Abrasivas junglas y amoríos
Por José Luis Vázquez
Siempre que invoco “Cuando ruge la marabunta” recuerdo a esta rutilante y colorista producción Paramount de 1954, rodada en rugiente technicolor, como una atípica, abrasadora, fogosa historia de amor, surgida a partir de una situación un tanto peculiar, la de un matrimonio llevado a cabo por poderes entre un terrateniente y una mujer nada mojigata precisamente. Dotada de un tratamiento entre “físico” y “químico”, o por igual, y, eso sí,con una enorme carga de latente tensión sexual en todo momento, al menos en lo que se refiere a su parte inicial, la del encuentro y olfateos previos.
También ha quedado alojado en mi memoria como un fascinante melodrama selvático y una estupenda película de aventuras, con un momento culminante y espectacular, protagonizado por una abundantecolonia de las susodichas hormigas del título… español, pues el original es “The Naked Jungle”, a propósito del cual en la censuradora España de la época se decía con indudable en “petit comité” que en el país vecino galo–siempre fueron más adelantados- aquellas podían ser contempladas desnudas. Una gracieta para encarar tiempos en que no podía ser vista cualquier cosa que pretendiéramos en nuestras pantallas, o hacerlo con convenientes retoques, ahí ha quedado si no para la posteridad el preclaro, flagrante y ridículo caso de “Mogambo” convirtiendo un adulterio en incesto.
Pero sobre todo lo que me marcó es esa citada y flamígera relación entre sus extraordinarios protagonistas, la bellísima Eleanor Parker (“Scaramouche”, “Sonrisas y lágrimas”), otra de mis innumerables y especiales debilidades femeninas -el listado a estas alturas resultainterminable- hollywoodienses, y un siempre imponentemente marmóreo Charlton Heston. La ligazón que se va tejiendo entre ambos echa chispas y constituye uno de sus mayores reclamos. Algo, por otra parte, nada raro, sabiendo que su guion contó con la firma de Philip Yordan, el febril y lírico autor de los volcánicos diálogos amorosos de la imprescindible “Johnny Guitar”. En concreto, aquí me sacude aquel que alude al afinamiento del teclado en consonancia con la ligazón o el carácter de ella, que no tiene desperdicio alguno. Y así montones más.
La dirección corrió a cargo de un cinefotógrafo y director de primerísima división, que solía moverse admirablemente en la serie B, todo un especialista en imaginativos y deslumbrantes efectos especiales, Byron Haskin (curiosa resulta su peculiarísima versión de Robinson Crusoe… en Marte), el cual tras su salto tras los objetivos fabricaría numerosos encargos –propios o ajenos- de fantasía y acción que hicieron las delicias de un par de generaciones. Así lo constatan títulos inolvidables como la fundacional “La guerra de los mundos”, basada en el célebre relato de H. G. Wells (la versión moderna de Spielberg es portentosa, conste en acta), “La conquista del espacio”, “Las aventuras de Simbad” o la placentera aventura paradisíaca a propósito de la copra y otras mercancías “Su majestad de los mares del Sur”. También rubricó westerns tan briosos y amenos como “Denver y Río Grande”, “Libertad o muerte”, “La senda de la guerra” o “Silver City”. Incluso se atrevió con alguna resultona de Tarzán/Lex Barker, “Tarzán en peligro”.
A título anecdótico señalar que está fechada el mismo año que el de otro enorme clásico con hormigas dentro, aunque éstas de tamaño gigantesco por efectos radiactivos. Me refiero a esa obra maestra por los siglos de los siglos venideros y aunque hayan avanzado los efectos digitales -la creatividad es otra cuestión- titulada “La humanidad en peligro” de Gordon Douglas.
En un cometido secundario los más veteranos y nostálgicos pueden encontrarse con William Conrad, aquel inolvidable detective entrado en kilos “Cannon” de tantas felices noches españolas de nuestras entretelas en la esperanzadora década de los 70.
El paso de los años no ha hecho mella en su inmarchitable encanto. Sin renegar del actual ¡Qué cine se hacía antes… y como churros cada temporada!