Pasar al contenido principal
Enviado por Ramón Vidal el
Imagen de la película "El día de la revelación"
Ramón Vidal
El día de la revelación

Intrigante, emocionante, un Spielberg en plena forma

Por José Luis Vázquez

Leo o escucho a Carlos Boyero, a Eduardo Torres Dulce, a mi admiradísimo José Luis Garci, el mejor crítico de cine que haya habido jamás en España y mundialmente (la mejor manera que tienen de aprender cine es escuchar su excelente podcast “Cowboys de medianoche” dirigido por Luis Herrero) y a otros tantos colegas más; leo y escucho por doquier como casi todo el mundo se carga “El día de la revelación”, trigésimo séptima película dirigida por uno de mis 3 favoritos tras las cámaras desde hace décadas, esa Santísima Trinidad formada por el aquí firmante Steven Spielberg, Clint Eastwood, recién retirado a los 96 años tras más de siete décadas dando el callo artístico, y Ridley Scott, a puntito de desembarcar su anhelada “La constelación del perro”.

Me da igual que tantos referentes y que media humanidad la cuestione. Aseguro que mí posicionamiento contrario a ellos y favorable a esta propuesta no es por cabezonería, ni por devoción incondicional, ni tan siquiera por ir a la contra porque sí. Todo es más sencillo, me ha encantado y me ha entretenido una barbaridad, hasta el punto de que desde ya lo considero uno de mis siete estrenos favoritos en el meridiano de 2026, junto con los también estadounidenses “Toy Story 5”, “Marty Supreme”, “Michael”, “Cumbres borrascosas”, “Rental Family (Familia de alquiler)” y “Ruta de escape”.

Precisamente junto con los otros dos miembros de ese mencionado casi dogma, Eastwood y Scott, es posible que sean los cineastas de los últimos tiempos a los que han desconsiderado más trabajos para luego reivindicarlos al poco tiempo o incluso acabar considerándolos con ese término que me genera alergia denominado “cult movie” (película de culto). 

En el caso del rey Midas hollywoodense, a lo largo de su imponente y extensísima carrera de casi 60 años, se le han ido subvalorando trabajos tan magistrales como, entre otros, “Loca evasión”, “El imperio del sol”, “A. I. Inteligencia artificial” (qué maravilloso cuento tan visionario y de actualidad), “Minority Report” (de la que aquí se detectan varias influencias y no me refiero solo a sus admirables secuencias de acción), “Atrápame si puedes” (una verdadera preciosidad), “La terminal”, “La guerra de los mundos” (sencilla y estremecedoramente soberbia), “Lincoln”, “El puente de los espías”, “Mi amigo el gigante”, “Los archivos del Pentágono”, “Ready Player One” o los verdadera y apabullantemente deliciosos “West Side Story” y “Los Fabelman”. Dejo al margen su amplio catálogo de obras maestras consensuadas (desde su debut televisivo “El diablo sobre ruedas” hasta “La lista de Schindler”, pasando por la sobrecogedora “Tiburón”, la divina “E.T., el extraterrestre”, “En busca del arca perdida” (y secuelas), “Parque jurásico”, “Munich” o “Salvar al soldado Ryan”, y su faceta, prácticamente igual de valiosa, como productor.

Desde sus mismísimos inicios en el campo profesional, incluso antes a través de sus incipientes y admirables creaciones caseras, siempre ha poseído la pócima jamás afectada ni infectada del arte de narrar, de fabular. Y tal capacida continúa intacta a sus casi 80 años (el 18 de diciembre llega a ellos). En su caso considerarlo como un artista prodigioso, capaz de convertir el cine en pura alquimia, no me parece algo exagerado.

“El día de la revelación” vuelve a ser una perfecta muestra de ello. Y, además, complementaria con su antecesora genérica y espiritual, “Encuentros en la tercera fase”, compartiendo en ambos casos personajes entendiblemente obsesivos. Aquella contándonos cómo nos captaban lejanos vecinos galácticos y en la que me ocupa notificándonos que ya están aquí, puede incluso que entre nosotros. Y con este comentario no desvelo nada que no sea señalado a los pocos minutos de metraje. De hecho, tal vez a algunos defraude, lo que no es mi caso, porque consideren que su final debería haber sido su punto de partida. Pero, insisto, a mí su planteamiento y concepción me parecen irreprochables, y esto no solo lo digo por esa más que reconocida y asumida devoción “spielbergiana”.

 

Hasta ese colofón vuelvo a disfrutar de ese vértigo, de ese frenesí marca de la casa. Consigue mantenerme expectante en todo momento, disfruto con sus fabulosas escenas de acción, como la frenética del tren, deudora de su propia pieza maestra “En busca del arca perdida” o del virtuoso Hitchcock de “Con la muerte en los talones”, sin olvidar el guiño -expuesto en “Los Fabelman”, que supuso en su vida ese primer descubrimiento infantil en la gran pantalla de la magia del cine a través de “El mayor espectáculo del mundo”, precisamente de su impactante secuencia del choque ferroviario. Puro, genuino e inmejorable Hollywood que él ha sido uno de sus más valiosos prolongadores en la actualidad.

Pero su magisterio no solo puede advertirse en los momentos espectaculares, sino en los más íntimos o inapreciables, como el de ese reflejo en un cuchillo. Y, aprovecho para justificar una vez más, sus aspectos sentimentales y discrepar con quienes la tachan de ñoña, pues yo más bien la calificaría de tierna, sentimental, asombrosa y ensoñadora. Especialmente una media hora final memorable en la línea de tantos otros colofones del genio.

Y ya si me detengo en el apartado interpretativo, no puedo por menos que destacar la extraordinaria interpretación, entre dramática y humorística, de la “reina de la ciencia ficción” de estos tiempos (así lo atestiguan “Un lugar tranquilo” y primera secuela, “Al filo del mañana”, “Looper” o “Destino oculto”… y ha sido también Mary Poppins, no se olvide), de la siempre espléndida Emily Blunt. O la del estupendo Colman Domingo, aquí como el reverso positivo, si me apuran beatífico, respecto al de su aparición como despreciable padre en el gran “biopic” sobre el legendario cantante y bailarín Michael Jackson.

Inevitable no mencionar igualmente la trigésima colaboración musical con el inseparable e incombustible John Williams. O la vigésima primera con ese mago de las penumbras y las luminosidades Janusz Kaminski. Y ahora que acaba de asomar su feliz jeta por quinta vez el astronauta Buzz Lightyear, podría seguir invocando las virtudes de sus compañeros de navegación hasta el infinito y más allá.

No importa que ahora no sea apreciada, pues en parte lo han vuelto a hacer bastantes espectadores y no tengo la menor duda de que el tiempo la pondrá en el lugar que se merece, pues tampoco alabaron tanto en su momento “Encuentros…”, y ya ni cuento “Blade Runner” de Scott y “La cosa” de Carpenter, entre miles de ejemplos.

Traviesillas especulaciones aparte, quiero dejar muy claro que me ha hecho pasar dos horas trepidantes, felicísimas. Aflorando para ello la vertiente más humanista de su principal hacedor, que venía tiempo acariciando que este proyecto viera la luz definitiva. Y reivindicando la empatía, la de verdad, no la de boquilla, como motor principal para recuperar este maltrecho mundo, con unos singulares Adán y Eva como propulsores de ello.

El salpicón, el variopinto cóctel y este Spielberg me vuelve a resultar de lo más reconfortante y reparador.