cuadras. Ojalá hubieran escogido al previsto Robert Newton, actor mayúsculo donde los haya (llegó a hacer un Long John Silver para el recuerdo).
Aclarado el apartado interpretativo, que con la distancia que otorga el paso del tiempo considero no fue ni mucho menos tan errático, vayamos al meollo, a la historia, que resumiera muy bien en su momento el perversillo cineasta. Trata sobre “la degradación de un abogado aristócrata que se enamora de su cliente”. Ello queda magnífica y sutilmente expuesto. Y es que siempre ha generado morbo popular o populachero la cuestión de los enchironamientos o las caídas al infierno de quienes pertenecen a clases sociales privilegiadas, de a quienes les va bien vamos. El ser humano somos así, y Hitch, voyeur y retratista por excelencia de nuestras conductas más oscuras, sabía cómo nadie trasladarlas a la gran o pequeña pantalla.
Pero, además, volvería a quedar patente, y esto me parece de lo más destacable, la inmensa capacidad técnica y narrativa que poseía (figura en su filmografía entre la portentosa “Encadenados” y la virguera “La soga”). Toda la segunda parte de la película, el proceso, está magistralmente filmado mediante un travelling circular, tal como constituye esa entrada para testificar de Jourdan dándole la espalda a su señora Valli. También merece la pena toda la inicial expositiva, la que nos irá conduciendo paulatinamente y poniéndonos en antecedentes sobre lo que acabará desembocando en lo anteriormente citado.
Y luego está esa esplendida secuencia hacia el final entre Laughton y la insigne Barrymore, de contrapuestas reacciones ante la sentencia.
Lo que sí volvería a quedar claro con esta holgada producción es la animadversión que sentía el maestro hacia los todopoderosos productores de Hollywood, de ahí que, a partir de este momento, dada la tormentosa relación vivida en este y en anteriores rodajes con David O´Selznick, comenzó a hacer todo lo posible para auto financiar sus futuros proyectos.
Supuso un desastre de crítica y público por ser considerada demasiado larga y pesada, pero el tiempo la ha revalorizado con creces, tal como ha pasado con tantísimas obras maestras a lo largo de la historia. Y si no, juzguen ustedes volviendo a revisarla o descubriéndola por primera vez.