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Imagen de la película "Ferrari"

Ferrari

Mándale a un niño dibujar un coche y te dibujará rojo

Por José Luis Vázquez

Críticas tibias, pinchazo en la taquilla USA… Así ha sido recibida “Ferrari”. Nada nuevo bajo el sol dada la respuesta con la que fueron despachadas tantísimas grandes películas a lo largo de la historia que, posteriormente o no transcurriendo demasiado tiempo, acabarían siendo entronizadas, recuperadas o alabadas en buena medida. Esto se remonta al origen de este invento, y abarca -el listado afirmo rotundo que es de lo más extenso- desde “Avaricia”, “La fiera de mi niña” o “¡Qué bello es vivir!” hasta “Blade runner”, “La cosa” “Showgirls”, “El reino de los cielos”, pasando por las recientes “El último duelo”, “West side story” (Spielberg), “Babylon” y “Los Fabelman”. Precisamente si alguien puede hablar con propiedad de estas cuestiones es el varias veces ninguneado y al poco reivindicado o jaleado Ridley Scott, firmante de la más que respetable “Napoleón”, que seguramente ganará bastante con la versión extendida de cuatro horas.

Y, de acuerdo, esta “biopic”, o mejor dicho para dejarme de atiborramiento de anglicismos, la enésima biografía rodada para la gran pantalla, puede que no sea una obra redonda, y que no acabe por ser ni definitivamente sombría ni glorificadora ya que se encuentra en un limbo que no le sienta nada mal, pero es una notable propuesta, especialmente en lo tocante a dos apartados muy concretos, la dirección y las interpretaciones en conjunto, las principales y las que lo son menos.

En lo referido al primer apartado, el cineasta estadounidense Michael Mann, vuelve a recuperar el brío, el vigor, el talentazo de antaño, el que le ha acompañado la mayor parte de su carrera, obsequiando, a mí al menos, con títulos tan magistrales como “Ladrón”, “Hunter” “El último mohicano”, “Heat” “Collateral”, “El último mohicano”, “El dilema” u otros, desde “Ali” a “Corrupción en Miami”.

Cierto que su anterior trabajo, “Blackhat – Amenaza en la red”, para el que hay que remontarse a hace una década, esto es 2015, es con diferencia más fallido de su filmografía. Y desconozco el porqué de ese ostracismo, quiero suponer que debido al fiasco que supuso a todos los niveles, pero ello no debería obstar a deducir que haya perdido el magisterio que le ha acompañado desde sus inicios.

El caso es que, sin dar en la diana, y teniendo en cuenta esa floja recepción obtenida que no por méritos esgrimidos, en muchos tramos recupera el pulso de sus grandes logros, vuelve a tirar de indudable destreza y eficacia narrativa (véase en las escenas con sus parejas, sin ir más lejos). Y sus secuencias de carreras, no precisamente abundantes, se manifiestan de lo más competentes, cuando no escalofriantes, como ese instante que recoge un accidente inspirado en un hecho trágicamente real.

Despliega precisión, incluyendo algunos acelerones expositivos. Y sí, tal vez, pueda admitir que a veces se presente un pelín deslavazado y disperso al querer incrustar diversos registros de su protagonista, los sentimentales sin ir más lejos, pero están abordados con la suficiente amenidad para que no acaben siendo un estorbo o se solapen.

No menos cierto es que ha visto la luz en un período en el que este “subgénero” goza de magnífica salud artística. Recuerdo al menos tres excelentes producciones en torno a cuestiones automovilísticas, desde “Rush” hasta “Le Mans´66”, pasando por el documental “Stewart”. Ello no merma sus logros y su discretamente elogiable alcance.

Yendo al otro aspecto que me parece un factor decisivo para el buen resultado, es obligado mencionar la gran actuación de Adam Driver, que se transmuta, que lleva a cabo un gran ejercicio camaleónico como el mítico empresario automovilístico -en la época en que nos es retratado no está atravesando uno de sus mejores momentos-, fundador de la no menos mítica escudería que llevaría su apellido. Aquí lo conocemos en un momento de crisis profesional. Al igual que también atravesaba una precaria situación sentimental con su esposa. Pero en todo momento queda patente su pasión por el motor y su justificada leyenda, cuestiones sentimentales aparte. El rojo de sus carrocerías es ya una imagen icónica del siglo XX.

Esta última está estupendamente encarnada por una Penélope Cruz en su mejor versión, la de discípula de Sofia Loren, tremenda, con carácter. La otra actriz del vértice, Shailen Woodley, está encantadora. La adolescente de la espléndida “Los descendientes” del referencial Alexander Payne (recuerden, la no menos espléndida, nominada al Oscar y actualmente en taquilla “Los que se quedan”) o la chica protagonista de la preciosa y emotiva “Bajo la misma estrella” o la distraída saga juvenil “Divergente”, continúa ganando con los años en todos los sentidos. Y tan sólo tiene 32. Se ha convertido en una gran profesional y en una mujer francamente atractiva. Puede llevar camino de convertirse en otra Diane Lane, que ha ido mejorando como los buenos, desde su propio estilo.

Me transcurre rápido, me entretiene y me lo paso bien con lo que ello conlleva de momentos dramáticos aseadamente solventados. Vamos, que la apruebo con holgura.