Incandescente Sur de los USA, incandescente Newman
Por José Luis Vázquez
Seis veces se pondría el gran Newman a las órdenes del más que notable, talentoso y comprometido cineasta neoyorquino Martin Ritt, el cual había sido pocos años antes uno de sus maestros en el Actor´s Studio. “El largo y cálido verano” supuso la primera de sus colaboraciones. A su vez, constituyó el inicio del encuentro artístico del actor de los profundos e imponentes ojos azules con la encantadora y discretamente brillante Joanne Woodward.
Una fructífera colaboración en dos frentes que tuvo su inicio con esta adaptación cinematográficas de unos cuantos magníficos relatos sureños –sobre todo del titulado “El villorrio”- de William Faulkner, caracterizados por cierta asfixia tanto física como moral. Porque esta producción Fox filmada en 1958 si por algo se distingue es por exudar en sus cuatro costados Sur de los Estados Unidos, tanto en lo referido a sus escenarios como a sus personajes.
Este poderoso drama de tono, indistintamente, plácido y crispado, no solo se beneficia de la pareja citada, sino de la presencia de un siempre inmenso y exuberante Orson Welles (su inicial enfrentamiento con Newman está recogido mediante un uso ejemplar del incipiente formato panorámico, destila una enorme garra), una avasalladora figura patriarcal/tiránica, tan típica en estos asuntos del escritor especializado en situaciones e individuos sofocantes.
También cabe destacar la aparición de una joven -33 años- Angela Lansbury, ya desde bien pronto con un inequívoco aroma a lo Jessica Fletcher (“Se ha escrito un crimen”). O la de una siempre resplandeciente Lee Remick (“Días de vino y rosas”) o un habitualmente flemático –a la norteamericana- Anthony Franciosa.
Y completamente de acuerdo en que estamos ante un Newman benditamente acaparador, de camiseta incendiaria, que abrasa en todo momento la pantalla, tanto por su rotunda figura como por sus ademanes, estos últimos todavía deudores de su formación en el Método del Actor´s Studio, pero no es menos cierto que hay espacio más que suficientes para el resto del citado brillante elenco. Todos tienen su oportunidad de lucimiento, desde quienes pechan con papeles bravíos o a quienes les toca lidiar con los más aparentemente comedidos y tranquilos, como el caso del de una verdaderamente resplandeciente Woodward. Y, sobre todo, lo hay en primer término para el clasicismo de una historia presidida por esos agitados lazos familiares tan representativos de la literatura “faulkneriana”.
Es un perfecto ejemplo de trabajo climático en el mejor sentido del término, en el que el ambiente determina a sus angustiadas criaturas. Y claustrofóbica, pese a transcurrir en espacios abiertos.
Una historia que se sigue de manera ágil, de ritmo ascendente…. Ya desde sus mismísimos títulos de crédito, acompañados de esos acordes del tema musical de idéntico título que el original con el que se estrenó esta producción en Estados Unidos, “The Long, Hot Summer”, desgranado por la voz estival y aterciopelada de Jimmie Rodgers. Me engancha pues desde esos primeros compases en el que su protagonista se desplaza en una barcaza (tras un previo y brevísimo prólogo) y no me suelta, me pone en todo instante en situación y me genera curiosidad saber qué va a ser del muchachote rubiales supuestamente pirómano, ese Ben Quick, especie de mezcla crecidita de un Tom Sawyer y un Huckleberry Finn contemporáneos del momento de su rodaje. De alguna manera, constituye un antecedente de ese buscavidas que Robert Rossen retratara en blanco y negro de manera inmejorable poco tiempo después, aunque sin esa definitiva aura final perdedora.
Newman consiguió el premio al mejor intérprete en el Festival de Cannes de 1959. Woodward fue nominada al de actriz por el Círculo de Críticos de Nueva York. Igualmente, obtuvo merecido reconocimiento en los premios WGA el divulgativo y consistente guion de Irving Ravetch y Harriet Frank Jr.
Made in USA hasta los tuétanos. Toda una delicia.