Precisa, periodística, bien cosida, de lo más eficaz y con miga
Por José Luis Vázquez
Me apasiona la política, especialmente la geopolítica mundial de la que apenas sé nada. Los propios especialistas la desconocen en tantas ocasiones, pues no dejamos de ser marionetas de quienes toman las grandes decisiones. De ahí que el escepticismo vital me haya invadido desde hace mucho tiempo (como a mis admirados Unamuno u Ortega y Gasset), pues todo -política o cualquier otra manifestación con congéneres por medio, incluyéndome claro- hace ya tiempo que lo acabo reduciendo a la condición humana por encima de siglas. Pese a ello, tan solo he asistido a cuatro manifestaciones a lo largo de mi ya dilatada existencia: el atroz y vil (todos lo son, salvo los de defensa propia) asesinato de Miguel Ángel Blanco por parte de la sanguinaria mugre etarra, con motivo de la sublevación o golpe de estado del independentismo catalán, la más reciente apoyando a los paisanos ceutíes y, la cuarta (no en orden cronológico), la condena de la espantosa masacre yihadista del 11M.
Esto último enlaza con una reflexión a propósito de lo que se puede ver en esta película. Y es la de volver a hacer público mi más absoluto y repugnante desprecio por el integrismo islámico, y por el de cualquier otro signo. En todas sus variantes, versiones y manifestaciones… aparentes, encubiertas o con lavado de cara.
Desde el talibanismo afgano hasta el brutal régimen teocrático iraní (el inductor de los ataques a Israel), pasando por Hamas, Hezbola, los hutíes yemeníes, las monarquías del Golfo o el de la satrapía marroquíes. Y a la cabeza de todos ellos, los más “oficialistas”, los más (si ello fuera posible… y lo ha sido) crueles, Al Qaeda e ISIS. Mi profundo rechazo lo es por múltiples motivos… por su carácter dictatorial, autocrático y falto de los más elementales derechos humanos, por el trato vejatorio y criminal hacia mujeres y homosexuales y por cientos de razones más. Y con esto no estoy eximiendo de la crítica cuando fuere menester acerca de las mil tropelías provocadas por Occidente (o en cualquier otro rincón del planeta) en su extensa historia, comenzando por las dos arrasadoras guerras mundiales del pasado siglo. Y es que como suele decir, lo que está mal lo está lo cometa quien lo cometa.
Por supuesto, todos mis respetos a la religión musulmana o a cualquier otra siempre que respeten dos preceptos básicos, el obvio y fundamental de esos derechos humanos anteriormente mencionados y la libertad del individuo para manifestarse como desee y siempre que no cuestione la de los demás. De no ser así, no puedo respetar a ninguna confesión del signo sea la que sea.
Viene esto a cuento porque esta notable y fluida crónica, que transcurre con agradecible rapidez, sobre la operación o dispositivo activado -de ahí su título de Cronos- a raíz de los salvajes atentados en las Ramblas el 17 de agosto de 2017, y anteriormente de la horripilante matanza de Atocha el 11 de marzo de 2004, fueron cometidos por integristas de origen marroquí. Verdaderas bestias (in)humanas por las que siento menos piedad que por la más despreciable de las hienas. Justos los mismos sentimientos que siempre me han provocado -estos otros, españoles y de tez clara, el horror va por barrios-las alimañas etarras, con ese Arnaldo Otegui a la cabeza capaz de conmoverse con la barbarie de los niños de Gaza, pero incapaz de solicitar perdón o condenar el despanzurramiento de niños en cuarteles provocado por sus correligionarios.
Y es que el buenismo en este caso es una verdadera lata que no suele servir ni conducir a nada, pues cuando la condición humana se manifiesta en su forma feroz, la determinación es el único muro de contención. Vuelva a repasarse si no la historia, por ejemplo, la pasividad de Europa con Hitler al ocupar por la fuerza los Sudetes (llegaría a manifestar que él era “la última oportunidad para Europa”, algo que sigue provocando escalofrío y espanto), o Stalin masacrando ocho millones de ucranianos en los años 30 o más recientemente Putin ocupando la península de Crimea e invadiendo posteriormente Ucrania.
Pero esta propuesta cinematográfica, que pueden disfrutar en las salas se aparta de la “visceralidad” de la que acabo de hacer gala en el alargado prólogo, y se centra minuciosa y profesionalmente -tanto como los miembros de los Cuerpos y las Fuerzas de Seguridad del Estado participantes- en la crónica de hechos, hasta el punto de erigirse o poder ser considerado un “thriller” de corte periodístico repleto de tensión. Y sin alarde alguno de triunfalismos -por mucho que yo los suela disfrutar- a la norteamericana. Poniendo el acento en tramas paralelas, de lo más complementarias y valiosas, y de lo más reveladoras.
Y es que son varias las capas que posee o despliega. Una de ellas meramente política y entre bastidores acerca de hacerse con el control de quien debe llevar a cabo las actuaciones y los réditos que ello supone. Otra es la de la misión en sí misma. Y una tercera, menos aparente o espectacular, pero más emocional y buena parte de su sustancia principal. Como muestra de esto, es conveniente poner el foco en esa afligida, frustrada, compungida, desolada sargento de los mossos, Anna Valls (está en Ripoll cuando pasan los atentados, y su hijo va al colegio con uno de los hermanos de los terroristas), dado su esfuerzo y compromiso en haber tratado de incorporar a la sociedad a algunos de los asesinos, en concreto, a esos dos hermanos que llevan la voz cantante.
Otra de sus características, algo en lo que quiso incidir su creador desde el mismísimo guion de Alberto Marini, es la de no hacer sensacionalismo con las víctimas, el horror tan solo se traduce a través de las miradas de los personajes, algo que en esta ocasión considero un acierto. En cualquier caso, todas las opciones me parecen siempre legítimas a condición de que consigan mantener mi atención.
La pericia, el talento mostrado por su ya más que avezado director, el pamplonés Fernando González Molina, me resulta indudable. Con motivo de la reseña de “El ser querido” mencionaba a mis actuales cineastas favoritos del cine español y creo que lo obvié, ahora mismo no me acuerdo. De haber sido así, aprovecho la ocasión para confirmarlo en mi Top 10. Es un director del tipo de los que más me suelen gustar, un todoterreno muy a la americana (vamos, un narrador con todas las de la ley), siempre ameno y capaz de abordar cualquier tipo de género con el mismo elevado nivel de elevada carpintería, esqueleto, cimentación y artesonado cinematográfico. Algo perfectamente comprobable en algunos de sus títulos más justamente relevantes: “Palmeras en la nieve”, la estupenda trilogía del Valle del Baztán conformada por “El guardián invisible”, “Legado en los huesos”, “Ofrenda a la tormenta” o la reciente y más que respetable -sin llegar a la excelencia de su predecesora- “Mi querida señorita”.
Se apoya en un reparto de nombres no demasiado conocidos del gran público, pero de lo más sólido, a excepción del ya más que consolidado (pese a su juventud ya ha demostrado con creces su solvencia y capacidad) y excelente “maestro que prometió el mar”, esto es, Enric Auqer, actor que ya ha dejado de ser emergente y que hace un tiempo se ha incrustado como uno de los grandes por estos pagos. Al igual que sus compañeros de batida, desprende autenticidad, credibilidad, en su caso como ese mosso d´esquadra al frente del equipo de reacción, todo energía, rigor y tenacidad. Su personaje lo preparó con la ayuda del propio Jordi Rodón, que ocupaba ese cargo en el cuerpo autonómico y que vivió en primera línea esas horas posteriores del atentado.
Me provoca verdadera alegría comprobar como el cine español lleva desde un tiempo, a veces con mayor fortuna y otras con menos, pero al menos intentándolo, abordando realidades y sucesos que han conmocionado a la sociedad más reciente, planeando sobre la calle y la historia. Ahí están otros coetáneos y plausibles ejemplos como “La infiltrada” o “Un fantasma en la batalla”, a los que ahora se viene a sumar este producto a la norteamericana, pero de raíces inequívocamente autóctonas, con todos los conflictos a retratar que ello conlleva, indistintamente del gran asunto central.