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Enviado por Ramón Vidal el
Imagen de la película "Coyote vs. Acme"
Ramón Vidal
Coyote vs. Acme

Nostálgicos descubrimientos infantiles puestos al día

Por José Luis Vázquez

Como ya he comentado en múltiples ocasiones, el cine estadounidense colonizó desde mi más tierna infancia mi cerebro y corazón… y yo lo permití gustosísimo y feliz. También lo hicieron, entre otras, su literatura, música (rock, country, blues, jazz, etc.), baloncesto, televisión y dentro de esta, sus series y dibujos animados. Continúan haciéndolo. 

En concreto respecto a lo último citado, una de las que más influencia tendría en esos primeros pasos audiovisuales, fue ese impagable franquiciado de cortometrajes denominado “Looney Tunes” (o Melodías locas) que iniciara sus primeros paso en la gran pantalla en 1930 y que años después diera el salto a la pequeña. Breves y delirantes historias protagonizadas por figuras de lo más -tal vez resulte una obviedad refiriéndome al género al que me refiero- estrafalarios, surrealistas y divertidos que me provocaron la dicha y, a la vez, un frenético remanso durante innumerables tardes de mi infancia y adolescencia pegado ante el televisor. La mayoría de las veces eran programados incrustados entre programas infantiles o películas, lo cual siempre suponían un refrescante oasis y despliegue de imaginación desbordante y creatividad.

Lumbreras como Bugs Bunny, el Pato Lucas, el gallo Claudio, Porky, Piolín (todos ellos salen episódicamente en esta renovada y brillante puesta al día de ese mundo) y, por supuesto, el indestructible Coyote y el inalcanzable Correcaminos (ambos saldrían a la palestra en 1949, inspirados en una novela de Mark Twain) hicieron el solaz de tantas tardes de mi niñez acompañadas del preceptivo pan y chocolate para merendar. En ocasiones, creo recordar haberlos visto incluso en alguna clandestina y alevosa nocturnidad, aunque es probable que me traicione la memoria al haber estado alojados permanentemente en mi recuerdo. Los Picapiedra, los Autos Locos o la Pantera Rosa fueron, entre muchos, otros compañeros de primeros descubrimientos animados. Junto a, ésta ya con intérpretes reales -nunca me cansaré de ponderarla- la fundamental e imprescindible “Star Trek” vista en las valiosas entretelas de las sobremesas de los domingos tras pulpo y empanada… y cuando no era así, acudía cine en sala en mi particular Cinema Paradiso de Leiro, el pueblo gallego, el paraíso del que no era consciente como tal en su momento, en el que me crie. Ya saben lo dicho inapelablemente Rilke, y no seré yo precisamente quien le enmiende la plana, “la verdadera patria de un hombre es su infancia”.

Pues bien, hace poco me enteré de que Warner Bros había desechado una producción en torno a dos de sus creaciones más emblemáticas, filmada y relegada casi automáticamente a un cajón del estudio parece ser que, por una cuestión de deducciones fiscales, pues no estrenarla les proporcionaba más dinero que hacerlo. Afortunadamente, tras tres años de espera desconocedora para tantos, se ha podido rescatar para gozo de los acérrimos de esta marca conocida del uno al otro confín. Merece la pena con creces lo obtenido, pese a no considerarla redonda del todo (pero sí, la he disfrutado), amén de lo que ya supone la recuperación en sí misma de algo que podríamos no haber llegado a conocer.

Seguramente vaya destinada principal, y no diré que exclusivamente pero casi, a los entusiastas de este particularísimo universo. Cierto que tanto técnica como espiritualmente, no alcanza la genialidad, ni la perfección de esa obra maestra que es “¿Quién engañó a Roger Rabbit?” (es que detrás se encuentra un director portentoso, Robert Zemeckis –“Regreso al futuro”, “Forrest Gump”-, el que podría haber ocupado el lugar de Spielberg de no haber existido este), pionera en su totalidad en mezclar personajes reales con dibujos con indudable tino a la hora de establecer dicha fusión, pero eso está aquí paliado en buena parte con una inteligente actualización sobre el mundo actual en el que vivimos.

Incluso le añade unas más que legítimas gotas sentimentales que alcanzan su culminación en un peculiar juicio en el que esa breve, característica y reiterativa onomatopeya de uno de sus dos antagonistas alcanza cotas verdaderamente emotivas.

Todo a partir de que el infatigable Coyote, que al igual que en su origen carece de voz y se comunica por carteles, demanda a la compañía Acme por daños y perjuicios al no servir de nada los productos propuestos para dar caza a la no menos infatigable ave corredora a la que persigue desde tiempo inmemorial. En realidad, parte de una premisa estéril sobre el devenir de los acontecimientos, pues ambos se seguirán necesitando en sus respectivos cometidos para continuar manteniendo su ancestral y permanente disputa (salvando las obvias distancias algo equivalente en animación a “Los duelistas” de Ridley Scott). Pues, al fin y al cabo, como se dice en un momento concreto, “nunca lo vas a atrapar”. Pero no por ello pueden incluso mostrar su corazoncito. 

Para mayor sazón, el espectáculo y el humor con buenos gags propios del más puro “slapstick” (comedia física, de trompazo) están garantizados porque fiel al espíritu del original los trastazos, las caídas, las explosiones propias de estos “cartoons” aparecen por doquier. Y esa pátina otorgada por la denuncia de este tiempo de tejemanejes de las grandes empresas, le concede un plus que no hace sino enriquecer esta, desde luego, arriesgada, simpática, vivaz y más que curiosa propuesta. Una rareza en toda regla en el mejor sentido del término, pese a que creo que puede que seamos poco los que la degustemos, o eso me da en la nariz dadas reacciones cercanas de amigos o conocidos.

No tengo claro que sea la obra definitiva sobre esta concreta imaginería, pero sí desde luego afirmo rotundo que es lo mejor que he visto hasta la fecha sobre dicho “orbitaje”, pues “Space Jam” supondría un empeño fallido. Y, sin duda, me resulta un más que atractivo y nostálgico -sin ensimismamiento empalagoso- pasatiempo que a buen seguro hará las delicias de sus fans, parte de los cuales, han peleado sin denuedo y con indudable testarudez para que esta producción pudiera ver la luz en las salas y el posterior “streaming”.

Va indistintamente destinada a niños y mayores. Entre los segundos, puede que quienes más la saboreen sean los más recalcitrantes seguidores de cuando la caja catódica era en blanco y negro y en toda España había un solo canal. 

Beep-beep.